ALIMENTOS LIGERAMENTE REGULADOS

El Parlamento Europeo presentará en los próximos meses una nueva propuesta para que la Comisión regule en una primera fase lo que han llamado alimentos ligeramente transformados, cárnicos y lácteos

JUAN QUINTANA

El sector de la industria cárnica está orientado al consumidor final, donde es esencial aportar calidad, seguridad, diversidad y precio. Además, la trazabilidad toma cada vez más importancia, y esto se plasma en dos aspectos diferenciados. Por un lado el uso del envase y la etiqueta como canal de información al consumidor, cada vez más exigente, a veces solo curioso. Por otro lado, como herramienta de control para la seguridad alimentaria y disuasorio contra el fraude.

En este contexto en Bruselas cada vez hay más interés en potenciar los etiquetados. En febrero de 2015 el Parlamento Europeo (PE) pidió a la Comisión que presentara una propuesta para que fuera obligatorio etiquetar el origen de la carne en los productos transformados. La Comisión lo tumbó por el excesivo coste y burocracia que supondría. Hay que entender que, por ejemplo, para la fabricación de una salchicha o de unos pimientos rellenos, el proveedor de la carne puede cambiar con frecuencia, lo que haría muy complejo el control de los etiquetados; además de que en un mismo lineal habría productos iguales y de la misma marca con orígenes diferentes de la materia prima. Por otro lado, al consumidor se le complica todavía más la comprensión de la etiqueta. Además, sería muy inusual que un consumidor buscara el origen de los diferentes productos que componen un alimento transformado. Si así fuera, ¿por qué solo de la carne?, ¿por qué no también del resto de los productos?

El PE contrataca ahora y la Comisión de Seguridad Alimentaria presentará en sesión plenaria en los próximos meses una nueva propuesta para que la Comisión regule en una primera fase lo que han llamado alimentos ligeramente transformados, cárnicos y lácteos.

El PE basa su estrategia en los resultado de una encuesta del Eurobarómetro de 2013, en la que se concluía que el 84% de los ciudadanos de la UE considera necesario indicar el origen de la leche, el 88% piensa que un etiquetado es necesario para la carne, y más del 90% estima tal etiquetado como importante para los alimentos procesados. Lo que pasa es que el etiquetado en origen de la carne y la leche no transformada ya se produce, y sobre los transformados, el ciudadano quiere que se etiquete el origen del producto, pero no el de toda su materia prima.

Un disparate aun mayor que pone la soga al cuello a los legisladores antes de empezar a trabajar, y que seguro tiene al sector pendiente, dada la ambigüedad del planteamiento. En este tipo de normas, lo que parece más racional es que se regule todo, si tiene sentido, y no se hagan compartimentos legislativos ni se abran procesos regulatorios por fases. Además, esto iría en contra de la política europea de simplificación regulatoria.

En definitiva, no queda claro si podremos asistir a una regulación de alimentos ligeramente transformados, o a una ligera regulación de alimentos transformados. Las instituciones europeas tienen la mala costumbre, especialmente el Parlamento Europeo, de hacer complejas propuestas que, en caso de salir adelante, suelen generar no pocos quebraderos de cabeza. Al final, el planteamiento es más sencillo, los consumidores no demandan conocer este origen, la seguridad alimentaria está garantizada se etiquete o no el origen de la materia prima, los costes van a ser elevados, tanto para la industria como para la administración pública y, por tanto, para el consumidor. Entonces, ¿quién y qué se gana?, ligeramente nada.

Las instituciones europeas deberían pensar en fijar los mínimos obligatorios de etiquetado que, salvo excepciones, los cubrimos con creces, y dejar al sector la potestad de ser más detallista; siempre y cuando, el no etiquetado de origen, no induzca a la confusión.

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