La lactancia saca pecho

Varias asociaciones extremeñas de madres y matronas defienden las bondades de la leche materna frente al biberón y trabajan para que la práctica no se abandone a los pocos meses

A. GILGADO.

Libertad tenía prisa por llegar. No esperó al hospital. Nació en casa de sus tíos de Cáceres. Esperanza, su madre, quería un parto natural y ella le ayudó. Tan natural fue el parto como su primer gesto. Lo primero que hizo cuando asomó fue buscar la teta de su madre. Hoy ya ha cumplido un año y sigue gateando hacia el pecho de Esperanza como el primer día. Mientras algunos bebés de su edad se desviven por el biberón, Libertad reclama sus cinco o seis raciones diarias. «Somos mamíferos, es lógico que le guste», defiende su madre. «Además, lo mejor que se le puede dar a un bebé es la leche de su madre», sentencia. La razón es más que contundente para que Esperanza no piense quitarle el pecho a su hija. «La Organización Mundial de la Salud recomienda que se le dé el pecho como mínimo dos años», recuerda Esperanza, que se ha convertido en toda una activista contra el biberón. Su sensibilidad con el tema le llevó a dar un paso adelante y ponerse al frente de La Nacencia, una asociación de apoyo a la lactancia materna que nació en Miajadas con el asesoramiento de Concepción Real, la matrona del centro de salud de Miajadas. Pero La Nacencia no es el único grupo de Extremadura. Amamar en Plasencia y La Cigüeña en Zafra son otros ejemplos. Una de las pioneras fue Mónica Sánchez, que puso en marcha en 2001 en Zafra La Cigüeña. Mónica acaba de dar a luz a su tercera hija. Su preocupación por el tema le ha convertido en toda una experta a base de cursos de formación y de empollarse estudios de la Organización Mundial de la Salud o la Sociedad Española de Pediatría. Ahora, en la web de su asociación- (http: //lactancia.wikispaces.com)- resuelve dudas que le llegan hasta de México. Amamantó a su hijo mayor hasta los cinco años. Ahora seguirá dando el pecho al mediano y a la pequeña Mónica, con apenas una semana de vida. Lamenta que en la sanidad haya pocos especialistas en lactancia y teme que en muchos casos, la proliferación de leches artificiales se deba más a asuntos comerciales que a criterios de salud. Recuerda, una y otra vez, que la lactancia ayuda a prevenir enfermedades como el cáncer de pecho y el de ovarios en las mujeres, que favorece la regeneración del calcio en los huesos y que, por supuesto, los niños lactantes contraen menos enfermedades que los «criados con biberón». Antes de nacer su primer hijo le confesó al pediatra el miedo a que no pudiera darle de mamar. El médico le contestó que en realidad era cuestión de suerte. «Eso es una barbaridad porque está comprobado que todas las madres pueden dar de mamar a sus hijos, otra cosa es que le ayuden a hacerlo». Como ejemplo explica que en los campos de concentración nazis, las mujeres, a pesar de llevar una pobre alimentación, eran capaz de amamantar y en las zonas más pobres de África también lo hacen, «así que no es cuestión de suerte». Como muchas madres lactantes ha tenido que soportar todo tipo de comentarios por mantener el pecho a sus hijos cuando ya perdieron la apariencia de bebés. «Es producto de la falta de información que hay en el tema», denuncia. Precisamente la desinformación parece uno de los asuntos pendientes en este tema, según Mónica. «Poca gente sabe que la OMS prohibió regalar leche en polvo a las madres que pueden amamantar». Desde su experiencia en La Cigüeña ha visto como en los últimos años ha aumentado el interés de la madres por mantener el pecho a sus bebés. «Al principio estábamos muy solas» Amamar, en Plasencia La experiencia de Mónica es similar a la de Raquel Fatela, fundadora en Plasencia de 'Amamar'. Como embarazada también sufrió la falta de información y de ayuda que tienen las madres lactantes. Un día leyó en una revista que existían grupos de apoyo y se puso en contacto con uno de Sevilla. Allí le dijeron que se animara y convocara reuniones con más mujeres. Y así lo hizo. Poco a poco, la asociación empezó a sumar madres y hoy cuenta con más de medio centenar de inscritas. Raquel tiene dos hijas. A la mayor de ellas, con 14 meses, todavía le da el pecho. «Se lo daré hasta que ella quiera». Raquel denuncia que en