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El día que más frío hizo en España

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El día que más frío hizo en España

La población turolense de Calamocha registró hace cincuenta años el récord: treinta grados bajo cero

21.12.13 - 00:55 -
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Las orillas del río Jiloca, a caballo entre Guadalajara y Teruel, están listas para recibir esta tarde al invierno (hace su entrada hoy a las 18:12). La más severa de las estaciones acostumbra a establecer allí su cuartel general cuando llega a España. El núcleo duro se sitúa en un triángulo de unos 2.000 kilómetros cuadrados que se dibuja entre Teruel capital, Calamocha y Molina de Aragón (Guadalajara). En ese altiplano el frío adquiere una consistencia mineral que sella con costuras de hielo puertas y ventanas, revienta cañerías y anticipa copiosas cosechas de sabañones. Fue precisamente en uno de los vértices de ese triángulo donde hace cincuenta años se midió la más baja de las temperaturas registradas en una población de España: 30 grados bajo cero. El valor se tomó en el observatorio del radiofaro de Calamocha-Fuentes Claras (Teruel) el 17 de diciembre de 1963.

Vicente Aupí, divulgador científico y escritor que tiene su propia estación meteorológica en la comarca, acaba de editar un libro con motivo de la efeméride. Se titula 'El Triángulo de Hielo: Teruel-Calamocha-Molina de Aragón. Estudio climático del Polo del frío español' y recoge testimonios de algunos de los que vivieron aquella jornada. «Era tal el frío que los mismos observadores de Calamocha se quedaron encerrados en un pabellón porque la puerta, que era metálica, se había congelado y hubo que traer un soplete para abrirla y poder sacarlos», recuerda.

Hace unos años en todo el valle del Jiloca se sabía que hacía más frío de lo normal cuando se encendían hogueras en las aceras para evitar que el agua de las cañerías se congelase. Hoy siguen estallando algunas, pero las casas están mucho mejor acondicionadas. No obstante, observa Aupí, cuando el termómetro cae de verdad se hielan hasta las botellas de agua mineral que se guardan en las alacenas. «El último de estos episodios se dio hace doce años y en Calamocha volvieron a estallar muchas calefacciones y conducciones de agua corriente», corrobora.

El frío extremo que se registra en la comarca tiene que ver con su particular configuración, abierta a los vientos del norte y con una altitud que se aproxima a los mil metros. Los cielos son limpios y eso propicia bruscos descensos térmicos durante las noches. «Aquí -explica Aupí-no es necesario que haya una de esas olas de frío que deja a toda la península tiritando una semana para que el termómetro se desplome. Basta con que entre un poco de aire frío y se dé luego una situación de calma atmosférica que coincida con el suelo nevado. Cuando confluyen esos tres ingredientes, el aire inicial se estanca y se producen esos fríos tan extremos».

Luchar por un poste

Eso ocurre por las noches porque por el día, puntualiza el escritor, la ausencia de nubes permite que los rayos del sol caldeen el ambiente hasta alcanzar temperaturas que parecen más propias de otras latitudes. «Los contrastes entre noche y día son muy llamativos, Teruel tiene las temperaturas nocturnas más bajas de la red meteorológica española, pero los valores medios invernales están por encima de capitales como Burgos, Soria o Ávila porque de día el sol se deja sentir». En Calamocha, por ejemplo, es normal que por las noches el termómetro baje a los diez bajo cero y a la mañana siguiente suba hasta los doce en incluso los quince grados. «Las oscilaciones térmicas son muy grandes, a veces de hasta 25 grados, y eso hace que los inviernos sean más benignos de lo que a primera vista pudiera parecer», puntualiza Aupí.

En Teruel están un poco hartos del sambenito de capital del frío, una leyenda que algunos creen que empezó a forjarse durante la Guerra Civil. Las cruentas batallas que se libraron en el Ebro coincidieron con una climatología tan adversa que entre los combatientes el frío pasó a ser un enemigo casi tan temible como el de la trinchera contraria. Pedro Corral, autor del libro 'Si me quieres escribir', lo cuenta así: «Disparaban solo por entrar en calor y luchaban por los postes de teléfono para poder prender fuego. En uno y otro bando solo se hacían guardias de quince minutos para evitar la congelación».

Hubo que esperar unos años más para tener constancia científica de esas impresiones. En 1941 el entonces Ministerio del Aire instaló un observatorio meteorológico en Calamocha porque estaba en la ruta del pasillo aéreo entre Madrid y Barcelona. Fue entonces cuando los registros corroboraron lo que hasta entonces habían sido intuiciones. «Hubo muchas llamadas al observatorio porque en Madrid no se terminaban de creer que las temperaturas pudiesen llegar a bajar tanto».

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