Una refinería en la dehesa

EUGENIO FUENTES
Una refinería en la dehesa

AQUÍ, en tierra adentro, queda lejano el mar, el mar que atrae el turismo y posibilita la pesca y el comercio, que ensancha la pupila y los bolsillos. Tampoco tenemos muchas grandes industrias que generen centenares de puestos de trabajo. En los dos últimos siglos, los del desarrollo industrial, aquí no se fundaron factorías que, al exigir espacio, derribaran las murallas de las ciudades, pero a cambio de estas y otras carencias hay en Extremadura al menos dos bienes muy sólidos: el patrimonio histórico-artístico y la naturaleza. El patrimonio artístico heredado no es sólo una fuente de placer y de cultura, también genera riqueza y empleo. Por otro lado, hemos conservado razonablemente bien nuestro entorno natural, de modo que no vivimos apretados, no llegan malos humos a nuestros pulmones, son altas las noches en el cielo atestado de estrellas y disfrutamos de la naturaleza a quince minutos de casa. En poco tiempo podemos acceder a una gran diversidad de paisajes, desde las sierras de Gredos a las llanuras de Llerena, desde las dehesas de Alburquerque a los galayos de Guadalupe. Además, este entorno limpio genera unos productos agroganaderos de gran calidad. Ésta es nuestra situación actual y nunca habíamos imaginado que alguien de aquí decidiera de pronto instalar una refinería. Contra quienes denuncian oscuros intereses en su creación, yo creo que no son banales los argumentos de quienes la defienden. La mayoría de los partidos políticos y de los sindicatos -PSOE, PP, UGT, CCOO- se han manifestado a favor, a excepción de IU. Y a priori no parece justo despreciar la voluntad empresarial de sus promotores, gente emprendedora que no se conforma con quedarse quieta, que piensa que no bastan nuestro patrimonio artístico y una naturaleza interesante para atraer un turismo masivo que dé riqueza a una comunidad. Extremadura ha experimentado un enorme desarrollo en las dos últimas décadas, sí, pero ya no puede seguir progresando sólo con la solvencia de su producción agroganadera, con la creación de infraestructuras, con los senderistas que recorren la Ruta de la Plata, con una casa rural aquí y otra allá y con un turismo de breves estancias. La modernidad y la crisis exigen algo más. Ahora bien, la valentía empresarial de este proyecto, que nos hubiera hecho soñar cincuenta años antes, llega con cincuenta años de retraso. Resulta anacrónico levantar en el año 2012 una refinería, hay una falta de identidad entre época e industria. No hay duda de que generaría puestos de trabajo -aunque no sepamos bien cuántos ni durante cuánto tiempo-, de lo que se duda es de su pertinencia. Cuando todos los fabricantes de automóviles apuntan hacia modelos mixtos y hacia alternativas a la gasolina, parece que el futuro no está en el petróleo ni en el carbón quemado en las aún más dañinas centrales térmicas que tantas toneladas de veneno inyectan en el cielo. Los países más avanzados apuestan por las energías renovables y es en ese terreno donde se abren las mayores oportunidades. De todas estas razones se nutre la fortaleza del movimiento social contra la refinería. En una región donde haya muchas industrias, es lógico que alguna contamine. No lo es que, en una región donde escasean, la única que se pretende construir sea contaminante. Ya corremos suficiente riesgo con Almaraz. De ahí el rechazo a cualquier actividad que ensucie la piel de la dehesa o que sude ácidos sobre el agua de las capas freáticas. Y también a las centrales térmicas, que, al hilo de las necesidades energéticas, intentan colarse de la mano de las huertas solares. Porque no es lo mismo, claro que no es lo mismo. En Extremadura no hay carbón ni petróleo. Hay viento, hay agua abundante y hay muchas horas de sol. En el mapa solar de la Agencia Estatal de Meteorología, la mayor parte del territorio extremeño está clasificado en el nivel V, el máximo nivel de irradiación, con más de 3.000 horas de sol al año y un índice medio superior a 5 kwh por metro cuadrado. Con todas sus limitaciones, la energía solar y eólica no parece una fuente de riqueza desdeñable. Porque no se trata de ir instalando paneles y molinillos en tierras fértiles, de regadíos, cultivos o buenos pastos, ni de talar bosques o dehesas. Se trata de darles rendimiento productivo, a partir de una fuente inagotable, a esas tierras áridas, pedregosas, someras, de un pelo, socarradas en verano y en los inviernos heladas, que ni admiten la guadaña ni la vertedera y de las que no se sabe bien para qué sirven, ni qué ganado alimentan, ni qué ganancias reportan, ni qué futuro aguardan. Tierras pobres, en fin, que resulta imposible convertir en jardines y a las que el abandono empobrece aún más. Mejor instalar en ellas paneles solares que no hacer nada con ellas. En la última cumbre hispano-lusa se acordó la creación y ubicación en Badajoz del Centro Ibérico de Energías Renovables. Todo indica que ése es el camino hacia un futuro armónico y sostenible que base el desarrollo en la investigación sobre nuestras materias primas, no sobre unas materias de las que carecemos y que siempre generarán dependencia externa.