El maravilloso cuento de Ducati

La moto más rápida del mundo es obra de un ingeniero en silla de ruedas y de una pequeña fábrica de estilo artesanal Juntos han roto por sorpresa 33 años de monopolio japonés en MotoGP

ÍÑIGO DOMÍNGUEZ

El sorprendente triunfo de Ducati en MotoGP, la categoría máxima del motociclismo, es como un cuento increíble que acaba bien. Es la revancha personal de Filippo Preziosi, el ingeniero de 39 años que ha diseñado la moto más rápida con un solo dedo. Es terapléjico y está en una silla de ruedas desde hace siete años. Tuvo un accidente de moto, su pasión y su vida. Es el premio a una fábrica modesta, artesanal, que según una orgullosa comparación local tan sólo equivale a la sección de manillares de Honda. Ducati son 1.043 empleados que trabajan en Borgo Panigale, un pueblecito del norte de Bolonia, y van a comer a casa. Lo suyo no es sólo trabajo, en esta familia 'rossa' (roja) son empleados y 'tifosi' al mismo tiempo.

El título mundial es también el orgullo de una tierra, Emilia Romaña, maravillosa región italiana que, probablemente, es uno de los mejores lugares del mundo para vivir, un rincón bendecido por el arte, la ópera y la gastronomía. Pero además de los placeres lentos y elevados, cultiva un talento único para los motores, una pasión histórica por la velocidad a ras de suelo. Lo mismo hacen un 'parmigiano' que un motor de cuatro tiempos. De la fábrica de Ducati a la de Ferrari hay 42 kilómetros, y en la misma zona está Maserati o Lamborghini. Son casas que no desentonan en el paisaje, pues tienen prestigio de apellidos nobles y se lo toman con dedicación amanuense. Hacen las motos y los coches más bonitos del mundo, y a veces también los mejores. Al estilo italiano. Tratan las máquinas como criaturas hermosas. El año pasado vendieron 32.000 motos. Y de esta manera, a su ritmo, Ducati ha ganado en la máxima categoría, 33 años después de una victoria italiana, europea.

Cuando Casey Stoner, un chaval de 21 años, se llevó el Mundial el pasado domingo eran las siete de la mañana en Italia. Pero ante la fábrica de Ducati había un millar de aficionados siguiendo la carrera, pertrechados de mantas, chocolate y cruasanes. Los seguidores de Ducati, como los de Ferrari, son fieles y militantes. Hay 52 clubes en toda Italia, reconocidos por la escudería, que se reúnen los domingos, vestidos religiosamente de rojo. Además, ese día ganó Capirossi, el otro piloto de la escudería. Y era el circuito de Motegi. Darles en las narices en casa a los japoneses, tras 33 años de hegemonía de Honda, Yamaha y Suzuki era un sueño. En Italia se está viviendo como una de esas redenciones épicas, impensables, que les recuerdan que cuando quieren son geniales.

Ducati llegó al mundial Moto GP tímidamente en 2003, desde la categoría Superbike, la prima pobre de la competición, donde ha sido reina absoluta con 14 de 16 títulos. Del mismo modo, las apuestas por Stoner a principio de temporada estaban a 10, frente a 1,65 de Valentino Rossi. Era su primer mundial. Ducati, además, tenía ruedas Bridgestone, barridas año tras año por las Michelin. Pero esta vez los neumáticos salieron buenos y, sobre todo, Ducati se sacó de su pequeña fábrica una moto sideral, una bomba. La Desmosedici (del sistema Desmo, y el número 16 en italiano), es fruto de la tradición de la casa y del tesón, el amor y la paciencia de Filippo Preziosi, su director general. «Sólo consigo mover un dedo, pero me ha cambiado la existencia, puedo sostener un lápiz. ¿Ve cómo es la vida? Mover un dedo puede ser una gran conquista», contó en una emotiva entrevista en la 'Gazzetta dello Sport'.

Preziosi peregrinó por varios hospitales tras su accidente, pero confiesa que renació gracias a su familia y a la Ducati. Le mandaban dibujos e informes, que le leía su madre mientras él le indicaba con los ojos cuándo pasar la página. Siguió formando parte del equipo desde su cama y luego volvió a integrarse en la fábrica como uno más. En 2003 se casó y arrancó su moto, la Desmosedici. Él mismo reconoce que «nació loca». Poco a poco la fue retocando, mientras la domaban Capirossi y luego Stoner. Las aportaciones técnicas de Magneti Marelli en la electrónica y los frenos Brembo, que son igualmente marcas históricas al estilo italiano, han hecho el resto. Este año han encajado las piezas, se ha hecho el milagro.

El último triunfo italiano antes de décadas de apisonadora japonesa fue en 1974, cuando Phil Read venció con una MV Agusta. La Agusta también era familiar y de solera: el conde Domenico Agusta, su propietario, se hizo llevar hasta el hotel Danieli de Venecia, para oír rugir por primera vez el motor, el nuevo modelo con el que Agostini ganó siete años seguidos, a finales de los sesenta. Pero la de Ducati es otra historia, menos sobrada, más sufrida, muy popular.

Fábrica de condensadores

Nació en 1926 como una fábrica de condensadores para aparatos de radio y luego hizo de todo. En 1935 tenía 7.000 empleados. La ocupación alemana y los bombardeos aliados en la Segunda Guerra Mundial acabaron con el edificio, así que cuando volvieron a abrir se concentraron en las motos: acertaron al ponerle un motor a una bici, el legendario 'Cucciolo' (cachorro). Se vendió muchísimo en un país de posguerra. En manos públicas y con sucesivos cambios de propiedad -hasta cayó en 1996 en poder de un fondo de pensiones de Texas, la moto Ducati crece a partir de los cincuenta en torno al formidable ingeniero Fabio Taglioni. Dedicó su vida a inventar motos. Departía en las pistas con Enzo Ferrari y desarrolló el sistema desmodrómico, ese que ahora ha ganado. Firmó mil proyectos y pasó 31 años en la pequeña fábrica. Doce horas al día. Desde entonces en Ducati, en algunos años especiales, brota una moto hermosa y perfecta como una flor.