El pueblo que se resiste a morir

Vecinos y emigrantes se unen para luchar contra la desaparición como municipio de Higuera de Albalat, donde dos de cada tres empadronados tienen más de 65 años

CLAUDIO MATEOS
Cartel de bienvenida a la entrada del pueblo por la carretera de Romangordo. / C.M.C./
Cartel de bienvenida a la entrada del pueblo por la carretera de Romangordo. / C.M.C.

Si Higuera de Albalat no se acaba convirtiendo en un pueblo fantasma será en buena parte gracias al tío Cano. Los más jóvenes de los 66 habitantes que quedan en el municipio son descendientes directos suyos, cuatro familias que representan en gran medida las esperanzas de futuro de toda una comunidad, aunque sólo sea porque en ellas se concentran la mayor parte de los 13 vecinos menores de 50 años.

El tío Cano se llama en realidad Sebastián y es el único que sigue vivo de los ocho hijos de Isaac Amor, un patriarca legendario para los higuereños que murió ya empezado el siglo XXI. Estaba a punto de cumplir los 102 años y nunca conoció a su padre porque, según cuentan, se suicidó pocas horas antes de que Isaac viniera al mundo. Fue la única salida honrosa que encontró después de matar a escopetazos a los dos guardias civiles que le habían detenido por pescar sin permiso.

El carácter del tío Isaac no quedó marcado por la tragedia del día de su nacimiento. Todos le recuerdan en Higuera como un hombre bueno y carismático, amigo de contar historias en las que nunca se sabía lo que era verdadero y lo que salía de su fértil imaginación. Sus paisanos le escuchaban explicar al calor de la lumbre la correspondencia directa que mantenía con personajes como Felipe González o Sabino Fernández Campo, antiguo jefe de la Casa Real, a quien se cameló en sus misivas presentándose como antiguo servidor del secretario personal de Alfonso XIII. Lo mejor de todo es que Isaac Amor era analfabeto, y tenía que dictar a su nieta las cartas para tan ilustres personajes. Murió hace unos años, no sin antes dejar pagada en el bar una arroba de vino para que brindaran en su memoria los que quedaron aquí echandole de menos.

Sebastián, el tío Cano de nuestra historia, ha olvidado a sus 80 años muchas de aquellas historias de su padre, pero no el agotador trabajo en la mina de plomo y zinc que durante décadas fue uno de los principales sustentos de la población. Cerró a finales de los setenta, y desde entonces ha permanecido abandonada. Las ruinas de aquella industria es una de las esperanzas que tienen para regenerar la vida en el pueblo los promotores de la Asociación Higuera Adelante (AHA), quienes no ocultan su preocupación por que en el plazo de veinte años el pueblo donde nacieron pueda, simplemente, extinguirse.

«Siempre quedarían casas como segunda residencia para los emigrantes, pero Higuera corre el peligro real de desaparecer como municipio con población permanente». Es el pronóstico nada halagüeño de Tomás Melo, uno de los principales impulsores de la asociación y miembro de la junta rectora que han formado hasta que elijan a la directiva en asamblea. «¿Pesimista? No lo creo. Es lo que va a pasar de manera inevitable si no se hace algo».

Quedamos con Tomás Melo para que nos enseñe el pueblo. «En el bar, según se entra desde Romangordo a mano derecha», nos indica por teléfono. Al llegar comprobamos que el bar es en realidad el Centro Cívico, unas instalaciones del Ayuntamiento cuya explotación sale a concurso cada cierto tiempo. Se puede decir que es el último negocio que queda en Higuera, pues Fausta, la dueña de los ultramarinos, se jubiló el pasado noviembre y cerró la tienda. Los únicos alimentos que se pueden comprar hoy en el pueblo son el pan y los dulces que distribuye Isabel. Para todo lo demás hay que acercarse hasta Romangordo.

Romangordo, el pueblo donde se libró uno de los episodios más desconocidos y cruciales de la guerra contra los franceses. Son rivales históricos de los higuereños por aquello de la vecindad, pero el enfrentamiento quedó superado cuando Romangordo prosperó e Higuera no. Ahora es todo lo contrario, el espejo al cual se mira la Asociación Higuera Adelante. «Los dos pueblos han sido siempre iguales en todo, con casi el mismo tamaño y la misma población, pero ellos han sido capaces de salir adelante y asegurarse el futuro, con negocios que funcionan y hasta una residencia de ancianos», explica Félix González, también emigrante y tesorero de la asociación.

La residencia para personas mayores es precisamente uno de los proyectos de AHA. No saben muy bien cómo, pero quieren tener una. Traería el doble beneficio de crear empleo y garantizar una plácida vejez tanto a los vecinos ancianos que ya no puedan valerse por sí mismos como a los emigrantes que deseen retirarse en su tierra natal, algo muy complicado hoy en día.

Antes hemos mencionado la mina en la que trabajó el tío Cano. En Higuera creen que puede convertirse en un atractivo turístico que gire en torno a los antiguos pozos, al igual que se ha hecho en otros lugares de España. La idea sería establecer una ruta senderista entre el pueblo y la mina, la cual habría que acondicionar antes para las visitas, porque actualmente los pozos se encuentran desprotegidos y resulta peligros adentrarse por las galerías.

Y es que el entorno natural de Higuera es sin duda su principal atractivo. Parte de su término municipal se encuentra dentro del Parque Nacional de Monfragüe, y no parece descabellado aprovechar el tirón de la reserva natural en beneficio propio.

