Lágrimas en el adiós a los fusilados de Valdihuelo

Las cenizas fueron recogidas por los responsables municipales de Alburquerque, San Vicente de Alcántara y Villar del Rey

CELIA HERRERA
Carmen Tejada, en primer término, no pudo contener la emoción cunado mostraron los restos./  JOSÉ VICENTE ARNELAS/
Carmen Tejada, en primer término, no pudo contener la emoción cunado mostraron los restos./ JOSÉ VICENTE ARNELAS

La bruma le acompañó entre las encinas. El coche fúnebre iba solitario por la carretera de Valverde camino del Cementerio Nuevo de Badajoz. Sólo dos vehículos más formaban parte del séquito. En el interior, un ataúd con los restos de los que murieron fusilados hace más de 70 años en la mina de Valdihuelo, situada en un inaccesible paraje de San Vicente de Alcántara. Antes, habían sido depositados con todo primor y cuidado en el interior de la caja por el paleopatólogo que los estudió y clasificó, Diego Peral, y por el coordinador del Proyecto de la Recuperación de la Memoria Histórica en Extremadura, Cayetano Ibarra. Los cráneos, destrozados en su mayoría, en la cabecera, para darles reposo; los dientes, en pequeñas bolsitas, algunos de leche, contando una historia terrible; otros, de oro. Todos los huesos estaban calcinados y muy dañados. Otra historia más. Diez brazos fueron necesarios para sacar las cajas con los huesos de la Facultad de Medicina. No se quería llamar la atención, y el trayecto fue silencioso por los pasillos y las escaleras. La carga emocional pesaba más que los depósitos livianos de los escasos restos que quedaban de los fusilados que habían sido arrojados al interior de la mina. Los estudios historiográficos y paleopatológicos de los huesos no han sido capaces de determinar con exactitud a cuántas personas pertenecían, y según diferentes cálculos, oscilan entre la treintena y algo más que el centenar. En todo caso, el respeto en su manipulación fue ayer la máxima durante su traslado al Cementerio, donde fueron incinerados todos juntos para así contentar a los familiares, procedentes de tres pueblos distintos: San Vicente de Alcántara, Alburquerque y Villar del Rey. Sus restos fueron extraídos del interior de la mina en el verano de 2003 mezclados con 40.000 huesos de animales que habían sido arrojados encima después. La clasificación y separación de los restos necesitó más de dos años, y nunca fue posible practicar las pruebas de ADN para la identificación de las víctimas debido al deterioro de los huesos. La llegada Un numeroso grupo de personas esperaba ante la puerta del crematorio del Cementerio al coche fúnebre. El contenido del féretro se expuso unos momentos a los presentes, algunos de ellos descendientes directos de los fusilados en la mina. Carmen Tejada García, de 85 años, y natural de San Vicente de Alcántara, fue una de las que no pudo contener la emoción, y lloró las lágrimas que no le dejaron derramar cuando se llevaron de su casa a su madre, Teodora García Rosado, de 42 años, y con tres hijos. Ella tenía entonces 13, y ni a ella ni a sus dos hermanas las dejaron nunca llorar en público. Su delito, «dijeron que dijeron que dijo», explicó Carmen Tejada con pocas palabras. A las 11 de la mañana se la llevaron en el coche que llamaban 'del Campanillo', el vehículo que utilizaban en la zona para este tipo de secuestros y posterior traslado al lugar de ejecución. El campanillo lo llevaba colgado en la parte trasera, y cuando llegaba a un sitio, ya se sabía a qué iba. Los que se llevaron a su madre pintaron la señal de la Falange en la fachada y en la parte posterior de la casa, y con el dinero que llevaba Teodora Tejada en ese momento en la faldriquera, se fueron de vinos. Todo eso lo recordó ayer Carmen Tejada, mientras lloraba y callaba otras cosas peores con gesto contenido, porque lo había rememorado todos los días de su vida de los últimos 72 años. Adiós de Villar del Rey También estaba allí con gesto