La muestra 'Oficios del agua' rescata del olvido peculiares usos del río en la ciudad

Lavanderas, areneros, pescadores de red, molineros, cañeros y hasta 'oreros' forman el extinguido patrimonio de oficios en torno al agua

A.S.O.
Unas mujeres lavan en Sán Lázaro, a mediados de los 60. / HOY/
Unas mujeres lavan en Sán Lázaro, a mediados de los 60. / HOY

El progreso se los llevó por delante. Y hoy son solo parte del recuerdo. Llevan décadas desaparecidos pero aún perviven en la memoria de muchos placentinos. Son esos oficios tradicionales en torno a los usos del agua y del río que durante siglos se mantuvieron en la ciudad.

Lavanderas, pescadores de red, areneros, molineros, cañeros y hasta buscadores de oro son algunos de los trabajos directamente relacionados con el río y al agua que se daban en Plasencia. Hoy cobran actualidad con la llegada de la exposición 'Aguadores y lavanderas, los oficios del agua', de la Institución Cultural 'El Brocense' al complejo Santa María.

Indirectamente relacionados con el agua caben citarse otros empleos, también desaparecidos de la ciudad, como los olleros y barreros, los curtidores y hasta los carreteros que con sus carros volquetes chorreantes de agua, recorrían las calles al son de las campanillas para llevar a las obras la arena recién sacada del lecho del Jerte.

La exposición va a estar todo mayo en el complejo. Incluye numerosas se fotos antiguas de lavanderas en cauces y pilones colectivos, de mujeres con cántaros en la cabeza o al cuadril, yendo o viniendo de por agua a la fuente. También, algunas escenas y vistas de una Plasencia cuyas riberas del Jerte parecen tapizadas del blanco por ropas a solear.

Son la representación de un mundo perdido, de una vida difícil, de unos tiempos duros en los que, con bochorno o hielo, había que lavar. O aprovisionar la casa de agua. Muchachas en flor con el frescor de la juventud marchito o enjutas figuras negras de piel quemada porlos rigores de la vida forman parte de la anónima galería de mujeres de diversas localidades reunidas en esta exposición. Se complementan las imágenes con textos de ordenanzas municipales relacionadas con el agua.

Sello propio

En Plasencia, sin embargo, los oficios del agua agua tuvieron sello propio. El hecho de tener el río Jerte abrazado a los pies y de gozar de un sistema de abastecimiento al vecindario -a través de la cañería, acueductos y numerosas fuentes intramuros- hizo que el aguador no fuera habitual del histórico escenario urbano.

Sí lo han sido hasta mediado el XX las lavanderas. Durante siglos hicieron de las riberas de San Lázaro, San Juan y los cachones, la Isla y Puente Nuevo su lugar de trabajo colectivo. Para algunas, este fue el único medio de vida. Para otras, una manera de ayudar a la economía familiar. Este oficio empleó a muchas. A cambio de unas monedas recogían la ropa en las casas, la bajaban al río, donde la lavaban, soleaban y secaban, antes de devolverla limpia.

La ausencia de agua corriente en la mayor parte de las viviendas hacía indispensable, a principios del XX, este oficio. Algunas lavanderas trabajaban de fijo para una o varias familias. Otras muchas tenían como clientes a soldados y militares del regimiento y a internos de centros como el Seminario o el Colegio San Calixto. Y si las familias eran pudientes y disponían de casa con lavadero propio, se ahorraban trabajar en el río.

La sacrificada vida que llevaron fue objeto del homenaje que el Ayuntamiento hizo en 2007 a algunas de las últimas, con motivo del Día de la Mujer Trabajadora. Ascensión González, Magdalena Marcos, Esperanza Martín, Quintina Sánchez y Primitiva Serrano representaron a esas generaciones de mujeres que en invierno tenían que romper los carámbanos para poder lavar durante horas en el agua helada. Y en verano, un sol de injusticia.

Años y años de estar arrodilladas en la tajuela, restregando contra el lavadero o contra una piedra plana la ropa enjabonada. «La mayoría tenía curvada la espina dorsal, muchas padecían varices y reúma y el riesgo real de contraer paludismo», relató el escritor Gonzalo Sánchez-Rodrigo sobre estas mujeres.

Areneros

Pero el Jerte dio también para otros oficios y ocupaciones específicamente locales. Es el caso de los areneros que extraían este material de los bancos nacidos bajo la pesquera del Cachón y Puente Trujillo.

De pie sobre sus rudimentarias balsas de tablones sujetos bidones metálicos, sacaban la arena con unos grandes legones de largo mango hasta cargar la plataforma flotante. Después, vuelta a la orilla, donde descargaban a la esperaba del carro con mula, para emprender el regreso con el pesado cargamento aún chorreante, hasta las obras de la ciudad. Las calles placentinas fueron a diario escenario de este tradicional transporte cuyo paso anunciaban las campanillas de las caballerías. Las ratonas y los modernos sistemas de extracción de áridos dieron la puntilla a estos trabajos.

