Carboneros, herederos de un oficio ancestral

Seis de cada diez empresas del sector se ubican en el suroeste de Extremadura; Zahínos es la localidad que mayor número de compañías concentra

ARACELY R. ROBUSTILLO
Galo Martín Toscano (i) junto a  su hermano Francisco y su sobrino, Juan José, delante de su última partida de carbón./ CASIMIRO MORENO/
Galo Martín Toscano (i) junto a su hermano Francisco y su sobrino, Juan José, delante de su última partida de carbón./ CASIMIRO MORENO

EL viento dificulta hoy su tarea. Es una mañana soleada y seca de diciembre. Pese a no ser «la época», los Marín bregan desde las siete de la mañana transportando leña de encina dentro de su horno para hacer carbón. Hace frío, pero apenas lo notan. Los tres hombres trabajan concentrados en un oficio que heredaron de sus ancestros y «que ha cambiado poco en los últimos 50 años».

Cada uno de ellos tiene asumida y mecanizada su labor y la realiza con la precisión de un reloj suizo. Juan José, de 25 años, es el encargado de manejar un tractor provisto de una pala para cargar la leña y depositarla en el horno. Su tío Francisco la coloca con esmero para asegurarse de que se aproveche el espacio de la mejor forma y que su disposición sea la adecuada para que cuando se le prenda fuego arda sin problemas. Galo colabora en todo y está pendiente de que salga a la perfección.

En total, reunirán unos 50.000 kilos de leña antes de comenzar el proceso. Cuatro días después de que comience a arder, habrán conseguido unos 12.000 de un carbón vegetal excelente que dejarán enfriar durante otros cuatro o cinco días y que, una vez envasados, viajarán a Cádiz para alimentar, principalmente, barbacoas.

La actividad se realiza en una pequeña finca del suroeste de Extremadura, en el término municipal de Zahínos, Badajoz. Rodeados de dehesas de encinas y alcornoques, esta familia perpetúa un oficio que ha sido su modo de vida durante años y que supone la principal actividad económica del municipio pacense.

La zona suroeste de la región concentra la mayoría de las empresas carboneras, seis de cada diez se encuentran ubicadas entre la comarca de Jerez de los Caballeros y la de Olivenza. Según el Instituto del Corcho, la Madera y el Carbón (IPROCOR), de las 38 empresas carboneras que existen en la región, 9 están en Zahínos, una localidad de unos tres mil habitantes. Desde su ayuntamiento reconocen que el carbón es la base de su economía y aseguran que, de una manera u otra, la mayoría de sus habitantes están relacionados con el sector.

Tradición

Al margen de los datos oficiales, muchas otras familias de la zona producen carbón vegetal de manera artesanal, bien a través de carboneras de tierra, también llamadas parvas o boliches, o utilizando hornos de ladrillos refractarios construídos a tales efectos. Galo Marín es el flamante dueño de uno de estos hornos. Comenzó ayudando a su padre y hoy representa como nadie a los herederos de un oficio ancestral, que aprendió cuando todavía el carbón se cocía a ras de tierra, cubierto con ramas, juncos y jaras.

Hoy, con 50 años, dice no recordar la primera vez que acompañó a su progenitor a elaborar carbón pero reconoce que, como todo, aunque el sistema tradicional sigue vigente entre algunos de sus vecinos, «resulta mucho más trabajoso ya que, además de los tres o cuatro días de cocción, se necesitan otros tantos para poder sacar el carbón ya hecho manualmente, mientras que con métodos más mecanizados, basta una hora u hora y media para realizar el mismo trabajo».

Los métodos no han cambiado demasiado en los últimos años y hoy por hoy el proceso, pese a estar más depurado, se sigue reduciendo a actividades meramente manuales «aunque el uso de máquinas haga más cómodas ciertas partes del procedimiento», apuntan los Marín. El trabajo, por lo tanto, sigue siendo penoso y esforzado, una tarea para muchos de subsistencia durante décadas: «Mucha mano de obra, muchas horas de trabajo y muchos gastos también». Pese a todo Galo no duda en afirmar que le gustaría jubilarse en el quehacer que ha ocupado la mayor parte de su vida.

