El ajo de Aceuchal se queda sin tierras

Los ajeros del pueblo tratan de rentabilizar las plantaciones y buscan parcelas nuevas con agua fuera de la región

Una operaria en la cadena final de la cooperativa El Ajero/J.M. ROMERO
Una operaria en la cadena final de la cooperativa El Ajero / J.M. ROMERO
Antonio Gilgado
ANTONIO GILGADOBadajoz

El ajo quiere agua y tierra nueva. Si es virgen mejor. Hay que dar con explotaciones que no hayan enterrado nunca el bulbo. Desgasta tanto el suelo que conviene rotar, como mínimo, cada dos años. Aunque tampoco garantiza la cosecha.

Par evitar las plagas y arrancar en mayo ajos de categoría extra hay que emigrar a terrenos inexplorados. Los horizontes se han ampliado con la profesionalización y a estas alturas hay agricultores con plantaciones a doscientos kilómetros, en comarcas de Ciudad Real.

Carlos Dobalo es el gerente de la cooperativa El Ajero de Aceuchal. Sesenta socios y cinco millones de kilos de media cada campaña. La cooperativa puso los cimientos de la modernización. Surgió en 2003 para unificar producciones y comercializar juntos. Ahora llevan a la otra parte del mundo sus cosechas.

La alternativa pasa por buscar semillas sanas y limpias que no dejen plagas en el suelo

El gerente habla de dos elementos claves para sobrevivir en un mercado dominado por el ajo chino: la semilla y la tierra. La climatología no la pueden controlar. Nadie está a salvo de que en la víspera del corte una tormenta arruine la producción. Pero siguen empeñados en dar con una semilla sana y resistente a los virus y en trabajar sobre las parcelas más apropiadas.

En este modelo de producción hay quien decide plantar cuarenta o cincuenta hectáreas en Ciudad Real.

Para ocho o nueve, aclara el gerente, no merece la pena desplazar maquinaria, alquilar una casa y moverte con regularidad hasta otra comunidad autónoma. Pero se trata de productores profesionales que prefieren no arriesgar en la rotación.

Todo esto lo han aprendido en Aceuchal tras varias décadas conviviendo con un cultivo minoritario. Representa un caso único en el panorama nacional. Castilla-La Mancha, con Albacete y Cuenca, lidera el ranking de zonas productoras. En Andalucía se reparte por la provincia de Córdoba y en la zona norte entre Segovia y Zamora. Extremadura apenas aporta, pero el poco que se pone se concentra por completo entre agricultores un mismo pueblo, lo que le convierte en el motor económico de sus cinco mil vecinos.

Los más de doscientos productores se aglutinan en dos cooperativas y casi una veintena de almacenes. Carlos Dobalo destaca la dimensión social que no se ve. En la planta de El Ajero, por ejemplo, trabajan una media de ochenta trabajadores todo el año. En campaña hay picos que superan los 130. En la mayor parte empleo femenino.

«Cada vez tenemos que irnos más lejos y sembrar menos porque no encontramos sitios»

«Cada vez tenemos que irnos más lejos y sembrar menos porque no encontramos sitios» Francisco Hilario Asensio Agricultor

«Nos hubiera ayudado mucho el nuevo plan regadío en Tierra de Barros»

«Nos hubiera ayudado mucho el nuevo plan regadío en Tierra de Barros» Carlos Dobalo Gerente de El Ajero

Al empleo fijo discontinuo hay que sumar los jornales que se generan en el campo durante el corte del suelo.

Echando cuentas, al gerente de la cooperativa le salen más de mil personas en un pueblo de cinco mil que de una forma u otra viven de este bulbo de piel blanca.

Cuesta encontrar una familia sin vinculación y abundan las que tienen a todos sus miembros en el sector. De ahí el interés de la cooperativa en que el ajo se incluya también en el futuro plan de regadíos de Tierra de Barros. «Estamos en pleno corazón de Tierra de Barros y no se ha tenido en cuenta».

