timón del desierto

LEANDRO POZAS

En gran parte de su obra Shakespeare muestra un interés primordial por el tema de la amistad traicionada, pero es en 'Timón de Atenas' donde, quizás en mayor medida que en otras ocasiones, el asunto se convierte en centro y fin del propio argumento. La historia de Timón la documenta brevemente Plutarco en sus 'Vidas paralelas' y existen otras referencias literarias sobre el personaje.

Timón dilapida su fortuna invitando y regalando a sus amigos. Cuando se sabe arruinado recurre a ellos y todos le dan la espalda. Decide vivir en soledad a las afueras de Atenas. El filántropo se convierte en paradigma del misántropo. Shakespeare, tan dado a los excesos, compone un retablo por el que pululan personajes de dudosa moral y pone en solfa las apariencias sociales y las relaciones humanas. Los individuos actúan movidos por mezquinos intereses, salvándose de la quema el fiel criado Flavio y el oscuro filósofo Apemanto.

La versión de Francisco Suárez, en principio, es fiel al original, aunque con salvedades: en su afán por traer la acción a nuestra época recurre al petróleo como tópico, como si la riqueza, el poder del dinero del que habla Shakespeare, no fuera ya suficiente motivo para justificar la fábula. Además, chirrían los diálogos rimados o ripiados que trivializan el lenguaje culto o vulgar de Shakespeare. Por último, es oscura la referencia al militar Alcibíades que aporta en el original un contraste que ayuda a comprender mejor a Timón y la propia obra.

Mención aparte merece la dirección de Benite. Falta de pulso, no afloran los conflictos. La acción es plana con personajes desdibujados, lentitud y tiempos muertos. La obra, como tantas del autor, no se ajusta a las definiciones clásicas de comedia o tragedia, pero en el 'Timón' hay un corrimiento gradual de la una a la otra. En la puesta en escena se mezclan erráticamente comedia, tragedia o farsa, teatro dramático y épico... A la confusión contribuye una escenografía tan gratuita como el evitable Cadillac, el chorro de petróleo, la llamarada de gas o la torre metálica situada fuera del escenario. En la segunda parte es ineludible recordar la película 'Simón del desierto' con un destrozado Timón víctima de las tentaciones de una meretriz. Pero esto no es Shakespeare ni tampoco es Buñuel.

En los actores predomina el tono recitativo, sin matices, los personajes vagan confusos en escena, faltos de vitalidad. Destacan, a pesar de todo, un José Pedro Carrión que pone sus recursos al servicio de un Timón huérfano de contrastes, un Francisco Blanco componiendo un Apemanto que va de más a menos o un Esteban García Ballesteros más contenido que nunca interpretando un Flavio a medio gas.

El espectáculo se hace aburrido, difícil de seguir. Es un apunte de algo que, quizás, podría haber sido y no es. No obstante, los espectadores, muchos portugueses, aplaudieron el trabajo.

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