El Templo de Diana y la filosofía 'slow'

ANTONIO VÉLEZ SÁNCHEZ

PUEDE sorprender el título de este artículo, pero conociendo el alcance del movimiento 'slow' ya no lo parecería tanto. Esta corriente cultural propugna atemperar, calmar los ritmos excesivos de las actividades humanas. Surgió en Roma, en la Plaza de España, con una intención de racionalidad alimenticia, aunque ha ido impregnando de una idea de selectividad y ritmo justo a otras muchas facetas de nuestra vida.

Cuando paso por el Templo de Diana, en esta Mérida necesitada de mejores ensueños, me viene a la mente lo adecuado que hubiera sido aplicar esta nueva doctrina universal que día a día gana adeptos. Al mismo tiempo, siento indignación y rabia por el escaso calado reflexivo, la corta dimensión intelectual, la agresividad manifiesta, en que se mueven unas obras excesivas, en innecesario hormigón, hierro y amenazantes grúas. Entristece ver como las pletinas del forjado de los cerramientos y los granitos moldurados que los sostenían, diseños de un caro Plan de Excelencia Turística, fondos europeos de por medio, han sido demolidos. ¿Para que? Hemos leído y escuchado, desde un provocador autismo político, que la 'genial' pretensión era tapar las medianeras para homogeneizarlas en destellante pastiche de blanco 'neocubista'.

Algunos pretendimos aportar salidas a esa intención tan descabellada, tan epatante, tan distorsionadora, tan 'cantosa'. Dijimos que valdría la pena imaginar una gran plaza, un enorme foro, con fachadas, con variados usos. Un espacio singular de la ciudad, incardinando sus actividades, residencial, comercial, lúdica, en la propia trama urbana, en el compás humano de esta vieja metrópoli. Dando el tono de solemnidad cotidiana que Mérida demanda y al nivel de las grandes plazas de España, Madrid, Salamanca, Santander, pero con el Templo de Diana presidiéndola. Bastaba convertir las medianeras ciegas en fachadas. Algo tan sencillo, en su complejidad, que hubiera aportado, incluso, recursos económicos importantes para otras acciones en ese espacio foral-romano. No se nos hizo el menor caso, algo inaceptable en quienes han comprometido, electoralmente, cordones democráticos que avalaran sus decisiones. Y bien que lo sentimos, exclusivamente por la ciudad, sus habitantes, su futuro turístico, económico, laboral.

Ahora cuando paseamos por allí, a muchos, nos apuñala el alma y la inteligencia contemplar aquella hermosa ruina, perdida en el caos. Quizás el drama del 'cubo' de la alcazaba de Badajoz debería vacunar contra aquel, este y otros despropósitos. Por eso traigo a colación esta idea de la cultura 'slow'. Tal vez porque en una reflexión ambiciosa, que incluso pudiera considerar nuestra propuesta de medianeras convertidas en fachadas, el 'método slow' obligaría primero a una actuación tranquila. Por ejemplo, cubrir las actuales paredes colindantes de hiedras y buganvillas, plantar algunos árboles, abrir el espacio al pueblo y esperar a que el tiempo, las ideas contrastadas, el respeto a la Historia y la autoestima de una Ciudad hicieran el resto.