Tumbas con historia

El panteón del estudiante Reinerio Marcos se podía ver desde la calle San Juan a finales del siglo XIX

ROCÍO ROMERO
Sepultura en el cementerio romántico./
Sepultura en el cementerio romántico.

No existe cementerio sin leyenda. El de San Juan carece de historias lúgubres y cuentos oscuros. Ni un solo relato breve con fondo de terror se escucha al preguntar por el camposanto viejo. Aun así, tiene sus historias, detrás de cada lápida una vida, al menos, y fijadas en ellas las palabras de quienes se quedaron en tierra. En la zona más antigua de este silencioso lugar existe un panteón rodeado de habladurías. Su historia comenzó el 4 de junio de 1883, cuando Reinerio Marcos falleció. Un joven estudiante de la Escuela de Minas dejó esta vida, pero su madre se resistió a alejarse de su recuerdo. Máxima Hiarte mandó erigir un panteón en honor de su hijo. Lo quiso tan alto para poder verlo desde su casa, en el número 24 de la calle San Juan. Hacia ese lugar mira la escultura que sujeta los aparejos de la que iba a ser su profesión y que corona el monumento funerario. La madre murió dos años más tarde aquejada de una dolencia cardíaca. En el panteón, un ángel y dos candelabros con forma de esqueleto, custodian todavía hoy a Reinerio. Este mausoleo es uno de los que han quedado recuperados tras la reforma que ha acometido el Ayuntamiento este año y que ha devuelto a la vista de los pacenses curiosas edificaciones. No hay que andar mucho más para encontrar una tumba cubierta por el manto de una virgen apoyada en una cruz que simula ser de madera y flores talladas sobre el mármol. Todo en una pieza. En ella no aparecen fechas, pero sí nombres. Ahí descansa José Clavel Esteve, Adela Lisson Fontana de Clavel y Pepito Clavel Lisson. Radicalmente diferente es la tumba conocida como del Limonete y que este año también ha adecentado el Ayuntamiento. El paso de los años la había vencido. Un limonero homenajea a quien se encuentra bajo sus raíces: Un vendedor que recorría las calles de Badajoz vendiendo cítricos a principios del siglo XX. Así lo explica en el epitafio de su sepultura, que también le recuerda como «personaje popular»». Cerca del pozo Los primeros enterramientos se realizaron en el entorno del pozo. Los niños se enterraban en nichos. Las más antiguas se cubrieron con pizarra. Enternecedora es la poesía que para siempre recuerda a Mauro de las Alas Pumarino, un niño que recibió sepultura el 24 de mayo de 1849 cuando contaba tres años y medio. Sus padres le escribieron un emocionado poema: «Duerme niño el sueño blando / En esta cuna escondida / Aunque tu madre llorando / Por tu hermosura clamando / quiera bolberte ála vida/ Y dar puedes desde el cielo / Con esa luz soberana / Gloria á tu padre en el suelo / dar a tu madre consuelo / Y proteger a tu hermana». En épocas de dificultad, poco había para recordar a los muertos. Algunas lápidas atestiguan tiempos de hambre. Letras pintadas recuerdan sobre una tapia a otro niño, Antonio, que murió en 1944. Dos tazas talladas y un portavelas custodian la pared tras una puerta de cristal. Entre todas estas tumbas se encuentran pacenses ilustres. La escritora Carolina Coronado, el escritor José López Prudencio y los que fueran alcaldes de la ciudad José María López y Félix Lopo.

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