Villafranco no quiere cambios

A los vecinos no les importa que el nombre que conserva esta pedanía perteneciente a Badajoz recuerde al dictador general Franco

JULIÁN LEAL
Los vecinos creen que Villafranco sería irreconocible para ellos si algún día se le cambiara el nombre./ JOSÉ VICENTE/
Los vecinos creen que Villafranco sería irreconocible para ellos si algún día se le cambiara el nombre./ JOSÉ VICENTE

El nombre y la breve historia de Villafranco del Guadiana están inevitablemente, y casi indisolublemente, unidos a la figura del general Franco, el dictador que gobernó España con mano de hierro durante casi 40 años. Los vecinos lo saben, pero no les importa, porque de nada tienen que avergonzarse. «Lo que pasó, pasó y no hay vuelta de hoja», se escucha en el Hogar del Pensionista de este poblado levantado por entero en la década de 1950, entre los varios vinculados al llamado Plan Badajoz. El nombre que recibió, Villafranco del Guadiana, fue elegido para honor y gloria de aquél que se autoproclamó 'caudillo'.

Entre la veintena de jubilados que se encontraban en el local la pregunta de si estaban de acuerdo en cambiar el nombre del poblado suscitó un vivo debate, en algún momento algo subido de tono. Pero el consenso era general. Ninguno de los presentes se manifestó partidario de que Villafranco adoptase otra denominación.

Muchos compartían la opinión de Antonio García, antiguo alcalde pedáneo, de que «hay cosas más importantes de qué ocuparse como para andar removiendo estas cosas que a nadie preocupan». En su opinión, muy pocos en el pueblo estarían de acuerdo con que se modificase el nombre a Villafranco.

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Ese mismo convencimiento lo tiene, aún más arraigado, el actual alcalde pedáneo por el PP, Juan Sánchez Cabanillas. «Quizá haya alguno que piense lo contrario, pero estoy seguro que la mayoría de los vecinos se oponen a que Villafranco cambie de nombre».

Llegado el caso de que se tomara una iniciativa en ese sentido, el regidor local considera que antes de tomarse acuerdo alguno los vecinos deberían ser consultados. «Desde luego, si el asunto se planteara, yo exigiré un referéndum para que el pueblo se pronuncie», advierte.

También el alcalde considera que «el poblado tiene problemas más importantes como para preocuparse de una cuestión como esta». «El desempleo, la vivienda, las cosechas, los precios agrícolas o del gasoil son lo que realmente interesa».

Adrián Lara Hormigo, el presidente del Hogar del Pensionista, rechaza de plano una hipotética modificación del nombre. «Villafranco es el nombre que se le impuso y no veo razones para cambiarlo. Por la misma regla habría que cambiarle los apellidos a los que se llaman Franco», replicó.

Quien le acompañaba, Antonio Tejero, suscribía las palabras de Adrián Lara para insistir en la idea ya repetida de que «los políticos debían de ocuparse de cosas más importantes que esas».

Ni hablar

Cerca de estos dos compañeros, ajeno al tema de conversación generalizado, Pedro, un hombre de 85 años, consumía su copa de vino. En un principio evitó emitir su opinión, pero finalmente se adhirió a la corriente y se manifestó contrario a un cambio de nombre.

«Ni hablar de eso», advirtió José Aldana, para quien Villafranco nada tiene que ver con el franquismo. Como otros convecinos, llegó siendo un adolescente al poblado y lo único que le ha importado es trabajar y sacar adelante a la familia.

Para Antonio García, si de lo que se trata es de acabar con todo aquello que recuerde al franquismo, «también habría que demoler los pantanos, porque la mayoría de las presas fueron construidas durante el régimen anterior».

En su opinión, al franquismo se le puede acusar de muchas cosas, «pero lo que hizo por Badajoz está ahí y eso no se puede borrar. A muchos obreros sin posibilidades les permitió abrirse un camino dándoles una parcela».

Todos estaban de acuerdo en que el Plan Badajoz sólo podía salir adelante en una dictadura. «Hoy sería imposible de llevarlo a cabo», resalta Antonio García. En el fondo, todos se sienten agradecidos por la oportunidad que se les dio a sus padres y a ellos mismos de cambiar sus vidas.

Como señalan, no se les regaló nada y lo que ahora tienen es el fruto de muchos años de trabajo y esfuerzo. «Yo llegué con 14 años cuando todavía no había ni luz ni agua», recuerda Eduardo López.

Algunos ni siquiera sospechaban que lo de Villafranco hacía referencia al apellido del dictador. Fue poco tiempo después de instaurarse la democracia cuando se empezó a hablar de la conveniencia de cambiar el nombre. «Cuando entraron los socialistas en el Ayuntamiento, el alcalde, que entonces era Manuel Rojas, sugirió cambiarlo, y ya entonces dijimos lo que ahora», recuerda Antonio García.

No es la añoranza por el anterior régimen lo que les lleva a defender el nombre del pueblo. Todo lo contrario, muchos se sitúan en posiciones de izquierda y votan socialismo. No parece ser una cuestión de ideología sino de sentimientos. En Villafranco crecieron y han visto crecer a su familia y creen que si cambiara el nombre sería como si a ellos los trasladaran de lugar.

Nadie se imagina qué nombre se le daría, aunque el de Villafranca del Guadiana es el primero que acude. Pero con ese nombre sienten que su pueblo sería irreconocible para ellos. Si un día se les llegara a consultar, el pronunciamiento sería casi unánime: no hay más nombre que Villafranco.

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