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Cuarenta horas pedaleando sin parar

  • Cuatro villanovenses completaron por relevos los 770 klilómetros de la Powerade Madrid-Lisboa, una de las más duras de 'mountain bike'

  • El equipo Anjana MTB Villanueva de la Serena quedó primero de Extremadura en su categoría

villanueva de la serena. Casi 40 horas dando pedales sin parar, para recorrer en bicicleta la distancia que separa la capital española, Madrid, de la capital portuguesa, Lisboa. Esa fue la aventura en la que se embarcaron el pasado fin de semana cuatro villanovenses, Antonio Granjo, Juan Pablo Cabanillas, Mariano Tejeda y Paco Robles, unidos con el mismo maillot del Anjana MTB de Villanueva de la Serena.

Este equipo se propuso afrontar una de las pruebas más duras del panorama nacional de 'mountain bike', la Powerade Madrid-Lisboa, y la pasaron con nota alta. De hecho, ya en meta fueron conocedores que habían quedado primeros clasificados entre los participantes de la región en la categoría '4 Extremadura'.

En esta prueba tuvieron que recorrer los 770 kilómetros que separan Madrid de Lisboa, por caminos y orientados sólo con un navegador GPS, sin asistencia alguna hasta la finalización de cada etapa.

El recorrido de la Powerade Madrid-Lisboa transcurrió por senderos, caminos rurales o forestales, con un desnivel positivo acumulado que superaba los 10.000 metros y una altitud máxima de 900 metros. A lo largo del trazado se cruzaron las comunidades autónomas de Madrid, Castilla y León y Extremadura entrando a Portugal por el distrito de Portalegre, cruzando el distrito de Santarem y finalmente el de Lisboa, llegando a la capital siguiendo el curso del Rio Tajo hasta llegar a la capital portuguesa por el Parque de Las Naciones de Lisboa.

La salida de los Anjana tuvo lugar en Madrid tuvo lugar el viernes 30 de septiembre a las 12.00 del mediodía y la llegada se producía a las 3.53 de la madrugada del domingo, parando el crono en un tiempo de 39 horas, 53 minutos y 44 segundos (el límite era 55 horas).

La prueba constaba de 10 etapas. Cada corredor debía ser autosuficiente en cada una de ellas etapas, que oscilaban entre los 65 y los 110 kilómetros. Pero todas ellas diferentes, como reconoce Paco Robles: «Unas tenían un nivel técnico fuerte y otras requerían de un nivel físico alto por el desnivel acumulado en la etapa. Este tipo de etapas eran muy duras y llegabas agotado, deshidratado por el calor y en algunos casos acalambrados. Otras etapas eran llanas o con poco desnivel, pero con la dificultad añadida de la navegación GPS de noche. Las nocturnas eran duras psicológicamente, pues requerían de una gran concentración y si le añadías el cansancio físico eran quizás las peores».

En el caso de los Anjana, el reparto de las etapas se hizo en función de las cualidades de cada uno de los cuatro integrantes. A los dos corredores que estaban en buen estado de forma les tocó realizar 3 etapas. Se intentó que fueran de día para poder descansar más tiempo y espaciar las etapas. Esto era unas 6 u 8 horas de descanso y hacían entre 65 y 95 kilómetros cada uno. Los otros dos compañeros estaban acostumbrados a navegar vía GPS y a ellos les tocó las nocturnas, que tenían gran dificultad de navegación. Al final, el que más kilómetros hizo realizó 220 y el que menos 160.

Lo cierto es que descanso hubo poco: «El descanso prácticamente no existía. Creo que dormimos unas 4 horas en los 3 días que estuvimos en la prueba. Casi siempre eran una cabezada en la furgoneta con la que nos desplazábamos entre las etapas. Una hora de viaje normalmente, que aprovechábamos para hablar de la estrategia de carrera o dormir 20 o 30 minutos. De los 3 que no estaban en carrera solo dos podía dormir algo, pero había siempre cosas que planificar», señala Robles.

Al final, el objetivo se consiguió, aunque como recuerda Robles hubo dos momentos críticos que lo hicieron peligrar: «La asistencia mecánica o de avituallamiento liquido estaba prohibida entre etapas. Y yo en la etapa 7 pinché dos veces. Una en el kilómetro 1 y la otra en el 27, cuando restaban 50 a meta. Ya sin cámaras un pinchazo hubiera dado al traste con la prueba o hubiéramos perdido mucho tiempo. El otro momento crítico fue la pájara o desvanecimiento que sufrió Juan Pablo a falta de 20 kilómetros en la etapa 8. Nos pensábamos lo peor. Con el localizador le hacíamos el seguimiento y llevaba parado cerca de media hora sin moverse y cuando andaba no pasaba de 15 kilómetros hora. Algo le pasaba y solo podíamos esperar a que llegara. Cuando lo vimos aparecer nos abrazamos de alegría al verlo. Después toco animarlo y asistirlo. Fue toda una proeza el acabar esa etapa en las condiciones en las que llegó. No se tenía en pie».

Pese a estos dos sustos, estos cuatro aficionados a la bici tuvieron su recompensa. Además vivieron una experiencia única, que les ha servido para corroborar que, en cualquier deporte, «el compañerismo y el trabajo en equipo es fundamental».