En las entrañas de Alcántara

Por fuera, la central hidroeléctrica situada frente al puente romano es un mastodonte que impresiona; dentro, en el corazón de su muro, el zumbido del agua invita a pararse y pensar

ANTONIO J. ARMERO| ALCÁNTARA
Responsables de Iberdrola  y la Confederación Hidrográfica del Tajo, ayer en la central. / ARMERO/
Responsables de Iberdrola y la Confederación Hidrográfica del Tajo, ayer en la central. / ARMERO

METIDO en las entrañas de la cuarta presa más grande de Europa conviene no pensar mucho. ¿Qué resistencia puede oponer un cuerpo humano de setenta kilos de peso ante semejante masa de agua? ¿La misma que una incauta cucaracha a la rueda de un tractor, quizás? Es mejor atar en corto a la imaginación y ceñirse a lo que entra por los ojos.

Y lo que percibe la vista es un mastodonte que impresiona desde fuera y encoge el ánimo una vez dentro. Ayer, un grupo de responsables en materia de gestión del agua de España y de Portugal atravesaron esas paredes que durante todo el año están cerradas al público en general, vigiladas por alarmas y cámaras, controladas con sistemas informáticos de lo más moderno y rodeadas en su perímetro por verjas coronadas por alambres de espino.

Abre la exigua caravana de privilegiados un utilitario blanco con el logotipo de Iberdrola, le siguen tres coches de lujo y uno normal, y la cierra un todo terreno de la Guardia Civil. Antes que nada, parada rápida pero obligada al pie del puente romano, que se mira frente a frente con la presa. El primero fue construido por los romanos en el siglo II, mientras que la segunda se terminó de levantar en 1969, tras una década de trabajos que obligaron a habilitar un pequeño pueblo al lado. En los momentos de más tarea llegó a tener 3.500 trabajadores. Hoy, todavía hay detalles que recuerdan aquella época, como la señal de tráfico triangular con un paso de peatones, unos niños con mochila y la palabra 'Escuelas'.

Las apariencias engañan

Al poco de traspasar la primera verja aparece el gran muro, pero no de visto de frente, como es lo habitual, sino de perfil. Desde una punta hasta la otra hay 570 metros, y contemplado desde la carretera que lo corona y lo atraviesa sorprenden sus dimensiones. Es mucho más grande de lo que parece cuando se le toman fotografías desde el puente romano. Cuestión de perspectivas. Suele suceder, que las cosas no se nos presentan tal como son hasta que las tenemos cerca de la nariz.

Desde la mitad de esos 570 metros se puede ver la enorme masa de agua embalsada, y el punto en el que el río Alagón se encuentra con papá Tajo. La fusión ocurre justo al pie de un embalse que llegó a ser el más grande de Europa. Ahora es el cuarto en un ranking que lidera el portugués de Alqueva, seguido de Kremasta (Grecia) y el pacense de La Serena.

Cualquiera de ellos tiene unas medidas lo suficientemente llamativas como para presumir. Alcántara luce un muro de 130 metros de altura con una particularidad que en su día lo convirtió en pionero: por dentro, ese frontal que convierte a las personas que se le acercan en enanos no está relleno totalmente de hormigón, sino hueco en una proporción importante.

Para entrar en el corazón de ese muro hay que coger el coche, salvar otra verja -que sólo se abre cuando alguien desde algún sitio identifica a quien pide paso- y circular por el túnel de acceso a la central. Son unos pocos metros, que salvan el aliviadero lateral (de la margen izquierda), que tiene una anchura similar a la del paseo de la Castellana de Madrid.

Esa gran rampa está ahí para cuando haga falta, pero en la práctica, es extraño ver correr agua por ella. La infraestructura es de tal magnitud que rara vez tiene que desembalsar, algo cotidiano en presas más pequeñas. La última vez que Alcántara dejó salir agua fue en el año 2001.

¿Alguien dijo vértigo?

El final de ese túnel que salva el aliviadero de la margen izquierda es la central hidroeléctrica en sí, que se llama José María de Oriol y es propiedad de Iberdrola. El interior de su muro tiene 19 bloques de 28 metros de ancho cada uno, comunicados entre sí por escuetos túneles que obligan a agacharse a todo el que mida más de un metro ochenta. Entre bloque y bloque hay una pasarela metálica con barandilla, ese conocido elemento de seguridad que habitualmente, en los portales, la mayoría desprecia a no ser que tenga que subir varios pisos y esté exhausto. Ayer, casi todos los que integraban el grupo de visitantes utilizaba uno de sus brazos para agarrarse con firmeza a esa barandilla. Porque el escenario invitaba a no confiarse. No sobra la luz, y al agachar la cabeza y mirar hacia abajo surge un precipicio de una altura lo suficientemente importante como para preocuparse por uno mismo un poco más de lo habitual. En ese momento, alguien dice algo sobre el vértigo.

Para tranquilidad de un par de excursionistas, salimos del muro, volvemos a pisar tierra firme y a ver la luz del sol. Por poco tiempo. La siguiente estación está cerca. Hay que tomar un ascensor y bajar hasta la sala de excitatrices, el meollo del edificio de la central, que es el que está pegado al aliviadero tan ancho como la Castellana. Ahí, en esa sala de extraño nombre se pueden ver las cuatro turbinas gigantes que convierten la fuerza del agua en energía. Y se puede también sentir la presión del agua contenida tras las paredes. Llega en forma de ruido, un 'run run' continuo, una suerte de zumbido continuado, suave pero contundente. Ahí, en las entrañas de la segunda presa más grande de España, en el corazón de ese mastodonte, puede uno hacerse muchas preguntas. O quizás sea mejor dejarse de ejercicios intelectuales. Relajarse (en la medida de lo posible) y pensar que más agua todavía hay en el mar. Galería Más fotos del embalse, en hoy.es

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