Interrail

EL ZAQUIZAMÍ JOSÉ MARÍA PEÑA VÁZQUEZ

LOS años de la segunda etapa de la ESO fueron para nuestros hijos, y nietos, de veraneos dedicados al aprendizaje de idiomas en destinos europeos, Estados Unidos y Canadá, con viajes muy bien organizados. Después, al terminar el Bachillerato, viene, con el aprobado de la Selectividad en el bolsillo del vaquero caedizo, la comprobación de las habilidades idiomáticas en unos itinerarios establecidos sobre la marcha por toda Europa, en grupos reducidos y con autonomía a prueba continua de improvisación, a lo que dé de sí el carné del interrail. Con estreno masivo de la reciente mayoría de edad y con nuevo ejercicio de liderazgo juvenil para muchos de ellos, los grupos de viajeros noveles se extienden por todo el continente nutridos con el puñado de euros recaudado en la familia y acaso con una tarjeta de crédito en la reserva para emergencias y un contrato de seguro médico internacional precautorio.

El interrail veraniego pone a prueba los conocimientos de geografía y es un buen ejercicio de convivencia fuera del amparo de los padres, de resistencia en desplazamientos a pie, plano en ristre, por ciudades de las que acaso tengan una referencia somera y remota de las clases de geografía recién superadas y con la esperanza de encontrar albergues de juventud en destinos decididos sobre la marcha, estrenando libertad y responsabilidades respecto al grupo de amigos y desarrollando espíritu de convivencia y administrando la capacidad de resistencia ante dificultades e incidencias sin contar con los padres lejanos.

Hermoso ejercicio de apertura mental y de juvenil autodeterminación este del interrail que aportará a los muchachos experiencias, emociones y vivencias para acrecentar su sentido de pertenencia a un ancho mundo de países con los que sentirse más vinculados que con las meros tratados a una misma comunidad de naciones.