«El éxito es una mercancía deleznable, una de las máscaras de la felicidad»

El autor de ‘Juegos de la edad tardía’ descansa en Alburquerque y publicará en 2010 una nueva novela

JUAN DOMINGO FERNÁNDEZ |
NOVELISTA. Luis Landero , en plena madurez creativa, durante la entrevista en la casa donde transcurrió su infancia.|LORENZO CORDERO/
NOVELISTA. Luis Landero , en plena madurez creativa, durante la entrevista en la casa donde transcurrió su infancia.|LORENZO CORDERO

¿La guerra civil estaba muy presente en la memoria de la gente cuando vivía aquí, en su pueblo?

Estaba en la atmósfera de un modo no explícito. En la atmósfera estaba el miedo, estaban las medias palabras, estaba el no atreverse a hablar, estaba la figura de Franco como algo extraordinariamente poderoso... Estaba en el silencio. No se hablaba de la guerra civil por miedo y por amargura. Sobre todo por miedo. Pero lo que percibíamos era el ambiente. Como en esas novelas de ambiente, en esos teatros de ambiente, como en Chejov, donde lo que percibes es una especie de atmósfera que respiras pero que no sabes exactamente qué es. Luego ya de mayor sí, me di cuenta de que eso era la posguerra. La posguerra.

¿Dónde se sacó el carnet de conducir?

Yo me lo saqué en Madrid.

¿Y dónde hizo la mili?

La mili la hice en Colmenar Viejo. Hice IMEC, las milicias universitarias. Estuve de recluta en Colmenar Viejo, luego estuve en la Academia de Infantería de Toledo y después hice las prácticas de alférez en Alcalá de Henares. O sea, que... buen triángulo. (Risas).

Hace muchos años me dijo que en cierta ocasión su padre le había regalado un abejaruco. ¿Qué fue de aquel pájaro?

La huella de aquel pájaro ha quedado marcada en mi alma para siempre. Porque sentir el latir de la vida entre las manos [y junta sus manos como si lo abrazara] ha sido una de las experiencias más importantes para mí. Y yo cuando leo un libro quiero que sea como el abejaruco; que las palabras tengan un latido, sentir la vida, el teatro, la música, los amigos... Mi gran criterio estético es ser abejaruco. Digo por ejemplo: «este libro es como el abejaruco». (Risas).

¿La timidez es un buen recurso, un buen refugio para alimentar la vocación literaria?

No es un refugio. Porque refugio parece que lleva impostura, teatro... Yo creo que la timidez es casi natural en el hombre. Toda persona un poco sensible pues naturalmente es tímida. Yo creo que a veces es un escudo de la soledad. Uno es solitario. Entonces, la timidez es un poco el escudo que uno utiliza para proteger su soledad.

Decía Kipling que el éxito y el fracaso son dos impostores. ¿Está de acuerdo?

Sobre todo el éxito. El éxito tiene mucho de impostura y tiene mucho de adicción. Es una de las peores drogas que hay actualmente. El éxito es una enorme droga que además se está fomentando desde la televisión, donde se vende el éxito en comprimidos, en cápsulas de alta intensidad. Donde se venden 15 minutos de gloria, 30 minutos o lo que sea. El éxito es una de las fantasmagorías, de las tonterías más grandes que ha creado el hombre.

De las supersticiones de la modernidad...

Sí, porque la felicidad no depende del éxito, pero muchos hacen depender la felicidad a veces del consumo, del dinero... o del éxito. Pero una vez que se llega al éxito te das cuenta de que el éxito no es nada, es una mercancía deleznable, una de las máscaras de la felicidad. El verdadero éxito es la tarea diaria. Ahí está el éxito, en hacer las cosas que te gustan. Yo tampoco lo voy a negar, el éxito es una recompensa y todo eso, pero creo que cualquier persona inteligente debería despreciar el éxito. No despreciarlo en el sentido dogmático del término, sino en el de sentir un cierto desdén, rehuirlo y relativizarlo. Es una experiencia menor. Muy menor.

Ha escrito que no pasa día en que no piense en su padre, que murió cuando usted tenía 16 años.

Es así, efectivamente. Mi padre es muy importante para mí porque, evidentemente, fue él el que forjó mi destino. Mi padre no tenía por qué emigrar, era medianamente acomodado, él vivía bien, pero pensó que el futuro de los hijos... tenía sublimada la ciudad... y entonces decide emigrar. Pero lo normal es que no hubiéramos emigrado. Gente de nuestra posición social, medianamente acomodados, no hubiéramos emigrado y yo a estas horas sería campesino, sabría leer, escribir y poco más, como tanta gente ¿no? Entonces, mi padre fue el que realmente decidió que yo, que tengo tres hermanas, pero soy el varón, el depositario...

El único varón de la casa.

El único varón de la casa.

¿Pero no es el hijo mayor?

No, no, tengo dos hermanas mayores. Mi padre es muy importante para mí porque depositó en mí todas sus esperanzas, sus frustraciones, todo ese tipo de cosas...

El afán...

El afán, efectivamente.

Voy a citarle: «La cultura y la infancia son para mí esa vivienda leve, hecha con despojos de un continuo naufragio donde no siempre se salva lo que más valor tiene». ¿Sigue creyendo que es así?

