La ética y el poder

LUIGI GIULIANI

La estrella de Sevilla' es un drama atípico en el panorama del Siglo de Oro. Y lo es no tanto por los problemas de autoría (la crítica más reciente lo atribuye -creo que acertadamente- a Andrés de Claramonte, actor y dramaturgo sevillano de principios del siglo XVII), sino por la complejidad de los temas tratados, que se resuelven en una estructura dramática absolutamente fluida y un pensamiento vertido en una versificación densa y límpida al mismo tiempo. No se trata simplemente de uno de los 'dramas de honor' al uso con un poderoso (en este caso, el rey don Sancho el Bravo) que amenaza la honra de una mujer y de su familia (la de Estrella, la de su hermano Busto Tavera y la de su prometido Sancho Ortiz), sino de la escenificación de asuntos que están en la raíz de la conciencia jurídica y social de la Edad Moderna: la naturaleza del derecho, la relación entre poderes, la frontera entre lo público y lo privado, el conflicto entre la ética personal y los imperativos legales, la resistencia de los súbditos a los abusos del poder.

Es, pues, una obra que hay que leer no sólo en el horizonte del debate europeo de la época sobre el poder real (en la estela de Maquiavelo), sino que también puede proporcionar al espectador moderno elementos de reflexión sobre la discrecionalidad personal y la lógica feudal que anidan aún en hoy en el funcionamiento de nuestras instituciones políticas y administrativas. En suma, el de Claramonte es un texto que se acerca sorprendentemente por forma y temas, mensaje y validez, a ciertas tragedias del teatro isabelino inglés.

El montaje de la CNTC recoge espléndidamente estas sugerencias del texto y las carga con nuevos y ricos matices.

Una escenografía sencilla y contundente: un espacio rectangular, cerrado por tres lados por paredes continuas de madera clara, una gran tarima central, seis grandes paralelepípedos móviles que moldean espacios y sugieren ambientes. He aquí el espacio escenográfico, cerrado y dúctil al mismo tiempo, en que el director Eduardo Vasco ha situado el conflicto entre don Sancho y sus súbditos. Catorce actores y un violinista en trajes oscuros de corte moderno se mueven en el escenario formando muros humanos, geometrías, grupos aislados de los que emergen los personajes que representan las distintas escenas. Entre silencios estruendosos y las notas del violín barroco, los actores representan indistintamente al pueblo de Sevilla, a sus regidores, al conjunto de una sociedad que asiste a los atropellos del rey, al sufrimiento de la conciencia lacerada de sus víctimas, al ahocarmiento de la esclavilla que vendió su lealtad a cambio de su libertad.

La multitud de cuerpos fajados de negro de los hombres acosa y hace destacar las formas femeninas de Estrella, vestida de blanco el día de su boda, el objeto del deseo que se rebela al destino y grita su horror por la muerte de su hermano, su desesperación al saber que fue su prometido Sancho quien lo mató. Y a la composición plástica de los cuadros corresponde la excepcional paleta sonora de las voces: los tonos graves y varoniles, los picos agudos de los gritos y de las risas, el compás mediano de los razonamientos, los ritmos acelerados de los enfrentamientos verbales. Todo recitado con una exquisita atención tanto a la musicalidad del verso como a la sintaxis y la estructura lógica de los parlamentos.

Cabe, además, subrayar la calidad del trabajo individual, en que la gran actuación del cuarteto de los protagonistas (Daniel Albaladejo, Muriel Sánchez, Arturo Querejeta y Jaime Soler) se inserta en una interpretación homogénea del conjunto de la compañía, calidad que, una vez más, es el sello de fábrica de Eduardo Vasco.

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