Las aves migratorias cambian su ruta para descansar en los arrozales extremeños

La vio ilustrando un logotipo en un folleto de La Albuera y se quedó sorprendido. Llevaba tres años siguiendo el vuelo de la aguja colinegra, un ave costera, por todo el mundo y, de repente, el profesor José Antonio Masero, investigador de la Universidad de Extremadura y experto en migraciones de aves, descubrió hace poco su cabeza pequeña y su pico largo dibujado en el logotipo de unos folletos editados en La Albuera

CELIA HERRERA
El investigador José Antonio Masero en la Uex con una grulla./ EMILIO PIÑERO/
El investigador José Antonio Masero en la Uex con una grulla./ EMILIO PIÑERO

La vio ilustrando un logotipo en un folleto de La Albuera y se quedó sorprendido. Llevaba tres años siguiendo el vuelo de la aguja colinegra, un ave costera, por todo el mundo y, de repente, el profesor José Antonio Masero, investigador de la Universidad de Extremadura y experto en migraciones de aves, descubrió hace poco su cabeza pequeña y su pico largo dibujado en el logotipo de unos folletos editados en La Albuera. Debido al cambio climático o la la destrucción de su hábitat natural, la aguja colinegra está cambiando sus rutas desde hace unos años, y ahora prefiere los arrozales extremeños al litoral. Por su creciente número, que ya ronda los 30.000 ejemplares contabilizados en la región, podría convertirse en un nuevo pájaro tótem de Extremadura, al mismo nivel que la cigüeña o la grulla. Y lo mismo está pasando con otras especies, según observa el Grupo de Investigación de Biología de la Conservación de la UEx. Ahora es tiempo de emigración. Cuando los extremeños empezamos a ponernos los abrigos y a sacar las mantas del altillo, millones de migrantes alados y sin papeles se preparan para un largo viaje, a veces de miles de kilómetros. Zona de paso obligada Extremadura ha sido siempre lugar de paso para muchas de las especies que cruzan el estrecho de Gibraltar desde África hacia los fríos del norte, como los petirrojos, o los milanos negros, y también es refugio temporal y lugar de descanso para otras. La grulla, una de las más conocidas, suele quedarse unos meses, al igual que las cigüeñas europeas, que utilizan árboles y campanarios para anidar, y luego sigue hacia el sur. Así ocurre desde siempre, y el hombre, perspicaz observador, aprendió a medir los tiempos según iban llegando las distintas especies. 'Por San Blas, las cigüeñas verás' o 'si en abril el cuco no ha llegado, o está muerto o extraviado', dice el refranero español. Pero las cosas cambian, comprueban los científicos. Los tiempos ya no cuadran. Algunas aves llegan antes de lo previsto, o adelantan las fechas para las puestas de los huevos. Zonas a las que antes llegaban en bandadas, permanecen vacías, y otras se llenan de repente de pájaros antes nunca vistos por los vecinos. Es lo que está pasando, por ejemplo, en Santa Amalia, Hernán Cortés, Palazuelo, y otras localidades de las Vegas del Guadiana en las que se ha extendido el cultivo del arroz. Nuevos pájaros Desde hace unos años, los agricultores de la zona empiezan a ver a finales del otoño cómo llegan bandadas de miles de una especie a la que no habían visto nunca, y que se concentran en las zonas inundadas en busca de los granos de arroz que quedaron en el suelo tras la cosecha. Son las denominadas agujas patinegras, aves costeras que antes iban por el litoral en su emigración desde África hasta el norte, y de vuelta al sur. Ahora han cambiado de ruta, según han comprobado a lo largo de los últimos años investigadores de la Universidad de Extremadura, y han virado su vuelo por el litoral hacia los arrozales extremeños. Allí comen y descansan antes de continuar su viaje hacia las costas y humedales del norte, hacia Holanda e Islandia, preferentemente. Como no molestan ni hacen daño, los agricultores no los ven como una amenaza, ni se quejan por su presencia, como sí hacen algunos cuando llegan las grullas, a las que acusan de comerse toda la producción de bellotas. De hecho, hasta se han inventado un nombre para referirse a ellas, y debido al gran tamaño de su pico, se refieren a ellas como las 'pitorras reales'. Encontrar estas 30.000 colinegras en Extremadura ha sido un descubrimiento de alcance internacional, ya que la comunidad científica mundial no sabía dónde se encontraban, destaca José Antonio Masero, experto en aves migratorias, y que lleva varios años siguiendo a la aguja colinegra en su periplo por el mundo. Se trata de una especie muy controlada por los científicos, ya que sólo puede verse en sitios muy determinados. Pero desde hace un tiempo, los estudiosos comprobaron que había zonas habituales en las que ya no se les encontraba, pero tampoco se sabía dónde habían ido. Se encontraban en los arrozales extremeños, que atraen al 16% de la población de un ave que es tradicionalmente costera, pero que ha encontrado en las Vegas Bajas un nuevo hábitat. Lo mismo ocurre con otra ave costera, la pagaza negra, que empieza a ser ya un vecino habitual de los embalses extremeños. Estas aves solían criar en la costa. Pero ahora prefieren parar en primavera en los humedales artificiales de los embalses extremeños, y si hace 30 años su presencia era casi anecdótica en Extremadura, con alguna pareja que se hubiera perdido de la bandada durante la emigración, ya se tienen contabilizadas unas 1.000 parejas en los embalses de la cuenca media del Guadiana, donde la Uni versidad está desarrollando otro proyecto de investigación sobre las aves que viven en las presas, financiado por la Confederación Hidrográfica del Guadiana. También es cada vez más común encontrar más ejemplares de otras aves migratorias que no solían recalar en Extremadura, como los correlimos, los combatientes, y ánades rabudos, y la tendencia parece ser creciente. Los cambios en los comportamientos migratorios de las aves se están haciendo evidentes en todos los puntos del globo, y cada vez hay más estudios que relacionan estas variaciones con el cambio climático, la destrucción de los hábitat tradicionales por parte del hombre, o la desaparición de los humedales. Relacionado con este asunto, y para intentar comprobar si las aves que cambian de hábitat lo hacen por necesidad, o por encontrar lugares más confortables o con más abundancia de comida, el Grupo de Investigación de Biología de la Conservación, dirigido por Juan Manuel Sánchez, está llevando a cabo otro proyecto que trata de validar herramientas de análisis de parámetros bioquímicos en sangre que indica, entre otras cuestiones, si los pájaros se están alimentando bien o no en las nuevas zonas que ocupan. El proyecto, integrado en el Plan Regional de Investigación de la Junta, quiere saber si la calidad de vida de las aves es igual en los embalses artificiales, por ejemplo, que en los humedales naturales.

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