Deleitosa, spanish village

Los deleitoseños revisan con una mezcla de emoción y nostalgia la evolución de su pueblo 57 años después de que el fotógrafo Eugene Smith enseñara al mundo sus miserias en la revista 'Life'

Deleitosa, 58 años después/
Deleitosa, 58 años después

Ruth, Andrea y Carlos son los únicos deleitoseños que han hecho la primera comunión este año. «Éramos pocos, pero se hizo largo», confiesa Juan Pedro, padre de Andrea. «Al cura don Domingo su hora y media no se la quita nadie». En 1950, año en que el fotógrafo americano W. Eugene Smith llegó a Deleitosa (Cáceres), fueron cerca de 30 los niños que recibieron el sacramento de la Eucaristía.

Lorenza Nieto Curiel, de 66 años, fue una de ellas. La niña, hoy madre de cuatro hijos y abuela de tres nietos, aparece vestida de blanco para la comunión en una de las 17 fotografías que Smith publicó en la revista Life el 9 de abril de 1951, hace más de 57 años. La fotografía se tomó un mes después de haberse celebrado el acto, pero Eugene Smith convenció a la madre, Alfonsa, para volver a vestir a la niña. «Estaba un poco reacia, porque por aquella época los trajes largos de comunión se cortaban para reutilizarlos en verano, y mi madre ya había cortado el mío». Lorenza no olvida el día del sacramento. No tuvo regalos, pero todos los niños fueron al colegio y desayunaron chocolate caliente y galletas. «Por aquella época era todo un lujo», dice. «El resto del año sólo teníamos migas, porque había que desayunar fuerte para pasar el día en el campo».

Deleitosa, a partir de la publicación del reportaje, quedó inmortalizada para siempre como símbolo de la España más profunda y miserable, herencia de una guerra que sumió en la pobreza más extrema a la población española. «No abundaba la ropa ni la comida, y mucho menos el dinero», recuerda Ermenegilda Alvarado, emigrante de 83 años que pasó 33 en Vitoria antes de volverse al pueblo. «Nadie compraba nada, todo funcionaba a través del trueque». Los niños pasaban el día en la calle jugando a los bolindres, y a falta de chucherías, las madres agudizaban el ingenio para entretener a sus hijos. «Juntábamos un cachito de pan con azúcar y los niños podían estar horas chupándolo».

Hoy, la vida ha dado un vuelco para Ruth y el resto de los niños. Por la mañana, en el colegio, no les falta ni un detalle: DVD, pantalla de televisión con TDT incorporada, internet y hasta pizarra electrónica. Por la tarde, las opciones se multiplican. Ruth se acaba de comprar unos patines, pero todavía no se maneja con ellos y prefiere corretear junto a Juanjo, Carlos y el resto de niños detrás de un balón intercalando goles, canastas y golpes de volley en el polideportivo municipal. Ya en casa, le gusta jugar con la Nintendo DS, regalo estrella de la comunión, y ver la tele. Otros tiempos.

Vejez y despoblación

El pueblo ha ido renovándose, creciendo en extensión -hay 900 casas y sólo 300 están habitadas- y disminuyendo en población. En 1950 había censados 2.650 habitantes, y hoy la cifra se ha reducido a 900, una tendencia similar al de la mayoría de pueblos extremeños. «En los años 60 se fue muchísima gente a la zona de Vitoria y a Barcelona, y nos quedamos poquitos», dice Felisa, una mujer de 76 años que vive en la residencia de ancianos junto a su marido Cecilio, enfermo con un alzheimer muy avanzado. «Recuerdo que éramos mucha gente joven y que íbamos todos al baile».

Hoy, los deleitoseños más jóvenes se marchan fuera del pueblo a estudiar y no suelen volver, ya que no hay mucho futuro. Los principales motores económicos de la localidad son tres salas de despiece, un matadero privado y otro municipal, dos queserías, la costrucción y la ganadería. «Evidentemente, no tiene nada que ver con la época de Eugene Smith», bromea José Luis Robledo, alcalde desde hace ya nueve años. «Ahora ya tenemos de todo».

Robledo, del PSOE, nos recibe con la misma amabilidad que el resto de deleitoseños. Su despacho es nuestro primer punto fácil de comparación respecto a Maximiliano, alcalde en 1950: una fotografía del Rey preside la pared que está a su espalda, y 'El Socialista', publicación del partido, sobresale de entre el resto de papeles y documentos de su escritorio. Ni resto de Franco.

Decidimos hacer una visita a los niños y jóvenes de 1950. En la sala de estar de la residencia de ancianos, las fotografías en blanco y negro del 'americano' -como se le conoce a Eugene Smith- transforman un silencio soporífero en una lluvia de recuerdos. «A éste parece que le quiero conocer», admite Felisa. «Ya está, ¿el hijo del estanquero!». Todos los residentes parecen querer colaborar, pero es Felisa quien pone nombres, apellidos y motes a todos los protagonistas de las instantáneas. «Tengo muy buena memoria», reconoce. «Ojalá Dios hubiera repartido algo para mi marido». Lleva casada 53 años con Cecicio, pero hace tiempo que él dejó de saberlo.

Juan Cuesta, jubilado, pasa las horas en La Garganta, una extensión de terreno de cultivo a las afueras del pueblo. Apodado 'El porreta', lo encontramos trabajando con una guadaña antes de interrumpir sus labores. «Sí, yo fui el guía de Smith». El 11 de junio de hace 58 años, cuando el fotógrafo Eugene Smith, su ayudante y la intérprete llegaron en su coche a Deleitosa, Juan jugaba entre las piedras y el barro de las vías sin asfaltar. Según cuenta, los visitantes se equivocaron y pasaron de largo la entrada del pueblo. «Me dijo que montara y lo hice, pero en aquella época nos tenían atemorizados porque se decía que cogían a los niños y les sacaban la sangre». Al rato de retomar la marcha, Juan se puso nervioso y se tiró del coche en marcha. «Pararon enseguida», relata. «Llevaban botiquín y estuvieron curándome los raspones». Finalmente, 'El porreta' consiguió llevarles hasta el ayuntamiento, y Smith le dio 14 duros «nuevecitos, como recién hechos». Una fortuna de la época que su madre le quitó en cuanto llegó a casa. «A mí me daban tres reales los domingos, imagínate».

La entrada del pueblo

Jacinto Paredes, de 70 años, llega el primero a la cita que hemos preparado con los deleitoseños a las 7 de la tarde. Ni siquiera ha llegado Juan Pedro Gómez, trabajador de la empresa de materiales de construcción Sánchez Larrá, que nos prestará el elevador móvil para realizar la fotografía desde las alturas, aunque acudirá gente gracias al bando del alcalde. La casualidad hace que coincidamos en un lugar muy próximo al que él estaba en aquella fotografía de Smith. En ella, se ve a Jacinto y a otro niño jugando impasibles al paso de dos burros. No había coches, ni carreteras, ni lujos, pero Deleitosa supo acoger a un extraño que venía del extranjero con el mismo trato exquisito y cercano con el que nos acoge a nosotros 58 años después, cuando ya hay coches, carreteras y lujos.