25 años sin el viejo tren

Lo que queda en el norte extremeño del ferrocarril Ruta de la Plata es pura nostalgia: 48 kilómetros de vía muerta y seis estaciones que extrañarán al viajero con memoria

ANTONIO J. ARMERO| CÁCERES
Carlos García, junto a su vagoneta de balancín ( o 'zorrilla'), en Hervás./
Carlos García, junto a su vagoneta de balancín ( o 'zorrilla'), en Hervás.

EN Extremadura, el tren acaba en Plasencia. De ahí hacia arriba, se puede viajar en coche, en moto, en bicicleta, en autobús, en sidecar, a caballo o andando, pero hace casi veinticinco años que en el norte de la comunidad no oyen silbar a un jefe de estación. Permanecen los raíles, aunque la mayoría hayan quedado sepultados bajo la maleza multiplicada o tapados por sanísimos arbustos de dos metros de alto; también las traviesas, los tirafondos, las señales, los túneles, los puentes, los cambios de aguja. Está todo, pero faltan las locomotoras, los vagones y los pasajeros. Lo que queda de aquel tren Ruta de la Plata son 48 kilómetros de vía muerta, en los que es mucho más fácil encontrarse a una vaca que a una persona. Queda eso y quedan también (de norte a sur) las estaciones de Oliva-Almendral, Villar de Plasencia, Casas del Monte, Aldeanueva del Camino, Hervás y Baños de Montemayor. Seis estaciones que vistas ahora, harán frotarse los ojos al viajero con memoria.

Esas paradas son la huella bucólica de un trazado que no ha pisado máquina alguna con pasajeros desde el 31 de diciembre de 1984. Ese día, un grupo de vecinos de Hervás se plantó delante de la vía y no dejó pasar ni al tren que subía hacia Bilbao ni al que bajaba. Y quizás haya sido eso, el ánimo reivindicativo de los paisanos, lo que ha hecho que casi un cuarto de siglo después de aquel recordado día de fin de año, Hervás sea el lugar entre Plasencia y el límite con la provincia de Salamanca que más vivo mantiene el recuerdo del viejo tren. De hecho, sobre los raíles que hay frente al antiguo muelle de carga, hoy convertido en albergue para turistas, descansa lo más parecido a una locomotora que se puede encontrar a lo largo de esos 48 kilómetros echados a perder. Es una vagoneta de balancín ('zorrilla' la llamaban los ferroviarios), que Carlos García tiene allí para que se entretengan los hijos de sus clientes.

«Como en las pelis»

Para quien no acabe de hacerse a la idea sin haberla visto, él aclara el panorama con una imagen esclarecedora. «Es como las que salían en las pelis en blanco y negro de hace una pila de años -ilustra-, que se mueven para adelante o para atrás dándole a una manivela grande, que acciona los dos piñones y la cadena». Por mucho que se empeñen dos adultos con más o menos facultades, la 'zorrilla' no irá más allá de quinientos metros hacia arriba o hacia abajo. No porque Carlos (51 años, mitad de Malpartida de Plasencia, donde nació, mitad de Salamanca, donde estudió y donde conoció a su mujer) no tenga bíceps suficientes, sino porque la detendría la vegetación que prolifera entre los raíles.

En ese brevísimo paseo anacrónico, quedan a un lado tres edificios: dos pequeños almacenes, convertidos uno de ellos en bungalow y otro en lavandería para los turistas del albergue, y la casa del jefe de estación, que hoy es la de Carlos. Frente a ellos, el antiguo edificio de viajeros, hoy Centro de Interpretación del Ferrocarril (abre todos los días, incluidos domingos y festivos, de 10.00 a 14.00 y de 17.00 a 20.00 horas). Lo montó la Junta de Extremadura, y es un museo pequeño, humilde, pero de visita merecida. Hay maletas antiguas, señales, carteles, aperos de los talleres de Renfe de hace décadas, una réplica de un túnel, y a cada poco, unos altavoces devuelven el pitido de una locomotora entrando en la estación.

Una música distinta a la que Carlos García tiene puesta para ambientar el coqueto comedor del albergue que él gestiona (cinco dormitorios, 22 plazas, a 18 ó 20 euros por persona y noche, según la temporada). Lo que fue el muelle de carga pasó por el tamiz de una remodelación integral, hecha bajo la premisa de respetar la esencia de ese inmueble histórico. Permanecen las enormes y pesadas puertas de hierro corredizas que dejaban entrar y salir las mercancías, las paredes mantienen las vigas de madera originales, y junto a ellas hay tres relojes, versión vanguardista de los típicos de todas las estaciones.

«Dejar los raíles»

En una de las mesas, dos turistas irlandeses mirando a un ordenador portátil. «Se alojan más españoles que extranjeros, pero los extranjeros aprecian más dormir en un sitio como este», apunta Carlos, partidario de dar al trazado del Ruta de la Plata una utilidad turística. «Ahora que se habla tanto de las vías verdes, a mí me gustaría más que fuera una vía azul -propone-. Es lo mismo, pero con la diferencia de que la vía azul conserva los raíles. Lo suyo sería quitar el balasto (las piedras machacadas que hay entre traviesa y traviesa) y echar una capa de cemento para que puedan pasar ciclistas y gente en silla de ruedas, pero dejar los raíles, que es un recuerdo bonito».