La población

Dan las doce de la mañana en el centro cívico de Higuera, y la afluencia de vecinos a la hora de los vinos comienza a ser notable. Muchos son jóvenes, y hay niños correteando por el bar, pero la imagen tiene truco. Es Jueves Santo, estamos en mitad de una semana festiva y el pueblo se llena de emigrantes, la gente está en las calles . Fuera de los puentes y las vacaciones es otro cantar, sobre todo en invierno, cuando los poco más de 60 habitantes permanentes que tiene el pueblo se quedan en sus casas y en Higuera sólo se oye el viento de la sierra.

Para hacerse una idea del margen de actuación que les queda, los fundadores de AHA han elaborado un estudio de la población por tramos de edad. Ni siquiera han tenido que acudir a los archivos, allí se conocen todos. El resultado es inquietante: 66 vecinos, con un promedio de 62,5 años. Dos de cada tres tienen más de 65 años y sólo 13 menos de 50, es decir, con posibilidades de tener hijos. Hay un niño de tres años y dos chavales de 16. Todos los demás superan los 30 años, de modo que el índice de natalidad en las tres últimas décadas es casi cero.

Cualquiera puede darse cuenta de que, si no se reacciona, a Higuera le quedan un máximo de 25 años como población habitada, y eso en una comunidad autónoma, la extremeña, cuyos dirigentes políticos presumen de que hasta la fecha ningún municipio ha tenido que «cerrar» porque se haya quedado sin gente. Los únicos pueblos abandonados lo han sido por fuerza mayor, como Granadilla, cuyos habitantes fueron expulsados para construir el pantano de Gabriel y Galán en el valle del Ambroz.

En Higuera no lo van a tener fácil los políticos. Los promotores de AHA no se fían y por eso han puesto en marcha esta iniciativa ciudadana en un municipio que, pese a ser el segundo menos poblado de la provincia de Cáceres, cuenta con otras tres asociaciones: una de mayores, un de cazadores y otra de aficionados a los caballos. A Higuera Adelante se han apuntado más de 90 personas.

Pese a encontrarnos en plena Semana Santa, la actividad del mediodía en el centro cívico no es más que un espejismo. En cuanto nos adentramos unos metros en el pueblo guiados por Félix y Tomás, el bullicio desaparece y la soledad lo domina todo. Llegamos enseguida a la plaza mayor, donde se eleva imponente la iglesia de San Fabián y San Sebastián, un templo del siglo XVII cuyo tamaño llama la atención en un pueblo tan pequeño y deshabitado.

En el camino nos encontramos con Alberto Soleto, de 79 años. Cuenta que desde chico trabajó como molinero, el negocio de la familia, pero en 1980 tuvieron que cerrar el molino porque la emigración ya había dejado al pueblo casi sin gente. La Extremadura rural comenzaba por aquel entonces a salir de la miseria y el atraso, pero nadie regresó, y la mayoría de los que se quedaron en Higuera son ya muy viejos para otra cosa que no sea vivir lo más tranquilamente posible el tiempo que les queda.

Alberto Soleto diagnostica con puntería la enfermedad de Higuera: «Aquí el problema es que no pare ninguna mujer desde hace mucho tiempo, y ya solo quedamos los viejos».

Entre quienes siempre regresan a Higuera, aunque no para quedarse, se encuentra Fernando Franco, funcionario de la Comunidad de Madrid y amante de la naturaleza. Anda ajetreado porque tiene que colocar su exposición de minerales para el día siguiente, una muestra que organiza con motivo de la asamblea general informativa de la Asociación Higuera Adelante, en la que la comisión gestora iba a dar a conocer sus proyectos.

Vencer la desconfianza

No en vano, la implicación de la gente que vive todo el año en el pueblo resulta fundamental. No todos ven con buenos ojos la iniciativa, quizás por eso tan español de «qué será lo que andan buscando». Pero la desconfianza inicial va cediendo, en parte gracias a la promoción que se está llevando a cabo de los objetivos de AHA, plasmados de momento en 'La hoja de Higuera', cuyo primer número salió en enero, y en un blog de internet (asociacionhigueraadelante.blogspot.com).

Termina el paseo por el pueblo, y de regreso al bar, repleto de clientes, comprobamos que a los de Higuera les gusta pasarlo bien. «Somos famosos por la animación que hay siempre en las fiestas; aquí nadie es forastero y viene gente de todos los pueblos», apunta Félix, el tesorero de AHA, que trabaja en Talavera de la Reina.

Es precisamente en las fiestas de finales de enero uno de los pocos momentos en los que se pueden ver jóvenes por el pueblo, más allá de los dos adolescentes que viven siempre allí. Todos se acaban marchando y van perdiendo el contacto, como le ha ocurrido a Eva Jiménez, estudiante de Periodismo en Barcelona. «La verdad es que aquí hay muy poco que hacer para la gente joven», constata. Pese a todo, ella se ha involucrado en la nueva asociación y está trabajando para que el pueblo donde tiene sus raíces se mantenga como municipio habitado.

El caso de Higuera no es aislado y el constante envejecimiento de la población se ha convertido en la espada de Damocles que pende sobre no pocos municipios cacereños que siguen viviendo ajenos a este peligro. Es lo que intentan evitar un grupo de higuereños dispuestos a tomar las riendas del destino en lugar de dejarse llevar, aunque sólo sea para hacer honor al refrán ancestral del que se sienten tan orgullosos, y que dice así: «Los de Higuera, hasta que se enteran, pero una vez 'enteraos', son de 'cuidao'». Y si no, que se lo pregunten al tío Isaac y al padre que nunca conoció.

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