El naufragio del 'Azor'

El yate de recreo de Franco se oxida anclado entre campos de trigo burgaleses como reclamo de un motel y un asador

El naufragio del 'Azor'

Hay que fijarse. Encaramado a una loma como un toro de Osborne, el motel Azor se asoma al kilómetro 222 de la A-1. El nombre no es gratuito. En Cogollos, Burgos, permanece varado el yate de recreo de Francisco Franco, inútil reclamo de un 'complejo' formado por un asador y un hotel de carretera. Hace sesenta años, los astilleros Bazán de Ferrol satisfacían el capricho del dictador y botaban una nave que surcó las procelosas aguas del franquismo y hasta de la Transición. Donde antes refulgían las gorras de comodoro y brincaban los atunes puestos a huevo, hoy ulula el viento castellano. La Historia, en dique seco.

El desolado aparcamiento del mesón El Labrador reserva una plaza para este espejismo. A estribor, un hotel de 60 camas con la puerta de cada habitación en el exterior, a la manera de los moteles estadounidenses; 'Psicosis' se funde con el Nodo. A babor, el mesón con estética de salón del Oeste depara la sorpresa de un 'museo etnográfico' en su interior; entre las botellas de Protos y Tinto Pesquera, aperos de labranza con nombres 'chanantes': trébedes, garlopas, seseros, zoquetas...

El 'Azor' se oxida en el páramo burgalés gracias a la cabezonería de un empresario cuya singladura acabó en naufragio. En 1992, Lázaro González avistó un negocio boyante cuando adquirio el barco en una subasta tras informarse en el BOE. Intentó convertirlo en un restaurante flotante en la bahía de Laredo, pero el plan encalló. Al final, tras gastarse 14 millones de las antiguas pesetas lo ancló en Cogollos como faro de su negocio. Plantó un letrero en rojo y gualda que se avista desde la Nacional y se sentó a esperar.

Eslora fantasmal

El encargado del mesón atiende al exótico nombre de Mario Lecroisey, más propio de un 'maitre' del Palace que de un expendedor de lechazo. Desvela que hace ya años que Lázaro González tiró la toalla. «Ahora regenta otro asador en Burgos». Mario confía en que en poco más de un año construyan la nueva salida de la autopista, que pasará junto al motel.

-¿No viene mucha gente, eh?

-Bueno, viajeros de paso sobre todo, Cogollos está a medio camino entre Bilbao y Madrid. Y mucho guiri.

-¿A ver el barco?

-Les llama la atención. Lo que pasa es que está hecho una pena. Hace unos años estuvieron por aquí los de la Fundación Cousteau. Hicieron una oferta para restaurarlo. A mí no me importaría, pero eso nos obligaría a poner vallas por todo el perímetro para protegerlo. Lo que no vienen son nostálgicos de Franco y gente así. Esto no es el Valle de los Caídos.

Se puede subir a bordo del 'Azor' sin ningún problema. El óxido reina donde una vez hubo paredes de madera de fresno y raíz de sicomoro egipcio. Cincuenta metros de eslora fantasmales. Por aquí, Franco daba pasitos embutido en un blazer azul marino de botones dorados. Marejada de campos de trigo. Y el recuerdo de que, en esta chatarra, un 25 de agosto de 1948 Franco y Don Juan de Borbón acordaron que el príncipe Juan Carlos estudiara en España. Cuatro décadas más tarde, un Felipe González mal aconsejado navegó de Lisboa a Rota. Le criticaron tanto que desde entonces veranea en Doñana.

Los camarotes de Franco y Carmencita Polo son una casa ocupada. Cada uno de ellos luce su respectiva pintada: 'Fachas al paredón' y 'Eta mata poco'. Mario invita a admirar el 'Azor' desde las habitaciones del motel. La individual, 28 euros; la doble 35. Descubre en un cobertizo un cañón y una tanqueta que crian hierbajos en el motor. Son parte del frustrado museo de Lázaro. Qué pena no haber parado en Cogollos semanas atrás, cuando un visitante se perdió durante horas en las entrañas del barco Azor.

-Era un señor mayor que había formado parte de la tripulación de Franco. Imagínate qué tuvo que sentir.

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