Gay Talese también nos ha traicionado

JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS Exdirector de abc Miércoles, 13 septiembre 2017, 16:56

En el ocaso de su vida -ya ochentón- Gay Talese, uno de los máximos e icónicos representantes del llamado Nuevo Periodismo, surgido en los Estados Unidos en los años sesenta, también nos ha traicionado. No conozco periodista solvente que no haya deseado encontrar una historia real y contarla con el ritmo y la fuerza de un Truman Capote, la elegancia de un Tom Wolfe o la habilidad y la precisión de un Norman Mailer, entre otros varios. Y desde luego, con el verismo de Gay Talese, un prosista poderoso que ha desgranado las historias periodísticas neoyorquinas más legendarias y célebres. Por eso, su último libro —«El motel del voyeur»— iba a constituir un gran acontecimiento literario, pero también, y acaso sobre todo, una nueva lección de la narrativa periodística contemporánea basada en una investigación trabajosamente desarrollada.

Talese, muy al contrario de lo que esperábamos, ha elaborado un producto comercial (porno periodístico) que como ficción no superaría a la fallida «Cinco esquinas» de Vargas Llosa, pero que —a la postre ese es su gran fallo— es un fake. Talese nos traiciona porque intenta que creamos que la escabrosa historia de un psicópata que observa por la mirilla de las habitaciones de su motel en Denver —un tal Gerald Foos— los comportamientos sexuales de sus huéspedes y los describe luego en su diario, se corresponde con una realidad a la que llegó el autor del relato de manera poco menos que milagrosa.

Bastaría un dato para rechazar que «El motel del voyeur» refleje una realidad patológica: la destreza, el ingenio, el morbo, la adjetivación y el sentido del ritmo narrativo del diario de Foos —el mirón— convierte la obra en totalmente inverosímil. Un tipo así jamás pudo escribir de esa manera. Talese se ha incorporado a la posverdad, a la versión alternativa, a la incertidumbre sobre lo que suponen la verdad y la mentira, a la improbabilidad de chequear la autenticidad de su guión, para colarnos de rondón una narración comercial propia de lineal en un books de aeropuerto. No se ha respetado a sí mismo —y a su enorme trayectoria— y no ha respetado al periodismo que él y la generación de los autores del Nuevo Periodismo dignificaron.

Ahora que tanto le necesitábamos, nuestro autor se ha apeado de las incomodidades de seguir constituyendo un referente periodístico para hacer caja con un libro adaptable a un guión sórdido que bien podría emular, pero con desventaja, a las «Cincuenta sombras de Grey». Teníamos derecho a seguir creyendo que Talese era un maestro cuando ya quedan tan pocos en nuestro oficio.

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