Carcesa, el legado de José Fernández López

La firma emeritense que emprende un nuevo rumbo con Ruiz-Mateos vivió su época dorada de la mano del empresario gallego

JUAN SORIANO

La reciente compra de Carcesa por parte de José María Ruiz-Mateos ofrece a la histórica firma emeritense un nuevo panorama de desarrollo, gracias al cual podrá mantenerse un proyecto nacido a finales de la década de los años 20 del pasado siglo pero que obtuvo su mayor actividad de la mano de un empresario ejemplar, cuya labor hoy cobra aún más repercusión: José Fernández López.

La figura de este industrial ha sido tratada en un trabajo de investigación por Xoán Carmona Badía, catedrático de la Universidad de Santiago, dentro de la publicación Empresarios de Galicia, coordinada por él mismo y publicada en el año 2006.

Como señala Carmona, José Fernández López nació en Lugo el 8 de septiembre de 1904. Su familia fue una de las pioneras en el negocio de embarque de ganado vacuno con destino al mercado catalán y madrileño, una actividad que iniciaron a finales del siglo XIX dos tíos abuelos del empresario. Un hermano de estos emprendedores, Marcos, se sumó al negocio, del que después tomó las riendas su hijo Antonio.

Antonio Fernández tuvo cuatro hijos: Antonio, José, Manuel y Concepción. Excepto el tercero, todos recibieron formación académica en Madrid, por lo que su destino parecía alejado de la capital lucense. Pero la muerte del cabeza de familia en un accidente de tráfico en 1931 cambió el futuro de los hermanos Fernández López. Las circunstancias del momento, unida a la formación jurídica y a las aptitudes empresariales de José, le llevaron al frente de la empresa.

Llegada a Mérida

Con este panorama, José Fernández López muestra su perfil innovador con la apuesta por dos proyectos fallidos, los mataderos de Porriño y Mérida, que le convirtieron de tratante de ganado a industrial cárnico.

El matadero de Mérida nació en 1927 de la mano de la Diputación Provincial y con la participación simbólica del rey Alfonso XIII. Pero la iniciativa no cuajó y en 1930 se encontraba en situación de quiebra técnica. Tras dos subastas desiertas, en diciembre de 1935 apareció un primer y único interesado en su arrendamiento: Fernández López.

Xoán Carmona apunta en su trabajo que el estallido de la guerra civil supuso una oportunidad de oro para el empresario gallego, ya que en sus manos estaban los dos únicos complejos dotados con instalaciones frigoríficas del territorio controlado por el bando sublevado. De esta forma, pudo suministrar «en régimen de práctico monopolio a la Intendencia Militar y sobre todo a la poblaciones que iban cayendo en su poder». Pero los hermanos Fernández López no sólo consiguieron beneficios económicos, sino que también llegaron a ejercer una influencia que aprovecharon en favor de represaliados y condenados a muerte.

En la posguerra se vivió la época dorada. El Matadero Industrial de Mérida, que se convirtió en la mayor empresa de Extremadura, contaba a finales de los años 40 con más de 500 trabajadores y fue la primera firma del país en elaborar salchichas y hamburguesas.

Fernández López se mantuvo personalmente al frente del negocio hasta 1955, cuando finalizó el contrato de arrendamiento con la Diputación. Se constituyó entonces una empresa de mayoría pública en el seno del Instituto Nacional de Industria, llamada Ifesa, donde el empresario gallego se mantendría como consejero delegado y dueño del mayor paquete accionarial privado. En 1972 abandonó la actividad por su desacuerdo con la absorción de Industrias Vegetales y Conserveras (Invecosa), operación de la que nació Carcesa.

Durante su estancia en Mérida, donde nacieron tres de sus seis hijos, Fernández López acometió otros proyectos empresariales, como el nacimiento de la Corchera. También llevó a cabo actividades de mecenazgo, entre las que Carmona cita el apoyo a las excavaciones arqueológicas en la Alcazaba y la creación de la colección de minerales de Vicente Sos Baynat, que hoy forma el Museo de Mineralogía de Mérida. Todo un legado del que, en el campo empresarial, aún sobrevive Carcesa.

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