La memoria es muy arbitraria. La memoria a veces olvida cosas muy importantes. Pero a veces salva del naufragio pequeñas cosas que en principio no parecían llamadas a tener importancia, pero que sí la tienen. Yo creo que a todos nos ocurre. Si miramos a la memoria lo que nos ocurrió hace 20 o 30 años vemos que a veces hay cachivaches que decimos, «pero, bueno, ¿por qué la memoria ha preservado del olvido esto?» No se sabe muy bien por qué. Algo tendrá. Quizás una carga sentimental, o simbólica... Pero la verdad es que la memoria es poética; es poética en el sentido de que hace una selección que no se ajusta a las normas objetivas y razonables, sino que busca oscuros caminos. Tiene sus reglas secretas, realmente secretas y misteriosas.

Un dilema. ¿Borges o Kafka?

Kafka.

Otro. ¿Faulkner o Conrad?

[Larga pausa]. Con-Faulkner o Faulk-Conrad. (Risas). Es que están muy emparentados los dos. Es que no lo sé. Me resulta muy difícil. Son dos autores muy queridos para mí. Ahí no soy capaz de resolver ese dilema.

¿A Monterroso o a García Márquez pueden entenderles mejor aquellos lectores familiarizados con la vida de los pueblos?

Yo diría que más a García Márquez que a Monterroso. Monterroso yo creo que es un autor más sofisticado, más metaliterario. Pero García Márquez era de pueblo, de un pueblito, y se nota que es de pueblo, porque además todo lo que escribe transcurre en pueblos, y se maneja mucho mejor en pueblos que en grandes ciudades. Él mismo lo dice que la infancia le marcó muchísimo y le gusta moverse en esos ambientes.

Y esos ambientes no tienen quizás ese carácter anecdótico que le atribuye el lector de la ciudad.

No, tampoco creo que los de la ciudad. Yo creo que igual que los de un pueblo se pueden imaginar y pueden leer una novela de Galdós urbana o de Dickens, de Londres; lo mismo los de la ciudad pueden leer una novela rural, sin ningún tipo de problemas. Yo creo que la imaginación salva todo tipo de conflictos. Los de la Generación del 98 eran todos de ciudades y sin embargo hablaban mucho de los pueblos. Mira Azorín y tantos otros.

Ya se ha prejubilado. ¿Siente que ahora no tiene excusas para escribir más?

No, no. En absoluto, al contrario. Yo me he jubilado como el burro que pierde carga y va más ligero de equipaje. (Risas). No. Porque yo siempre he sido un escritor que en mis horas libres he dado clases, no al revés. Siempre escribo lo que yo quiero escribir, y lo he escrito siendo profesor y lo voy a seguir haciendo. Lo que pasa es que ahora me estoy dando cuenta que tengo una mayor capacidad para concentrarme y para no perder el hilo a la historia, o sea, que tengo menos distracciones.

La continuidad que necesitan las novelas ¿no?

Sí, es verdad. El trabajo es fundamental. No solamente en las novelas, en todo. Yo se lo digo muchas veces a los alumnos: tenemos un montón de cualidades; ahora, si no curramos, no van a salir porque sí. Como el huerto. Tienes que cavar y tienes que estar, si no lo que salen son hierbajos.

¿Viene mucho por Alburquerque?

En Semana Santa, siempre. Es un rito de toda la vida. Viene mi mujer, mis hijos cuando pueden, mis hermanas...

Sus hijos son ya mayores.

Sí. Uno es profesor de Filosofía en un instituto y el otro está en Damasco, en la Embajada y lleva allí ya tres años. Es el responsable de la Agencia Española de Cooperación Internacional y Desarrollo. Simpre le ha gustado mucho esto de la cooperación, el mundo árabe; habla muy bien árabe... Y siempre que pueden vienen. Les encanta el pueblo. Ellos además que son urbanitas puros, dicen: «¡Qué suerte tener un padre de pueblo!»

Hace años me dijo: «como se lee en la adolescencia no se vuelve a leer ya nunca más». ¿Vamos hacia atrás en ese sentido con nuestros jóvenes?

Son dos cosas distintas. Una es que, efectivamente, en la adolescencia uno tiene una pasión que luego ya no tiene. Uno gana en sabiduría, pero pierde en... abejaruco. (Risas). En pasión, en intensidad, en esa entrega incondicional cuando uno tiene el estómago a prueba de bombas para leer lo que le echen encima. Pero sí es verdad que la enseñanza en España es un problema. Estoy convencido, tengo la sospecha de que cuando se hable del Partido Socialista dentro de mucho tiempo, uno de los reproches que se le harán muy fuertes y quizás principal es el fracaso en su gestión educativa. Creo que el fracaso de la educación en España porque ya es hora de hablar de fracaso es duro de asumir, pero es así, estando ahí el Partido Socialista. Bien es verdad que esto se ha globalizado: ha ocurrido en Estados Unidos, en Francia, en Alemania, en todos lados, pero yo no me resigno a que haya ocurrido aquí también.

¿En qué trabaja ahora?

Estoy acabando una novela, me queda un capitulito. Me he traído deberes, pero, vamos, no los estoy atendiendo. (Risas). Este verano la corregiré. Está escrita en primera persona. Es la historia de alguien que se supone en el último día de su vida (está en un hospital), y al día siguiente le van a hacer una operación donde muy probablemente muera y entonces en su última noche alguien, que quizás sea un enfermero o una enfermera, le cuenta un poco su vida, y se la cuenta tal como es la memoria: con esos caprichos de la memoria. Es una novela muy desestructurada, con esas lagunas, con ese amontonamiento de sucesos que al final de la vida cuando uno mira atrás, ¿qué fue de mi vida?, no encuentra un hilo argumental. Como un paisaje en ruinas. Ese podía ser un buen título para la novela. No se va a llamar así, pero sería posible. Y va tomando cosas de aquí y de allá, del amor, de la muerte, de la amistad, del repertorio de temas que compone nuestra vida.