En su día vieron en este nuevo regadío una ayuda para reducir los tiempos de rotación en las parcelas y evitar los desplazamientos lejanos para sembrar. Pero sus planes se truncaron cuando en una reunión les comunicaron que la comunidad de regantes solo atendería a la aceituna y la uva.

No queda más alternativa que mejorar semillas y dar con producciones finales lo más limpias posible, que no dejen plagas para rotar cada menos tiempo.

Las campañas se complican por la falta de mano de obra para cortar en el campo

De simiente se utiliza un diente de ajo de categoría extra de la campaña anterior. Se entierra en la tierra entre la segunda quincena de septiembre y la primera de octubre. Durante los primeros meses requiere mucha agua y cuando ya ha nacido hay que controlar su salud con tratamientos fitosanitarios. Entre finales de mayo y principios de junio se recoge. La recolección, como la siembra, se hace con máquinas. Una aspiradora lo desentierra y lo expulsa al suelo sin cortar la raíz. La recogida final se hace una semana después, una vez que ha perdido la humedad del subsuelo. A falta de una cortadora capaz de quebrar el tallo y la raíz, la única alternativa pasa por llevar cuadrillas de cortadores con tijeras afiladas que lo retiren a mano.

Pero conseguir gente dispuesta a trabajar durante dos semanas o veinte días de campaña no resulta sencillo. En la cooperativa insisten en que cada mes de mayo se repiten los problemas por la falta de cuadrillas.

Francisco Hilario lleva desde los 18 años plantando ajos. De momento no tiene que irse muy lejos. Gestiona una plantación de ocho hectáreas a veinte kilómetros del pueblo. Es un atraso, cuenta, tener que moverse hasta tan lejos por el gasto en combustible para traer la cosecha hasta los muelles de la cooperativa. «Aquí ya no hay terreno virgen que te garantice que esté libre de plagas, por eso tenemos que irnos cada vez más lejos». Algunos compañeros, apunta, siembran ya casi todo fuera de Extremadura y otros solo ponen la mitad de las hectáreas previstas porque no encuentran ubicación. «Si quieres poner diez hectáreas y solo tienes sitio para cinco, pues te quedas con la mitad. No hay más historia».

Algo parecido ocurre con los jornaleros. Francisco, por ejemplo, necesita a más de treinta personas para cortar todo lo que la aspiradora deja en el suelo. Si no los encuentra, tardan más tiempo y asume el riesgo de que una tormenta le deje sin el trabajo de todo el año.

Planta de envasado en la cooperativa El Ajero
Planta de envasado en la cooperativa El Ajero / J.M. ROMERO

En casi todas las reuniones los cooperativistas preguntan si alguien ha inventado ya alguna máquina que corte el tallo y la raíz para no depender de una mano de obra cada vez más escasa. Con tantos problemas para sacar cada cosecha, no extraña el alivio de Francisco Hilario cada primavera cuando por fin consigue poner todos sus palets repletos en el secadero de la nave de la planta. «Es un cultivo muy complicado. Un año ganas dinero y otro lo pierdes todo. Cada vez es más difícil controlar las enfermedades».

Ya en la cooperativa se clasifican por tamaño y se almacenan en la cámara a entre menos dos y menos cuatro grados.

Más información

Desde la nevera se van retirando las partidas y pasan a las cintas donde se preparan para envasarlo y venderlo. El sistema de refrigeración permite trabajar con la producción durante todo el año, no hay que limitarse a sacarlo al mercado tras la recogida.

En la planta de El Ajero tienen tres líneas distintas: una se dedica a la de ajo fresco en cabezas para los supermercados. Tiene como destino el consumidor que lo compra en mallas de poco peso. En Aceuchal fueron de los primeros en implantar la línea de diente pelado.

Cuentan con peladoras rápidas que dejan los dientes limpios, muy demandados en hostelería. En la última línea lo trituran y consiguen pasta de ajo. La pasta se vende entre las industrias cárnicas para la elaboración de embutidos y entre las agroalimentarias para los platos precocinados.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos