La ruta de los pueblos renegados

El Gordo, Berrocalejo, Valverdeja... Pueblos fronterizos entre Cáceres y Toledo. En la Edad Media también eran frontera y formaban parte de la Villa de Naciados o villa de los renegados: súbditos cristianos muy unidos a los moros con quienes negociaban y traficaban. Hoy siguen siendo pueblos muy particulares en tierra de nadie

J.R. ALONSO DE LA TORRE
Ayuntamiento del pueblo toledano de Valverdeja, hecho en granito con los soportales apoyados en columnas toscanas. / ESPERANZA RUBIO/
Ayuntamiento del pueblo toledano de Valverdeja, hecho en granito con los soportales apoyados en columnas toscanas. / ESPERANZA RUBIO

Para ir a los pueblos extremeños de El Gordo o Berrocalejo hay que tener las cosas muy claras. Por esos pueblos no se pasa. A esos pueblos se va ex profeso. Lo más socorrido para bautizar esta esquinita de Extremadura, aislada de la provincia de Cáceres por el pantano de Valdecañas, pero unida a Toledo por varias carreteras, es llamarla el Treviño extremeño: si a este enclave burgalés se accede pasando por Álava, a este enclave cacereño se llega pasando antes por Castilla la Mancha. El caso es que ya estamos en El Gordo y coincidimos con la hora de misa mayor. Hace un frío que pela, pero las familias se aventuran a salir a la calle bien abrigadas. A la entrada del pueblo se ven varios bares confortables y un camión lleno de corderos que cambian la música de fondo: los balidos en lugar del crotorar de cientos de cigüeñas que suelen ocupar en otras épocas los tejados del pueblo: hasta 30 nidos en la iglesia y 20 en el palacio contiguo contamos en nuestra última visita. En el Treviño extremeño, la densidad demográfica es de récord: ni cinco habitantes por kilómetro cuadrado. Sin embargo, El Gordo no se queda estancado: desde el año 2004 su población ha crecido de 296 a 317 gordeños. El pueblo tiene este nombre, tan socorrido cuando llega la lotería, bien porque muchos de sus vecinos se apellidaban Gordo (hoy quedan cuatro referencias en la guía telefónica: dos de primero y dos de segundo), bien porque había en el pueblo una posada cuyo dueño era particularmente obeso. La historia documental de El Gordo junto con la de la Puebla de Naciados o Puebla de Santiago del Campo Arañuelo fue arrojada al fuego por un alcalde de no hace mucho. «¿Para qué tantos papeles viejos?», pensó el buen ignorante y se perdieron también las actas en las que la emperatriz Eugenia de Montijo donaba tierras a los vecinos. La esposa de Napoleón III y última emperatriz de Francia se alojaba en el palacio que los duques de Peñaranda tenían cerca de El Gordo y allí la visitaba Alfonso XII. El Gordo perteneció desde la Edad Media a la villa de Puebla de Naciados o de los Enaciados, que fue la capital del Campo Arañuelo y englobaba, además de El Gordo, las aldeas de Berrocalejo y Talavera la Vieja (desaparecida bajo las aguas del pantano) y Valverdeja, hoy pueblo toledano. Por aquí pasaba el Puente del Conde, que formaba parte de la calzada romana entre Mérida y Zaragoza. Esta zona tuvo su apogeo entre los años 1085 (reconquista de Toledo) y 1212 (batalla de las Navas de Tolosa), cuando fue frontera entre el reino aftasí de Al Mutawakkil en Badajoz y el reino cristiano de Alfonso VI. Es entonces cuando se funda la Puebla de Naciados, cuyos habitantes eran llamados enaciados porque vivían traficando y negociando entre los reinos cristiano y musulmán. Los enaciados eran renegados o súbditos de los reyes cristianos españoles muy unidos a los sarracenos por vínculos de amistad o interés. Estos extremeños de El Gordo y Berrocalejo eran, durante los siglos XI y XII, gentes de cierta cultura y bilingües del romance y la algarabía, lo que impulsaba a los reyes cristianos a emplearlos como diplomáticos y traductores en sus embajadas a los reinos de