Dueño de un flamante horno homologado, que tiene unos siete años, recuerda el esfuerzo que le causó superar todas las trabas burocráticas: «Tuvieron que venir unos peritos que trazaron los planos y determinaron su ubicación y sus dimensiones. Surgieron problemas por cuestiones de medianías y porque tiene que estar a un número determinado de metros separado de cualquier construcción habitada», explica. Superados todos los inconvenientes, este veterano reconoce el avance que ha supuesto en su producción.

Todavía quedan, sin embargo, muchas carboneras tradicionales distribuídas por diferentes municipios extremeños. Desde el ayuntamiento de Zahínos denuncian su impacto medioambiental y el fraude que suponen por su condición de «economía sumergida».

Mejor de encina

El carbón vegetal es un mineral sólido, ligero, muy combustible, y negro, claro, que resulta a partir de la destilación o de la combustión incompleta de la leña u otros cuerpos orgánicos. Sus cualidades dependerán, en gran medida, de la madera que se utilice como base. Los Marín lo tienen claro, la ideal es la que proviene de la encina propia de la dehesa jerezana. «También lo hemos elaborado en ocasiones con madera de alcornoque, pero se pudre más y da más problemas», explican.

La temporada alta para elaborar esta materia son los meses de julio y agosto, cuando la meteorología de la zona asegura, convencionalmente, un tiempo seco para impedir que la lluvia pueda «aguar» el procedimiento. «Empezamos a cocer carbón desde abril o mayo y a partir de entonces hasta octubre, más o menos, no dejamos de vender», apunta Galo.

Curiosamente, y aunque muchos puedan relacionar el carbón con el frío, es durante los meses de primavera y de verano «cuando mejor salida tiene esta mercancía», según Galo, quien explica que este material se suele vender sobre todo para hacer barbacoas, por eso, al llegar octubre, la venta se para bastante.

«La lluvia que humedecería la leña supondría que ésta ardiera muchísimo más rápido de manera que la producción se vería disminuída. Por esa razón se eligen los meses de verano para la producción», prosigue.

Galo vende su mercancía a una empresa de Cádiz porque apunta que en Extremadura no tiene demasiadas salidas. El kilo de leña cuesta unas 8 pesetas de las de antes y una vez convertidos en carbón sale al mercado por unas 50, unos 30 céntimos de euro. Cada camión, que suele cargar lo que se ha producido en una hornada, le suele reportar unos beneficios de unos 6.000 euros.

Los rendimientos en carbón vegetal varían con la habilidad del carbonero, el grado de humedad de la leña y la impermeabilización del horno. Según IPROCOR, una buena práctica refleja rendimientos de una tonelada a partir de 4 toneladas de leña.

«Solemos cargar un camión cada 20 días, cuando estamos en temporada alta y hay mucha gente que dice que es un dineral lo que sacamos, porque es un millón de pesetas al mes. No se dan cuenta de la cantidad de gastos que tenemos. Diariamente sacamos más o menos lo que sería un jornal normal, que no compensa todo el trabajo que tenemos», asegura.

Otra fuente de ingresos es la carbonilla, que es una mezcla de los restos del carbón y la tierra. Con esta materia se elaboran las briquetas, una especie de pastillas que se exportan sobre todo al extranjero.

Laborioso

El proceso, laborioso y elaborado. pasa por diferentes fases: «Primero hay que cortar la leña, luego trasportarla, almacenarla, apilarla dentro del horno, sacarla después, dejarla enfriar y envasarla, todo ello manualmente», argumentan estos carboneros.

Galo le da, además, trabajo a su hermano Francisco y a su sobrino Juan José, lo que supone más gastos. Sus hijos han decidido no seguir con el negocio familiar, al igual que muchos otros jóvenes zahineros que trabajan en Jerez de los Caballeros en la empresa siderúrgica de Gallardo buscando un futuro mejor.

Reconoce, sin embargo, que esta temporada está siendo buena para ellos. La explicación: la falta de competencia internacional. «Otros años han entrado muchos cargamentos de Argentina y eso se ha notado».

En lo referente al peligro físico que puede suponer este tipo de actividad, Galo señala que todos ellos tienen un seguro de vida individualizado para protegerse en caso de accidente. Sin embargo, matiza que con la aparición de los hornos la situación ha mejorado mucho ya que las carboneras de tierra son mucho más peligrosas.

Los 'contras' y los 'peros' son numerosos y, razonándolos, Galo entiende que mucha gente piense que el suyo es un oficio en extinción, con los días contados. Sin embargo, él confía en su perpetuidad, al menos mientras él o algún Marín siga con vida.

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