La peliteñida y su perrito cagón

J. R. ALONSO DE LA TORRE

Mañana de otoño. Diáfana y fría. Un resplandor de luz en la calle. Prisas. Pasan los autobuses cargados de chicos con carpetas y risas. Las aceras bullen de repartidores apresurados. Dos guardias municipales velan en la glorieta. Los quioscos de prensa despachan periódicos sin parar, como si estuviéramos en Navarra, en Baleares o en una de esas regiones donde tantos diarios se leen. Cáceres vibra desde hace una hora. En el paseo de Cánovas te empapan las sensaciones de que la ciudad funciona: hay jardineros que podan con precisión quirúrgica, barrenderos que recogen hojas, bolsas y papeles con grandes escobas infalibles, con atención a la minucia, poseídos por la ambición de lo impoluto. Los ciudadanos no se detienen a fijarse en los mensajes, pero su subconsciente los asimila: si ellos limpian, yo debo ser limpio, si ellos podan con denuedo, yo debo ser un profesional estricto. Un efecto de contagio revolotea por Cáceres al amanecer, las labores ejemplares en el parque sacuden las mentes despiertas, proclives a asimilar los detalles. En medio del césped, un perrito con pedigrí retoza como en un anuncio de tele con ternura. Una dama peliteñida lo observa complacida. El cuento urbano se almibara. El viandante se siente habitante de un mundo perfecto donde todo es como debe. El perrito detiene su brincar, adopta la posición de cuclillas, se esfuerza y una boñiguita en graciosa espiral se deposita sobre la yerba. La damita peliteñida llama a su chuchín. Se van y el cuento se queda sin final feliz. El peatón se contagia de suciedad, de insolidaridad, de incivismo: si el perro caga y su dueña no recoge la boñiga, yo también podré hacer lo me dé la gana.