Las ciudades huelen a porro

J. R. ALONSO DE LA TORRE

Nunca he fumado un porro. Soy así de dogmático con mi cuerpo. Procuro no tomar analgésicos y que el dolor de cabeza se vaya solo. Escapo de la Cocacola porque sé que acabas siendo adicto. Hace años que no ingiero antibióticos. Me resisto a los encantos del café y ya solo bebo uno al día. No pruebo el alcohol porque me basta una cerveza para que mi mente se embote y sea incapaz de razonar (y de escribir). Procuro chutarme dopamina y adrenalina de manera natural subiendo a La Montaña... Soy un tipo aburrido, hipocondríaco y sospechoso, que ya la sabiduría popular argumenta en forma de refrán que se debe huir de quien no bebe ni fuma. Durante años fui incapaz de diferenciar el olor del hachís y tuvo que ser el Womad mi escuela de aprendizaje: en esa fiesta empecé a distinguir el aroma ácido, como de huerta estercolada en una mañana gallega con humedad superior al 90%, que identifico con el olor a porro. Últimamente, las ciudades extremeñas huelen mucho a porro: en los ascensores, en los parques, en las esquinas, en los atrios de las iglesias. Cuenta Jack Beeching en «Las galeras de Lepanto» que los hombres mediterráneos acostumbran a usar perfumes fuertes porque, en los tiempos de las galeras, los galeotes remaban sentados sobre sus propios excrementos, día y noche, y se sabía que llegaba una galera a barlovento porque su olor se adivinaba a media milla. En Extremadura, a pesar de nuestro hábito meridional al perfume intenso, se puede adivinar fácilmente el olor a porro, que derrota al del azahar y al del jazmín dulzón. Remedando a Lorca en «Poeta en Nueva York, en nuestras ciudades no hay «rosas que hieren» sino porros que duelen.