Luis Bolívar y Curro Díaz cortan una oreja en Azpeitia

Ambos cosecharon una actuación aceptable y Matías Tejela fue despedido con silencio tras su discreta intervención

BARQUERITOCOLPISA. AZPEITIA
Luis Bolívar arrimándose a un toro durante una corrida. /HOY/
Luis Bolívar arrimándose a un toro durante una corrida. /HOY

Dos veces enterró los pitones. Dos volatines. Y un puyazo de los de acostarse contra el peto, sin apretar pero sin irse. En ruedo de diámetro menor como el de Azpeitia los toros pueden hacer dos cosas: o apretar hasta ahogar, que es lo que hicieron el día de San Ignacio cuatro de la espectacular corrida de Palha, o marcar confusas querencias. Todos los toros de la feria se desencajonan en la plaza y en sus corrales viven una semana al menos. A la querencia de corrales apretó en banderillas ese primer toro de la tarde. Y ya no apretó más, sino que se dejó amablemente.

Tras un garboso arranque, Curro Díaz dibujó una faena más mecánica que improvisada. Al toro le faltaba un golpe en los viajes; el viento que anunciaba una romántica tormenta de verano descubría. La banda atacó el «Dauder» de Lope briosamente. Algún cadencioso muletazo. Tuvo armonía el conjunto. Aunque el torero de Linares rematara faena con una tanda de molinetes en cadena y otra de espaldinas facilonas. A capón, y soltando el engaño, una estocada. La primera oreja de la feria.

La apabullante corrida de Palha estaba viva al día siguiente.

Ayer. En todas las conversaciones. La corrida de José Luis Pereda resistió el contraste. Bien armado el segundo, cuajados el tercero, el cuarto y el quinto, serio el que cerró. Toros de distinguida presencia. Apretaron sin excepción en varas. Aquí pican caballos muy bien domados y vestidos de la famosa cuadra de Antonio Peña, que opera en la Maestranza de Sevilla. Y pican muy bien. De la batalla con los palhas del viernes salieron indemnes todos. Con los toros de Pereda respondieron todavía mejor. Fueron de nuevo puestos a prueba. La salvaron con éxito.

Rizado y capacho, astifino, anchas las sienes, el segundo de la tarde rompió en la muleta con llamativa codicia. El tercero, ensabanado y capirote en cárdeno, estaba para cumplir los seis años. No acusó los resabios de la edad. Se dio con generoso desorden pero sin resistirse. Un casi canto de gallina en banderillas -sería la querencia de la desencajonada y buscó toriles- pero luego fue de untar y mojar. Notables los dos. Claros. Pero había que arriesgar.

Matías Tejela anduvo fácil y templado con el segundo, pero, la suerte descargada, escondida la pierna de salida, la faena sonó en falsete. Como el toreo al revés. Por las dos manos. Una tanda de bernadinas -de Bernadó, no de Bernardo- y un desplante. Cuatro pinchazos. Bolívar abrió a toda trompeta con el tercero: de largo en los medios pases cambiados por la espalda. ¿Para qué? Para volver de pronto a la rutina de una forma de torear más del revés que del derecho. Y pegar muchos muletazos sin enfado. Una terrible estocada en el chaleco. Y luego otra casi arriba. La gente agradeció la entrega.

Bastante menos propicia la segunda mitad de corrida. Al cuarto, mirón, escarbador y de arreones, lo manejó Curro Díaz con cites en uve y sobrado oficio. Y marcial torería ligera. Una excelente y difícil tanda con la diestra enganchando al toro. Sólo una. Y una estocada desprendida. El hueso de la tarde fue un quinto ensillado y largo, chorreado en verdugo, de poderosos riñones. Muy guerrero.

Listo, de los que se ponen por delante engallándose y enterándose.

Abrevió Tejela sin dar cuarto al pregonero. Estaba, además, lloviendo. Goyescos cielos metálicos posados sobre el cerco de verdes montes. Paisaje imposible.

Y un sexto toro recibido por la banda del joven Frantzesena -nuevo Schubert de este pueblo tan de músicos- con una elocuente versión de la célebre Jota de Borobio, la del sexto toro de Zaragoza. Palmeada a compás, regada por gaiteros afinados. Ese sexto arreó y cortó por la mano derecha, y le pegó en banderillas un susto y una voltereta a Gustavo el Jeringa. Hizo Bolívar de tripas corazón y se fue a los medios para, en la distancia, aguantar de rodillas embroques como salvas. El toro tenía por la mano izquierda son suave. Y por ahí, ya en vertical, fue un trabajo honrado, de buen gasto y seguro encaje. Una estocada. Otra oreja.