el fondo, el desapego por la lactancia tiene que ver con el nuevo concepto social de la maternidad. «Hoy en día ven a una madre con su hijo en un lugar público y le preguntan si no tiene a nadie con quién dejarlo, cuando a lo mejor es una elección no dejarlo con nadie». Ella defiende una maternidad más natural, donde no se entienda que un bebé supone una carga para la madre. Una idea -en su opinión- muy extendida en la sociedad actual. El entorno Este contexto social es lo que realmente lleva a muchas mujeres a desistir en el intento de mantener el pecho a sus hijos. Raquel explica que un elemento común de todas las mujeres que acuden a las reuniones de Amamar es que cuando pasan unos meses ya notan «cierta presión del entorno» para que empiece a dar el biberón. «Si no paran de decirle que el niño ya es mayor para el pecho es lógico que al final acabe preocupada porque piensa que no está actuando bien». El alivio llega al conocer en la asociación a otras madres que tienen sus mismas inquietudes. Por eso cree fundamental el apoyo que se realiza desde las diferentes asociaciones que trabajan en Extremadura. Aunque lamenta que las asociaciones de apoyo a la lactancia se hayan convertido en reuniones donde nadan contra corriente por culpa de la cultura del biberón, que ha desterrado algo «tan natural como dar el pecho a un hijo». Los profesionales Otra de las críticas de las madres lactantes es que en los hospitales tampoco terminan de ponerlo fácil. «Durante todo el embarazo la matrona te conciencia sobre lo bueno que es dar el pecho pero llegas a la maternidad y si a lo mejor no tienes leche, en vez de ayudarte, te dicen directamente que le des el biberón». Por eso reclaman un mayor esfuerzo en los profesionales de las maternidades. A pesar del déficit, en los últimos años ha notado más sensibilidad en este tema. Cuando nació su primera hija ni tan siquiera le preguntaron en el hospital si quería darle el pecho y directamente le dieron un biberón. «Yo los coleccionaba». Tres años después, con su segunda hija sí que le preguntaron. A estas dificultades se une la vuelta al trabajo una vez que se han terminado las 16 semanas de baja maternal. Aunque por ley las madres tienen hasta los nueve meses una hora libre para dar el pecho, la incorporación laboral acaba con la lactancia en muchos casos. «Evidentemente, no te lo ponen fácil, pero si se quiere, se puede». Como ejemplo explican que en Amamar hay varias madres, entre ellas la propia Raquel, que trabajan todo el día y no han dejado de amamantar a los niños. Parte del éxito de las asociaciones de madres lactantes radica también en que se convierten en un punto de encuentro entre madres experimentadas y recientes. Diez años en La Nacencia De las dudas que tienen las primerizas puede hablar mucho Sagrario. Lleva ya diez años asistiendo a las reuniones en Miajadas de La Nacencia, de hecho fue una de las fundadoras. Sagrario es madre de tres niñas. A las dos primeras no pudo darles el pecho el tiempo que le hubiera gustado, pero a la más pequeña, que hoy tiene 13 años, le dio de mamar hasta los dos años. Su afán por darle lo mejor a sus hijas la convirtió en una firme defensora de la lactancia. «Yo entiendo que si una madre no puede dar el pecho tenga que recurrir a las leches artificiales, pero no comparto que eso sea la tendencia general». Entre las madres primerizas que acuden a las reuniones de Miajadas están Andrea y Manoli. Andrea tuvo a Aitor hace siete meses y Ana a Andrea hace dos. Entienden que las leches artificiales hacen más fácil la vida a las madres pero apuestan, con vehemencia, por la alimentación materna. «Cuando uno quiere lo mejor no debe haber dudas». Ana define la lactancia como algo que va más allá de la alimentación. Cree que se trata de un lazo afectivo muy intenso entre madre e hija. «Muchas veces no pide el pecho porque tiene hambre sino porque está nerviosa o tiene miedo, al poco rato ya está dormida». Lo mismo le pasa a Aitor, según ha podido comprobar su madre, sobre todo, cuando se despierta por las noches. Quien no parece nada asustada es Libertad. El desparpajo que rezuma a sus pocos meses de vida salta a la vista. «¿Cuesta creer que sólo tenga un año?», le pregunta una de las madres. «Claro tiene la mejor alimentación», responde Esperanza.