El polvorín de las Hurdes

FÉLIX BARROSO GUTIÉRREZ
El polvorín de las Hurdes

Uno de los investigadores más preclaros de la sociedad rural popular, como es Félix Rodrigo Mora, nos dice en 'Naturaleza, Ruralidad y Civilización' (Madrid, 2008) que «la política agrosilvopecuaria de la Unión Europea, como es admitido ya por muchos, está dañando de manera grave y constante el bosque autóctono, por su avidez productivista y, también, porque aplica criterios que no se adecuan a nuestras concretas condiciones edafoclimáticas».

Me atrevo a afirmar que, en lo que respecta a la comarca extremeña de Las Hurdes, este daño ya se produjo muchos años atrás, cuando se iniciaron las primeras repoblaciones con el 'pinus pinaster', árbol no conocido en estas serranías y que fue introducido masivamente en los primeros años de la dictadura franquista. Para ello, se invadieron las miles de hectáreas de terrenos comunales y se arrasó la vegetación autóctona, quebrantando por completo las fuentes seculares de subsistencia del pueblo hurdano: la cabaña caprina, el carboneo del brezo, la apicultura, el aprovechamiento de leñas gordas y menudas y otros beneficios que le reportaba el monte, del que se sentían uña y carne y al que cuidaban y mimaban porque era su principal valedor económico. A raíz de la repoblación, el hurdano fue dejando de sentir el monte como suyo y anidó en él un soterrado rencor a las coníferas.

Testigos hemos sido de numerosos incendios forestales. Y hemos visto cómo la cabra prácticamente desaparecía de la zona, aunque siga siendo el cabrito el plato estrella de los restaurantes hurdanos. Y cómo se regeneraba la apicultura, en gran parte debido a las subvenciones y pese a que se siga vendiendo miel de Valencia y de otras partes en diversos establecimientos. Y cómo la gran masa boscosa creaba numerosos puestos de trabajo, sobre todo de bomberos forestales, lo que siempre estuvo acompañado de fuertes polémicas. Y cómo la venta de madera, quemada y por quemar, trajo numerosas suspicacias y, según rumores, el enriquecimiento bajo cuerda de algunos individuos o incluso de vecinos de la zona.

Testigos hemos sido igualmente de las condiciones leoninas impuestas a la gente de estos pueblos, a las que se les ha venido prohibiendo cortar cargas de madroñera dentro de los terrenos comunales, cuando de siempre el hurdano ha explotado racionalmente estos arbustos, ramoneándolos para sus ganados e incluso recolectando, antiguamente, los madroños para fabricar aguardiente. Y nos hemos percatado que se ha sancionado con cuantiosas multas a humildes campesinos por practicar entradas a sus fincas, con el cuento de que causaban impacto ambiental negativo, creando así mayor animadversión contra todo lo que llevara la impronta de la repoblación. Y hemos comprobado cómo no se permitía a un solo hurdano que cogiera unos puñados de tierra del monte para plantar cuatro cerezos o cuatro olivos, pero, en cambio, se otorgaban muchos metros cuadrados a fulano o mengano para montar unas naves u otros negocios. La Administración, a sabiendas de que la propiedad de los montes es comunal, y no privada, estatal o municipal, ha hecho de su capa un sayo y ha actuado a ojo de buen cubero, tal vez con la mejor de las intenciones, pero ha creado recelos y malestar entre los vecinos.

No obstante, a pesar de los pesares, con el paso de una economía de subsistencia y de concejos abiertos (siempre más fraterna y solidaria) a una economía de mercado y de representación delegada (siempre más individualista y menos humana), el hurdano, desligado prácticamente de las masas boscosas, comenzó a ver a éstas como un mal menor, aclimatación que se ha venido produciendo en fechas muy recientes. La promoción de la comarca como una zona verde, con gran potencial de turismo de naturaleza, ha ido calando entre los paisanos, máxime cuando se han gestado numerosas casas rurales, hostales, restaurantes. que dan de comer a un buen puñado de familias. Pero he aquí que, después de seis años de relativa calma, vuelve de pronto la mecha incendiaria, porque más que comprobado está que las más de 3.000 hectáreas calcinadas los días 25, 26 y 27 de julio pasado, destrozando zonas de increíble valor ecológico, como es el caso del paraje de 'La Arrobatuequilla', fueron devoradas por un incendio provocado, estratégicamente bien meditado y planificado.

Los habitantes de la comarca barajan hipótesis para todos los gustos. Hay quien sigue señalando como culpables a las empresas madereras. Otros incluso señalan a las empresas encargadas de la reforestación de la comarca, para que no les falte trabajo en años sucesivos (sería ya la cuadratura del círculo que los que reforestan se encargaran, a su vez, de ir aniquilando la masa repoblada). También nos encontramos con comarcanos que señalan al malestar de la gente a quien la crisis ha devuelto de la ciudad a sus pueblos y que, al no poder acceder a los trabajos forestales que ejecutan los que no emigraron, urden malévolas venganzas. Los hay que cargan las culpas sobre aquéllos que esperaban que la colocación de aerogeneradores en las cordilleras hurdanas les reportara algún tipo de beneficios y, al no instalarse, han dado fuego al monte. Se habla igualmente de polémicas surgidas en torno a la caza y los cazadores de estos concejos. Y no falta quien hace hincapié en que todavía quedan muchos hurdanos que no quieren ver el pino ni en fotografía. Como se ve, el debate está servido. Difícil será encontrar una respuesta clara, contundente y definitiva.

Cara al próximo otoño, se están programando unas jornadas medioambientales en la zona. Voces honestas y cualificadas están clamando porque se dé cancha a los hurdanos, a sus asociaciones, a su gente involucrada en la defensa de los ecosistemas de la comarca, a todos esos colectivos que ya están hartos de que se traigan técnicos de coordinación en materias forestales que no conocen estos concejos; de que se siga repoblando en algunas áreas con coníferas aunque los políticos se empecinen en negarlo; de que otros políticos y sus peones en la comarca hagan ramplona demagogia con los aerogeneradores; de que sectores recientemente reforestados con especies autóctonas se dejan a su suerte, devorados por un monte bajo que impide su desarrollo; de que no se cumplan las promesas de limpieza de los pinares inmediatos a los pueblos y, en definitiva, de muchos abusos, incumplimientos, anacrónicos planes... que han dado lugar a que el hurdano no se sienta ligado, como antaño, a esos montes que, al fin y a la postre, siguen siendo suyos, pues no sabemos que se hayan promulgado leyes aboliendo la propiedad comunal de los mismos.

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