Mientras los políticos deciden, él mantiene la costumbre, de cuando en cuando, de darse un paseo de dos horas andando por la vía hasta Baños de Montemayor, la última estación en suelo cacereño. Y no es el único que lo hace. Son las once y diez de la mañana de un día laborable, y a lo lejos, a dos metros de los raíles, aparece un hombre con un perfil más o menos ajustado al del senderista tipo: pantalón vaquero, botas negras, polo de rayas, mochila al hombro y bastón de madera en la mano derecha. «Yo recuerdo haber parado aquí, en Baños, viajando en una máquina de vapor, y era una estación muy animada, con mucho ajetrero», evoca Juan Martínez. Tiene 67 años, es de Badajoz y anda estos días en Baños de Montemayor por el mismo motivo que otros trantos: acompañando a un familiar que está en el Balneario. «El otro día, un lugareño me decía que ellos habían ganado la Guerra Civil gracias al tren», cuenta Javier, que termina su paseo mañanero, monta en el coche y deja atrás una estación que sigue siendo de Renfe -en concreto de Adif, el administrador de sus infraestructuras-, pero que utiliza el Ayuntamiento del pueblo. «Pagamos muy poco, yo creo que no llega ni a mil euros al mes, y lo utilizamos como almacén», detalla Rafael Ferreras, alcalde socialista.

Es imposible saber qué guardan ahí dentro, porque el edificio tiene las ventanas tapiadas y la puerta cerrada. Los alrededores tienen más vida, al menos en apariencia. Hay una fuente de la que sale agua fría pero no potable, unos columpios, barbacoas de piedra y varios bancos de frente al paisaje del valle del Ambroz. «Es un mirador fresquito, muy conocido, viene gente del pueblo y también de Plasencia», cuenta el alcalde, que no ve más futuro al trazado que su conversión en vía verde.

El amarillo de los pastos

A estas alturas del año, el color que predomina a lo largo de los kilómetros de recuerdo ferroviario no es precisamente el verde, sino el amarillo de los pastos desatados, sin desbrozar, interrumpido cada poco por algún arbusto que surge entre traviesa y traviesa. Es la imagen del abandono, especialmente evidente en los alrededores de la estación de Aldeanueva del Camino, la siguiente paradas tras Hervás en dirección a Plasencia. El viejo muelle de carga lo gestiona ahora el Ayuntamiento, que abrió en ese inmueble el 'Taller de Empleo Vía de la Plata III'. Las ventanas están tapadas por lonas de plástico negras, junto a una de las paredes hay dos contenedores, y en los alrededores abunda el ripio. Flanquean el edificio una moderna instalación de Telefónica y una caseta de obra con su característica fealdad.

El otro cincuenta por ciento de lo que un día fue la estación de Aldeanueva del Camino es el edificio de viajeros. Jose Luis, el último jefe de estación que tuvo el pueblo, vio en el cierre del trazado una oportunidad, y hoy, ese edificio es su residencia para fines de semana y verano. Él vive a diario en Collado Villalba. O sea, un perfecto ejemplo muy extendido en el norte extremeño: residente en Madrid y con un chalé en alguna comarca de Cáceres donde en agosto hay agua de sobra y unos grados menos en el termómetro.

Vía abajo, el siguiente descanso es Casas del Monte, que tiene un barrio de la estación alto y un barrio de la estación bajo. Reminiscencias de un pasado ferroviario que conserva como huella principal ese letrero metálico de bienvenida y de despedida bien fijado a la pared. Está oxidado, pero un cuarto de siglo no ha sido suficiente para borrar del todo el nombre de la población. Ese inmueble avejentado, y el muelle de carga, y también la caseta de Correos, siguen siendo de Adif, que los tiene alquiladas a Fuente Gotera servicios ambientales. Iluminado, el dueño de la empresa, utiliza esas tres construcciones desde hace una década, pero está decidido a demolerlas. Adif le ha dado permiso, y si no cambia de planes, en un año no habrá en Casas del Monte rastro alguno de la vieja estación de tren.

'Propiedad privada'

En Villar de Plasencia, justo al lado del restaurante El Avión, lo que queda son dos edificios a los que no es fácil acercarse. Dos señales, una a pie de vía y otra en el acceso por la carretera nacional 630, avisan de que se trata de una propiedad privada. Es la sede de Piscinas Polimar, dedicada a la venta de piletas de poliuretano.

La última de las seis en este viaje por el tiempo desde arriba hacia abajo es Oliva-Almendral. Llegar a ella obliga a desviarse de la carretera que lleva a Oliva de Plasencia, y seguir por un camino de tierra. Unos seiscientos metros después vuelve a aparecer la huella del viejo tren. Hoy, esos edificios son la ilusión de Esperanza. Un día, paseando en bici por la zona, los vio, y diez años después se los alquiló a Adif. Si termina con los papeleos -lleva más de dos años en ello-, abrirá allí una casa rural con tres habitaciones.

Al menos esa estación tiene un futuro, bastante más claro que el que se intuye al ferrocarril Ruta de la Plata. Mientras acaba de despejarse el horizonte del tren en la alta Extremadura, ahí permanecen sus seis viejas estaciones. En su sitio, quietas, donde siempre estuvieron, algunas de ellas subsistiendo casi por inercia, sin nada que hacer, sin un servicio que prestar, sin un viajero al que aburrir, ilusionar, deprimir o entretener en la espera. Pero aún hoy, eso sí, con una historia que contar.

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