Mérida y Lorca se aburren

Emeritenses y murcianos perpetraron un partido infame, aunque los de Fabri siempre merecieron ganar por sus primeros cinco y últimos quince minutos

FERNANDO GALLEGO
Mérida y Lorca se aburren

Esto es Segunda B, y el baremo de las exigencias anda muy por los suelos. Vale. Pero de esa certeza al pseudo partido que se marcaron ayer Mérida y Lorca van tres vueltas al mundo de diferencia. Les prometo que me encanta el fútbol y mi trabajo, pero si ayer me hubiera metido un boli por la oreja, hubiera llegado hasta el cerebro y hubiera removido, habría sentido más placer. No hay excusas, lo siento. Ni porque sea la Segunda B ni porque la alineación de los astros no sea favorable: a los equipos hay que exigirles más de lo que ayer 'ofrecieron' emeritenses y murcianos. Hubiera resultado hasta más divertido ver crecer la hierba. Lo vio así hasta el árbitro, que de lo aburrido que estaba señaló hasta cincuenta faltas entre unos y otro. No digo más.

Todo fue tan absurdo que pareció una gran broma preparada. Hubo un rato de pura comedia al estilo del Gordo y el Flaco, con Epitié resbalándose cada vez que iba a coger un balón, Robles despejando contra la espalda de uno de sus compañeros y, el momento álgido, Segovia chutando desde la frontal del área, el balón golpeando en la pierna de un defensor murciano y el árbitro pitando saque de puerta. En algún lugar del mundo, a Pierluigi Collina le dio un escalofrío.

Luego se cambió de género y empezó una de artes marciales, con Sabino como gran protagonista. A ese hombre hay que ponerle en el Hornito junto a la Mártir Santa Eulalia. Es un sin parar de mirar al cielo, bajar balones que son melones, aguantar las rodillas de los defensores en su espalda, caer una y otra vez y casi nunca protestar al árbitro. Como era de esperar, teniendo en cuenta que Sabino no puede estar en todo (en la lucha, en mantener la pelota, en el gol), la puntería habitual del Mérida falló. La puntería del Lorca, en cambio, ni apareció. Bruce Lee dice que seamos agua. Pero ayer Mérida y Lorca parecieron más vodka, por lo que se vio.

Y para acabar con el recorrido cinematográfico, el Lorca nos llevó hasta Esteso y Pajares con su inenarrable equipación roja y negra, que debía de ser hasta de algodón. Genuinos años 80. De propina, el Mérida lució sus dorsales de un color verde sorprendente. Y Giorgio Armani se revolvió incómodo en su sofá.

Dirán que no he hablado de fútbol. Ya, ni de fantasmas. Porque no existen. Si acaso, dos pinceladas: los primeros cinco minutos del Mérida y los últimos quince, también del Mérida. El Lorca se presentó al partido pero no quiso jugar. Sólo se dedico a defender, a tocar muy poquito el balón en el centro del campo y a hacer faltas (hasta 34 les señaló el árbitro, sin contar todas las que le hicieron a Sabino que pasaron desapercibidas).

Pero el Mérida sí. El Mérida quiso en los primeros cinco minutos, como es costumbre. Y en los quince del final. También como de costumbre. Y todo pudo cambiar en las dos primeras y más claras ocasiones para los de Fabri nada más arrancar el choque. Ismael llegó a línea de fondo, no levantó la cabeza y se sacó un pase de la muerte. Ismael no lo vio, pero el resto sí: los delanteros del Mérida estaban a años luz de llegar. O sea que el balón se paseó. La segunda oportunidad la protagonizó también Ismael: bajó un balón con el pecho, con el control se orientó el disparo y lanzó para que Jaúregui se luciera sacando una manopla.

Desde ahí y hasta el minuto 75, el aburrimiento. Puro y duro. Luego el Mérida, con la entrada de Juan Carlos, se despertó y empezó a asediar el área murciana, con el condescendiente descuido en la parte de atrás. Pero como el Lorca no quería jugar, tampoco le pasó nada a Orlando, que se divirtió más con los niños que ocupaban el fondo norte que con los delanteros visitantes. Pero ni Luciano, ni Segovia ni Mansilla lograron acertar en las tres últimas medio oportunidades del Mérida, y el marcador se quedó como comenzó. Y el público también, que cuando más comenzaba a divertirse tuvo que marcharse a casa. Tuvo que marcharse de un Romano gafado.