Kosovo, el vértigo del año dos

Tras la resaca de la independencia, el nuevo país afronta un futuro difícil agravado por la recesión y un estatus jurídico incompleto

ÍÑIGO DOMÍNGUEZ

Pasada la fiesta del 17 de febrero, primer aniversario de la declaración de independencia de Kosovo, cientos de albano-kosovares regresaban a casa. No a su tierra, sino a Suiza, Alemania u otros países, donde viven unos 400.000, una quinta parte de la población. No pudieron, el pequeño aeropuerto de Pristina estaba cerrado por la nieve. Se abrió el día 19. En un vuelo a Zurich familias enteras volvían a la realidad. Los jóvenes mostraban en el móvil imágenes de la fiesta en Pristina. Los niños llevaban bufandas azules y amarillas de Kosovo. En el silencio del avión eran recuerdos para otro año duro, enviando dinero a casa. No se come de independencia y banderas. Por otro lado, tenían tres tipos de pasaportes: de Kosovo -reconocidos sólo por 54 países-, los anteriores de la administración de la ONU (UNMIK) y los de Yugoslavia. El país que dejan atrás no es algo sólido, es un ente en formación. Kosovo entrará en el olvido de los pobres y, salvo nuevos choques étnicos, quizá empiece a ser noticia por sus conflictos sociales. El Gobierno de Hashim Thaci intenta seguir viviendo de la retórica de la independencia, pero la oposición ya está en la fase siguiente, denunciando que nada funciona, y los ciudadanos afrontan un día a día durísimo. Esos albañiles, mecánicos, camareros, taxistas kosovares desperdigados por Europa y Estados Unidos sostienen media economía de Kosovo, un país con un 45% de paro. Con sueldos de 250 euros, es vital tener un pariente en el extranjero. La otra mitad de la economía se alimenta de las organizaciones internacionales. En la nueva misión civil europea EULEX, que toma el relevo de la ONU, hay 1.650 puestos para personal local. Por otro lado, los 1.900 policías y magistrados europeos alquilan pisos, ocupan hoteles, compran en tiendas, comen en restaurantes. La mayor misión civil de la historia de la UE es la última pieza de una gigantesca presencia burocrática internacional. Una década de ONU, 11.000 empleados y 15.000 soldados de la OTAN (KFOR). Y también el compromiso internacional puede verse afectado por la crisis. La última inyección es de 1.200 millones hasta 2012. Es ya un lugar común decir que la fortuna invertida estos años en Kosovo no se ve por ningún lado y hay un buen modo de comprobar que el optimismo del Gobierno de Pristina es pura fachada. Drenica es la zona más pobre del país más pobre de Europa. Si algo debe mejorar es ahí. Además, es la tierra del primer ministro, Hashim Thaci. Si algún sitio conoce y debe cuidar es ése. Por último, es la cuna del UÇK, la guerrilla kosovar, el mito bélico en el que se funda el nuevo país. Si algún lugar merece un esfuerzo sería éste. Pues bien, no ha cambiado nada. «Yo me fui en 2004 a Italia, sin papeles, trabajé de albañil, volví en 2006 y todo seguía igual. Hoy, 2009, todo sigue igual», lamenta Gjergj, un joven de Polac. Trabaja de vigilante, 150 euros al mes. Kosovo es el país con más jóvenes de Europa, cada año entran 30.000 al mercado laboral. Es un potencial enorme, porque se mueren de ganas de trabajar y hacer fortuna, pero sólo encuentran frustración. Depresión La doctora Shukrije Statovci es jefa del departamento de Psiquiatría del hospital universitario de Pristina y trabaja en él desde el fin de la guerra. Señala que en esta década los casos de depresión y desórdenes psicosomáticos aumentan progresivamente. «En la guerra te preocupas de sobrevivir y estás contento de estar vivo, pero luego te enfrentas con una realidad dura, el desempleo, la falta de esperanza», razona. Ella misma cobra 399 euros y echa ahí 12 horas todos los días, con escasa inversión del Gobierno. Está especialmente preocupada por los adolescentes. Luego, saca la tabla de suicidios. De 2000 a 2006 crecieron de 41 a 63. El 44% eran jóvenes menores de 30 años. Pero la doctora Statovci no se rinde. El corazón de Drenica es Skenderaj y allí al lado, en Prekaz, se encuentra la casa de Adem Jashari, héroe y mártir para los kosovares, criminal para los serbios. Es un lugar siniestro, porque se conserva su casa tal como quedó tras el ataque serbio que en 1998 acabó con él y su familia, 58 personas. Al lado hay una explanada conmemorativa. 