Alonso invoca el milagro

Lewis Hamilton abandonó por primera vez esta temporada y deja para Brasil un título tan apretad0 que incluso podría ganar Kimi Raikkonen

JOSÉ CARLOS CARABIAS
EL TROFEO. Trabajadores del Circuito de Shanghai se fotografían junto al coche de Lewis Hamilton. / REUTERS/
EL TROFEO. Trabajadores del Circuito de Shanghai se fotografían junto al coche de Lewis Hamilton. / REUTERS

Fernando Alonso no estaba ayer para creer en la fortuna. Ni poco ni mucho. Toda su batería de declaraciones contra el comportamiento de los jefes de McLaren tenía que ver con la sospecha de un sabotaje el sábado, en esa distancia inesperada de seis décimas con Hamilton. Era una renuncia, un legado para su despedida del equipo inglés, que ya preparaba camisetas naranjas, discreto jolgorio británico, en honor de Hamilton. Sucedió que una aficionada china entregó un amuleto a Alonso, un delfín amarillo que ahuyenta los malos espíritus ,y por esos sortilegios inexplicables que también afectan un deporte milimétrico como la Fórmula 1, el milagro se hizo. Pero no un prodigio de andar por casa, sino un mar abriéndose al paso de Moisés.

Abandonó Hamilton, imprevisto entre imprevistos, vuelco total a una espiral depresiva en un deporte que era medio clandestino en España. El primer abandono del hombre de la flor. El ciclón 'Krosa' desplegó una variopinta literatura, necesaria y contagiosa, en este mundillo austero con los elementos exteriores. Se tiende demasiado a la burbuja, a racionalizar todo en hojas de Excel, da lo mismo si es en Australia o Francia, Singapur o Montreal. Alonso estaba desanimado y había anuncio de tifón. No llegó la sangre al río, y ni el huracán se llevó los coches de la pista, ni el español arrojó la toalla. Pero el tiempo, siempre el tiempo, condicionó la carrera hasta el límite.

Llovía, pero de aquella manera. Ni 'orbayu' ni tromba. Ni chicha ni limoná. De repente, la carrera se instaló en una duda procedente: calzar neumáticos de agua o dejar los mixtos. Duda entre el bocadillo de jamón o el de queso. En ese desazón se instaló, como todos, Lewis Hamilton. Su viaje hacia el título amaneció plácido en una salida sin complicaciones, un ritmo potente en el vuelta a vuelta y ningún contratiempo a la vista. Alonso se peleó con Massa, apretó para superar al brasileño y mejorar sus registros, pero aquello parecía misión imposible.

Condenado

En la vuelta 24 había veinte segundos entre los dos compañeros de McLaren. Pero el tifón dejó un sucedáneo: el molesto 'orbayu' tropical, sudores a manta, humedad hasta el tuétano y una pista inquietante. Ni el barrizal 'made in Clemente' ni el secarral del Sánchez Pizjuán. Entraron unos a cambiar gomas para seco y otros siguieron con las intermedias. Y las diferencias se enjugaron como si saliese el coche de seguridad. Aquella lluvia escasa condenó a Hamilton. Perdió catorce segundos en dos vueltas con Alonso, que ya había adelantado a Massa. Lo que parecía una solución de emergencia sin compromiso para sus aspiraciones -cambiar a neumáticos de 'seco'- se transformó en una maldición al tomar la curva a izquierdas -80 kilómetros por hora, primera velocidad- que conduce a los garajes del circuito de Shanghai.

Destrozado el caucho, asomando el esqueleto de la lona, acosado por Alonso -Raikkonen ya le había rebasado- Hamilton se fue lánguido, sin aspavientos, hacia el bunker de arena apostado contra las vallas. Se marchitó la flor de un gran piloto en la vuelta 31. Desesperación latente en el británico, acelerado y reclamando auxilio a seis operarios para que le sacasen de la grava. No hubo grúa esta vez. Encalló Hamilton y el Mundial se juega en Brasil a tres bandas. Raikkonen, vencedor ayer, puede llevarse el Mundial si suma siete puntos más que Alonso y tres más que Hamilton. Y el español pesca su tercer salmón si gana y Hamilton no es segundo.