Womad

PABLO CALVO

ERA un mundo sin internet, sin software libre ni ocupado, sin teléfonos móviles en los bolsillos.

Una época en la que la gente se reía del tren de alta velocidad, desconocía Barcelona, desconfiaba de Sevilla.

Teníamos pesetas y menos dinero, el 2000 era un año de ciencia-ficción y no fumar originaba recelos.

Se iba a Madrid por carretera con curvas, parando en Talavera, y era la única oportunidad de subir escaleras en El Corte Inglés.

Mario Conde era el rey del mambo, Felipe González el rey, y el Rey no tenía nietos.

Iberoamérica era una palabra institucional y no un lugar de veraneo, los vuelos baratos una utopía, el microondas un avance y un amigo se compró un frigorífico que echaba hielo: asombroso.

Raúl aún jugaba en el Atlético de Madrid, Messi tenía cuatro años, Fernando Torres no era nadie.

En Cáceres cortaban el agua 12 horas al día por la sequía, se decía capa de ozono y no cambio climático, el turismo rural consistía en ir al campo, como ahora.

Todo eso era el mundo antes de que en mayo de 1992 llegara el Womad, un mundo sin color. El Womad sonó por primera vez en Cáceres y acabó con la ciudad provinciana, nos abrió los ojos y se coló en la memoria sentimental de una generación. Quién no encuentra en su armario una camiseta del Womad, quién no ha besado en la parte antigua durante un concierto, quién no ha escuchado los tambores y piensa que todo puede ir a mejor. El festival Womad es un intento de ser feliz, por eso arrastra multitudes.

Pero nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Y el Womad tampoco. Lo que fue novedad y vanguardia un día no puede convertirse en tradición. Y menos en rutina. Hay que mirar hacia adelante, avanzar, sorprender. Peter Gabriel lo consiguió en su día, Cáceres lo comprendió y lo adoptó. Ojála ahora también se logre entre todos. Suerte.

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