serio Antonio Bueno, hijo de Antonio Bueno García, fusilado en Villar del Rey el 12 de septiembre de 1936. Maestro jubilado, Antonio hijo lleva varios años investigando la historia de la represión en Villar del Rey, y fue uno de los que empezó a reivindicar que vecinos de este pueblo también se encontraban en el interior de la mina de Valdihuelo, porque al principio sólo se hablaba de los naturales de Alburquerque y de San Vicente. Su padre no fue uno de ellos, sino que su cuerpo fue arrojado junto a otras seis personas a una fosa apenas cavada a nivel superficial en el paraje del puente de los Cinco Ojos. Aún así quiso acudir ayer al acto de incineración de los restos y distribución de las cenizas entre los responsables municipales de los tres pueblos afectados por la tragedia ocurrida en la mina. «Ellos también son mis vecinos», explicó. Se enteró del acto de incineración y homenaje en el Cementerio de Badajoz a través del periódico HOY, y decidió acudir a su despedida. «Más vale tarde que nunca», aseguró en referencia a los 72 años transcurridos desde la matanza. Pendiente del ADN Ahora cuenta los días mientras espera los resultados de las pruebas de ADN que hicieron a los descendientes de los que se encontraban en la fosa, aunque no tiene muchas esperanzas, asegura, ya que el juego de probabilidades está en su contra. De los siete cuerpos que se sabe que fueron allí enterrados sólo encontraron los restos de dos, y muy mezclados. El resto desapareció por la acción de los animales y de las condiciones climáticas ya que la fosa apenas tenía profundidad. Las pruebas sólo se han realizado a cuatro descendientes, ya que no se han podido localizar a más familiares directos. Muchos han muerto, y otros formaron parte de la masa que emigró a los polos industriales del País Vasco y Cataluña en los años 50 y 60, y ya no se sabe dónde localizarlos, explicó hace unos días el alcalde de Villar del Rey, Eduardo Durán. La incineración «La recuperación de la dignidad» fue la frase más repetida durante el pequeño homenaje que se dedicó a los fusilados en la antesala del horno crematorio. Los alcaldes Eduardo Durán y Ángel Vadillo (Alburquerque), y el primer teniente alcalde de San Vicente de Alcántara, José María Mayor de Mato, insistieron durante sus intervenciones que el valor de este acto estribaba en la necesidad de devolver la dignidad a las personas que fueron maltratadas, asesinadas, arrojadas al interior de un pozo minero de 12 metros de profundidad, bombardeadas con granadas, quemadas, y condenadas al olvido, ya que muchos de sus nombres ni siquiera constan en los registros de fallecidos de la época. «Había que rescatar la memoria que estaba en el olvido», reivindicó Cayetano Ibarra, que pidió disculpas a los familiares por el largo tiempo transcurrido desde que se iniciaron los trabajos de exhumación en la mina hasta ayer debido a la dificultad de los trabajos. También anunció que se seguirá investigando hasta completar las listas de represaliados de los tres pueblos, ahora con errores y ausencias. «Es una historia que se encargaron de que llegara truncada», explicó. En la lista sí constan Nicolás Sanguino Bueno y Ramón Durán, vecinos de Alburquerque, y tío paterno y materno, respectivamente de Eugenia Sanguino Durán, que también asistió ayer a la incineración de sus restos. «Los familiares no los olvidamos nunca. Ahora, aunque quede la pena, sabemos que reposan lo poco que queda de ellos», aseguró. Los jóvenes estudiantes procedentes de toda España y de otros países que participaron en el campo de trabajo que permitió la excavación de la mina de Valdihuelo, que empezó casi sin medios, también fueron recordados ayer por el presidente de la Asociación de la Memoria Histórica de Extremadura, José Manuel Corbacho, que no sólo reivindicó la memoria, sino también las ideas por las que murieron los fusilados.

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