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¿Por qué conocemos a los árbitros por sus dos apellidos?

SOCIEDAD

¿Por qué conocemos a los árbitros por sus dos apellidos?

«Franco se cargó el partido» o «Franco es muy malo». Alguien pensó que el ascenso a Primera del trencilla murciano Ángel Franco facilitaba las críticas veladas al dictador, y partir de ese instante se convirtió en Franco Martínez. Y con él, todos los que vinieron

06.04.14 - 00:39 -
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El árbitro Ángel Franco Martínez ya era uno de los más prestigiosos y discutidos de España cuando una tarde, a principios de los años 70, le convocaron «con urgencia y la máxima discreción» en el piso del canónigo de la catedral de Murcia. Debía asistir a una reunión sobre el partido Real Sociedad-Athletic de Bilbao que tenía que pitar ese fin de semana. Un cónclave a más de 800 kilómetros del estadio de Atocha, donde se jugaba el derbi vasco. Aquello olía a podrido. «Yo pensaba que me iban a intentar comprar o algo parecido, así que me hice acompañar del presidente del colegio murciano, entonces Manolo Cerezuela». Nada que ver. «Cuando llegamos allí, me estaban esperando el sacerdote y el secretario del ministro de la Gobernación, Tomás Garicano Goñi. Me sugirieron que me pusiera enfermo. En aquella época se estaba celebrando un consejo de guerra en Burgos contra varios miembros de ETA y, al parecer, estaba corriendo por San Sebastián una coletilla que decía algo así como 'primero vamos a acabar con este Franco y luego con el de Madrid'». ¿Adivinan lo que hizo Franco Martínez?

«¿Qué iba a hacer? ¡Pues fingir una lesión! Oficialmente me lesioné en un entrenamiento, y tuvieron que mandar a otro compañero, aunque yo estaba perfectamente. No se lo pude contar ni a mi familia porque era alto secreto. Hasta el canónigo y el señor aquel que llegó desde Madrid salieron por separado de la reunión para disimular», relata Ángel Franco, que en octubre cumplirá 76 años, desde su casa del centro de Murcia, a pocos metros del viejo estadio La Condomina. Saca a colación la anécdota para matizar que «solo en esa ocasión tuve problemas por mi apellido durante los 17 años que arbitré en Primera». También es cierto que era uno de los árbitros con más proyección del momento y que por su apellido «estaba condenado a no pitar una final de la Copa del Generalísimo (anterior Copa del Rey) mientras viviera Franco y el caudillo estuviera en el palco para entregar el trofeo. Era imposible por los gritos que me iba a dedicar la grada... 'Franco, hijoputa', 'Franco, cabrón', y que también iban a llegar hasta jefe del Estado. Algo así como si hoy hubiera un árbitro de apellido Borbón o Rajoy y el Rey o el presidente del Gobierno tuvieran que soportar todos los improperios el día que se juega el partido», ilustra con sorna. Ángel Franco, que de todas formas participó en tres finales como juez de línea en aquellos años, es hoy vicepresidente del comité técnico de árbitros y mano derecha de Victoriano Sánchez Arminio, el 'jefe' de los hombres de negro. «Aunque hoy visten de todos los colores menos de negro».

Otra característica común es que a todos los trencillas se les conoce por sus dos apellidos. Desde los modernos Undiano Mallenco y Teixeira Vitienes a los no tan antiguos Díaz Vega, Brito Arceo o Iturralde González o los ya célebres Andújar Oliver, Ramos Marcos o Guruceta Muro. Común en España, claro, porque nuestro país es el único del mundo donde a los árbitros de fútbol se les borra el nombre de pila y se les coloca el apellido paterno y el materno. Franco tuvo la culpa. Pero no el árbitro, sino el generalísimo. Aunque, en esta historia, todo está relacionado con el inconveniente de llevar ese apellido en plena dictadura.

Ángel Franco, que había estudiado para perito mercantil y que después trabajó como bancario, despuntaba como juez en los campos de fútbol. Ascendió rápidamente en las divisiones inferiores durante la década de los 60, cuando a buena parte de los árbitros españoles aún se les conocía como a todo hijo de vecino. (Pedro) Escartín, (Ricardo) Lacambra... La irrupción en los rotativos de un joven colegiado de apellido Franco dio lugar a crónicas y titulares que al caudillo, reconocido futbolero, no le debían de hacer ninguna gracia. «Franco es muy malo», «Franco se cargó el partido», «Todos culpan a Franco» y sentencias similares facilitaban las críticas veladas al dictador por parte de los algunos plumillas de la época -o al menos así podía entenderse-, lo que provocó la inmediata reacción del aparato censor, que instó a los estamentos arbitrales y a los medios de comunicación a designar a los árbitros por los dos apellidos. Sin excepción.