Pescadores de red

Directamente relacionados con el río estaban los pescadores de red y maneo que vivían de la pesca extraída del Jerte todo el año. En sus minúsculas balsas utilizaban un largo varal para moverse por el río. El cesto y al trasmayo eran sus armas. Y cuando hacía buen tiempo pescaban a maneo, los peces en las cuevas. Luego el pescado se vendía a la población.

En los 70 aún era habitual ver a la puerta del mercado de abastos a mujeres con las banastas bien provistas de barbos, bordallo, bogas, anguilas y otros peces según la época del año. El primer arca del pescado, que garantizaba el suministro urbano, estaba junto a la aceña de La Casca. Después se traslada a San Juan.

La ciudad siempre tuvo algunas familias dedicadas por generaciones a la pesca. Conocían el río como la palma de la mano y se les llamaba cuando había que rescatar alguna víctima del Jerte. Los censos de 1719, 1732, 1763, 1797 y 1802 ya confirman su existencia.

Para ellos los temidos charcos de la bomba y el calizo, frente ala Isla, o el del estudiante, bajo el molino de Paz, no tenían secreto y sabían burlar sus peligros. Da idea de la dureza del trabajo la fotografía de 1965 en la que un pescador, con chaqueta y ropa de abrigo pesca descalzo con la patera remangada, frente a la Isla.

Además la pesca es la ciudad una de las actividades reguladas desde antiguo por los fueros y las ordenanzas urbanas. Los primeros penan el robo de redes o de pescado de red.

Las segundas, en su título XVIII prohíben acotar, entorviscar o embarbascar las aguas o echar cáñamo y lino al Jerte aguas arriba de San Lázaro, bajo pena de sustanciosas multas. Estas llegan a regular incluso las características delas redes las redes. Por cada punta debe entrar el dedo de un hombre bajo pena de perder la red y pagar multa.

Molinos

Oficio del agua esa también el de molinero aunque trabaje en seco. Del agua depende su actividad y su ganancia. Molinos y presas los hay anteriores a Plasencia, como el Tajabor, cuyo edificio sigue bajo el puente Trujillo. Ya estaban como aceña cuando Alfonso VIII llega a Ambroz y funda la ciudad. Entonces se lo dona al arcipreste de Plasencia y Ávila, Pedro Tajaborch, del que toma nombre.

Los molinos no solo generaron trabajo para molineros y rentas para sus propietarios pues eran un bien muy preciado. También posibilitaban la subsistencia de la población. Además del citado son históricos el de 'la pared bien hecha' (a la altura dela Chopera); los de San Francisco (Fábrica de Harinas); los de San Lázaro, el de la Casca, de aceite y el de la Cruz, de de grano; el de Paz, y los que seguían aguas abajo hasta sumar un total de 10.

Actualmente, solo los de San Miguel están recuperados. Uno paso a ser sala de fiestas y bar; la aceña de 'la casca' , es hoy un centro de interpretación del agua y el río que no está abierto para ser visitado por el público.

La existencia de molinos dio en Plasencia lugar a una pequeña industria artesanal: la elaboración de ruedas de molino. Tras la plaza de los toros, en el Berrocal y en los restos de la cantera de los Alamitos aún se ven las huellas de su extracción en los cancho. .Molineros siempre hubo y lo constatan los censos del XVII. La mayor cifra la da el de 1763, con un total de 17. El fuero también regula las condiciones y ubicación de molinos y presas, son pena de multas.

Del agua precisaban para trabajar los curtidores de pieles que ocupaban la zona de tenerías, entre las barrerías del Barrio Nuevo y el puente de San Lázaro. También los olleros buscaron la proximidad del Jerte para abastecer sus talleres de agua.

Cañero

Singular fue el oficio de cañero municipal. Éste era el encargado de la conservación y buen estado de la cañería que abastecía de agua la ciudad. Arrancaba de las fuentes sitas en término de Cabezabellosa y discurría a media ladera por la sierra de San Polo hasta Valcorchero y la Data.

Allí tomaba el agua el acueducto hasta el arca de agua de la fortaleza que hacia de depósito antes de surtir las fuentes públicas y privadas de la ciudad. En las primeras, charlaban las mujeres a cualquier hora del día la espera de llenar los cántaros.

El cañero no solo controlaba la cañería y revisaba los registros para evitar tomas ilegales, fugas y desperfectos sino también la red urbana de distribución. La Plaza Mayor, San Nicolás, Carreteros, la Puerta del Sol, la calle Ancha, la de los Quesos, la calle del Sol, San Antón o la plaza de la Catedral acogían algunas de las fuentes y caños públicos que surtían a la población. Hoy algunos han han desaparecido. Las que quedan son ya meros elementos ornamentales.

Perdida su utilidad, nadie se detiene a oír su eterna canción que no es sino su lamento por la pérdida de un protagonismo social que hacía de ellas centro de reunión y cháchara,cómplices de primeros amores y testigos de un mundo ya olvidado.

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