taifas. Tras la batalla de las Navas de Tolosa, Puebla de Naciados y sus aldeas perdieron las ventajas de ser frontera y empezaron un navegar sin rumbo por la historia y la geografía que las llevó de depender de los castillos de Oropesa, Torrico y Alija a pertenecer a los Zúñiga placentinos. Después formarán parte de Ávila. Una epidemia dispersará por El Gordo, Berrocalejo, Valverdeja y Talavera la Vieja a los vecinos de la Puebla, que desaparecerá, heredando El Gordo su título de villa. Finalmente, en 1833, estos pueblos dejan de pertenecer a Ávila y se desmembran: Valverdeja, a Toledo y los otros tres, a Cáceres. ¿Toledo o Cáceres? Pero aún hoy, El Gordo, Berrocalejo y Valverdeja forman una curiosa tripleta rural semiaislada y particular, unidos por una carretera donde nunca sabes si estás en Toledo o en Cáceres. Pero seguimos viaje por ella y llegamos a Berrocalejo: 98 habitantes y una alternancia política PP-PSOE marcada por la personalidad de unos alcaldes cuyos nombres ya marcan la diferencia: el socialista Aúreo, que tenía un bar, y su sucesor, el popular Evelio, ganadero. Desde la carretera, esta comarca permite hacer fotos para engañar a los cuñados: retratas el pantano con Gredos nevado al fondo y puedes presumir de haber pasado las navidades en un lago suizo. A la entrada de Berrocalejo hay un interesante lavadero con pilas antiquísimas que merece una parada. En el pueblo hay una iglesia del siglo XVI, una ermita popular barroca con mucho sabor rústico y enfrente, un bar, El Farolillo, con leyenda ingenua en el toldo: «Hoy es un día maravilloso, vamos a disfrutarlo». Allí mismo se puede hacer, sobre todo entre marzo y octubre, bajo su cielo vegetal de ampelopsis o enredaderas de virginia: verdes en primavera y verano, rojas en otoño, tomando una ración de magro con tomate envueltos por el terciopelo de mil rosas rojas. Pero ahora hace un frío que congela las rosas, las enredaderas y el lirismo enfermizo. No queda más remedio que seguir ruta y entrar en Toledo sin salir de los antiguos confines de la Puebla de los Renegados. Llegamos, pues a Valverdeja, y cambian los tonos y los materiales: ya no hay cal, sino ladrillo visto toledano, el ocre sustituye al blanco y el pueblo parece estar presidido más por el grupo escolar, imponente, antiguo, sólido y restaurado, que por la iglesia de San Blas, del siglo XVI. Resulta paradójico que mientras El Gordo crecía un poquito, Valverdeja haya quedado diezmada: 4.769 habitantes en 1950 y 740 en 2006. Lo que más nos gusta del pueblo es su Plaza Mayor, con sus casonas, su ayuntamiento de granito con soportales apoyados en columnas toscanas y una acogedora cervecería de piedra llamada La Villa. A un tiro de piedra de Valdeverdeja queda Puente del Arzobispo, un pueblo clave en la historia de la cerámica española. Así que salimos del territorio enaciado y llegamos a esta villa franca cuya cerámica ya aparece en documentos del siglo XII, aunque los restos más antiguos de loza local son del XVI. La carretera discurre entre dehesas con suntuosos cortijos y pabellones de caza. Madrid está a un paso y la aristocracia se solaza por aquí. Según unas teorías, la cerámica del Puente es anterior a la de Talavera y según otras, lo contrario. Se caracteriza por sus tonos en verde, amarillo, naranja y, sobre todo, el azul que se conseguía con el cobalto que traían los arrieros desde las minas oscenses del valle de Gistaín. Es cerámica muy popular, muy rural, con dos temas repetidos: el conejo y el pajarito. Pero tampoco aquí las cosas son lo que eran. Lo explica Damián en el bar Herrero mientras nos pone un café: «Hace 10 años, teníamos 80 fábricas de cerámica. Hoy habrá 15. Esto ha quedado para decoración y poco más. No digo yo que vaya a desaparecer, pero casi».

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