Fuera, solo Martínez

Ángel Franco trata de sacudirse la responsabilidad y en cuanto se le menciona esta historia se pone a la defensiva y trata de quitarle hierro. Ni se ve como el culpable del cambio, ni cree que la censura moviera sus hilos en aquella época para instaurar la regla de los dos apellidos. «No, no, no. Además, es que me podían haber quitado de en medio. No tenían la obligación de mantenerme. Incluso cuando ascendí a Primera, ya había compañeros con dos apellidos. Medina Iglesias, Lamo Castillo... Y cuando arbitraba en el extranjero, simplemente era Martínez». Vamos, que tampoco los periodistas de los países que visitaba podían cuestionar a Franco con bromas. Demasiadas casualidades.

Con la perspectiva de los años, puede presumir de un palmarés al alcance de muy pocos. Y lo hace. Tira de la memoria porque fotos tiene pocas. Viaja mentalmente a Argentina, al Mundial de 1978, cuando se convirtió en uno de los poquísimos colegiados españoles seleccionados por la FIFA para pitar en una de las máximas citas futbolísticas. «Me tocó el Polonia-Túnez de la fase de grupos y el Holanda-Italia de las semifinales», algo así como ser reconocido entre el segundo y el tercer mejor árbitro del mundo. También se siente especialmente orgulloso de su participación en el primer Mundial Juvenil que se jugó en la historia, en 1977 en Túnez, y en el que pitó otra semifinal, la que enfrentó a México y Brasil. Ganó México, que acabó proclamándose campeón.

Quizá sea una mera coincidencia, pero los premios le llegaron a Franco Martínez a partir de 1975, con la muerte del dictador. Además de las citas mundialistas, con la irrupción de la democracia arbitró, por fin, tres finales de Copa (ya del Rey). El Barcelona-Las Palmas de 1978 (3-1 para los culés); el mítico Real Madrid-Castilla (6-1), dos años después; y el Athletic-Barcelona de 1984, que acabó con victoria de los leones y con una monumental tangana en el campo tras el pitido final. Aunque él ni se enteró de aquello: «En cuanto terminó el partido me llevó al vestuario un teniente coronel de la Armada. Yo vi lo que había pasado días después por televisión». Años más tarde, Ángel Franco, un baúl inagotable de anécdotas, señala a los culpables de aquella monumental bronca: «Javier Clemente y Maradona, que calentaron el partido y acabaron a palos. Si uno estornudaba, el otro cogía pulmonía. Y pasó lo que pasó».

Este árbitro, «severo cuando tenía que serlo», le ha cantado las cuarenta en el césped a mitos del fútbol como el propio Maradona, Juanito, Del Bosque, Cruyff, Schuster, Matthaus o Rummenige, a los que también pitó en la Copa de Europa en algunos de sus 26 años de carrera y más de 150 partidos como internacional. El último fue un Anderlecht-Bayern de Múnich, en 1986. Hoy disfruta del fútbol por la tele, y cuando le preguntan por tal o cual jugador o por el arte de la selección española, responde igual que aquella vez a un cliente del banco: «Yo no entiendo de fútbol, solo entiendo del reglamento». Eso sí, a uno de sus cinco nietos, «que se ha hecho jugador», siempre le 'consuela' con la misma coletilla cuando pierden: «La culpa es de los árbitros», sonríe. Ahora, con un silbato en los terrenos de juego, da igual cómo te apellides.

ÁRBITRO ESTRELLA

«Nunca intentaron comprarme». Ángel Franco (Murcia, 1938) estuvo 17 años en Primera y 15 como internacional. Su paso por el Mundial de Argentina, en 1978, le consagró como uno de los mejores colegiados de la historia del arbitraje español. En sus 26 años como profesional, asegura, «nunca intentaron comprarme», aunque recuerda una ocasión en la que el entonces presidente de la Federación Italiana de Fútbol, Artemio Franchi, le puso «los canapés en la boca» con alguna oscura intención. «Era el tío más corrupto que yo he conocido».

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