'Bac, u kry!', es el lema de los carteles con su efigie. 'Bac' es un apelativo respetuoso de los mayores, algo así como 'tío', y el resto significa 'está hecho'. Se refiere a la independencia, pero en realidad ahora empieza todo. No hay nada hecho. «Todas las fábricas de Drenica han cerrado, empezaron hace cuatro años y el año pasado fue el golpe final», explica Ymer Rushiti, ex director de una cooperativa agrícola de 3.200 hectáreas que dejó en la calle a 400 empleados. Firmas de municiones, de juguetes, de construcción, fueron privatizadas, troceadas y vendidas. Se supone que deben arrancar de nuevo con los activos sanos. También Rushiti se agarra a la esperanza. Explica que ya no hay gente viviendo en tiendas o barracas, que el asfalto ha llegado a los villorrios más perdidos y que se han construido quince escuelas en la comarca. Carreteras y colegios son los logros que suele mencionar el Gobierno. Sobre el futuro, Thaci espera privatizar las dos vetustas plantas térmicas de Kosovo y abrir una tercera, con un contrato de 3.500 millones. También prevé vender la compañía de móviles. Lo cierto es que por ahora la economía de Kosovo es totalmente irreal. Según datos de la inteligencia de la OTAN, el 80% del PIB procede de actividades criminales. La élite mafiosa y política heredada de la guerra, a menudo una sola cosa, domina el territorio. Debajo de ellos, el 90% de las empresas son familiares, de menos de nueve trabajadores, y la gran actividad de punta, un 5%, es... el lavado de coches. Es decir, cuatro paredes y una manguera. En torno al automóvil gira buena parte del dinero que se mueve Kosovo. Los páramos sucios y desolados, salpicados de casas a medio hacer, rebosan de gasolineras y desguaces. Kosovo necesita desesperadamente inversión extranjera para despegar y normalizarse, pero su independencia aún arrastra una gran inseguridad jurídica y topa, de nuevo hay que decirlo, con la crisis económica mundial. El año pasado entraron 355 millones, según datos del banco central, un bajón de 80 millones. Habrá que ver en 2009, que se anuncia peor, y ahora irrumpe por sorpresa la crisis en los países del Este. Los kosovares están solos, dependen de sí mismos. Dini, un joven de Pristina, saca adelante una familia con dos hijas con la compra y venta de coches, que arregla con piezas de recambio. Es una excepción: la media de miembros de una familia es de 6,4. Para comprobar sus dificultades basta acompañarle a la compra. El Inter Ex es uno de los dos grandes centros comerciales de la ciudad, con mejores precios, y Dini llena el carrito para una semana. Paga 110 euros. Recuérdese que el sueldo medio es de 250. Pero los precios de Kosovo, cuya moneda es el euro, son europeos. Un paquete de 78 pañales cuesta 16 euros. Seis coca-colas de dos litros, siete euros. Un kilo de macarrones, 1,27. La gasolina, 82 céntimos y el gasóleo, 89. A cualquiera se le ocurre emigrar. Kosovo no produce nada. En el gran mercado de verduras de Pristina sólo las patatas y las cebollas son locales. El resto, de fuera: la balanza kosovar es de 202 millones de euros de importaciones frente a 10 millones de exportaciones. Frutas y verduras llegan de Turquía, Albania o Macedonia. En los supermercados sólo son kosovares el agua, la leche, los zumos y cosas como un puré de patatas. La mayoría de los productos sigue llegando de Serbia. Serbia y Kosovo estarían obligados a entenderse, pero hoy parece una utopía. Belgrado ha jugado bien sus cartas. Ha obtenido de la Asamblea General de la ONU una denuncia ante la Corte Internacional de Justicia, que tardará unos dos años en resolverse, y ha logrado del Consejo de Seguridad un nuevo diseño de la situación con un plan de seis puntos que, en la práctica, mantiene una doble administración en las zonas serbias. Su estrategia es impedir el ingreso de Kosovo en cualquier foro internacional: FMI, Banco Mundial, OSCE, el Comité Olímpico, la FIFA o la UEFA. Kosovo esperaba un reconocimiento de un centenar de países, lo que podría abrirle la presencia en la ONU, pero se ha estancado en 54. Seguirá siendo un país raro, al margen de la ley, sin equipo de fútbol, durante unos cuantos años.

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