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EL LIBRO QUE CAMBIÓ LA FORMA DE LEER

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EL LIBRO QUE CAMBIÓ LA FORMA DE LEER

Se cumple medio siglo de la publicación de 'Rayuela', la novela que lanzó a la fama a Julio Cortázar y marcó un hito en la literatura latinoamericana moderna

23.06.13 - 00:32 -
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La primera edición de 'Rayuela' salió de imprenta el 28 de junio de 1963. Eran 3.000 ejemplares publicados por la Editorial Sudamericana bajo el amparo decisivo de uno de sus asesores, Francisco Porrúa. La novela anunciaba en el texto de la contratapa, escrito personalmente por Porrúa, que se trataba de una «contranovela». Costaba 480 pesos. Tenía 635 páginas. Y una portada que hoy es ya pura leyenda: sobre un fondo negro una cuadrícula numerada de tiza, como dibujada con prisa infantil, y el título de la novela resaltando en amarillo.

El nombre del autor y el de la editorial iban en azul, aunque el autor había indicado la conveniencia de que Sudamericana se anunciase en rojo. Julio Cortázar era en 1963 algo así como un cuentista de culto, un escritor minoritario «cuya insistente sutileza no disimula la parvedad de su inspiración», en palabras de una crítica de la época aparecida en la revista 'Primera Plana'. Ahora, Alfaguara lanza una edición conmemorativa que incluye un mapa del París en que transcurre la novela y un apéndice en el que el propio Cortázar cuenta la historia del libro.

Cortázar vivía en París desde 1951. Cuando apareció 'Rayuela', tenía 49 años y trabajaba como traductor de la Unesco. También era un escritor seguro de sí mismo, un lector obsesivo y un autor consciente y concienzudo, alguien capaz de trabajar sus textos «como un bárbaro» que llevaba preparando desde su primera juventud el asalto al salón de la gran literatura.

Una vez dentro de ese salón, aspiraba a desordenarlo todo un poco. En 1958, tras publicar 'Los premios', Cortázar le explicaba en una carta a Jean Barnabé qué es lo que pretendía hacer a continuación: «Quiero escribir otra novela, una más ambiciosa, que será, me temo, bastante ilegible; quiero decir que no será lo que suele entenderse por novela, sino una especie de resumen de muchos deseos, de muchas nociones, de muchas esperanzas y también, por qué no, de muchos fracasos. Pero todavía no veo con suficiente precisión el punto de arranque».

Esa novela era 'Rayuela' y hoy sabemos que acertó de pleno: su «punto de arranque» terminaría siendo mítico. Uno de los más conocidos de la literatura en español. Por detrás de «En un lugar de la Mancha...», claro, pero a la altura de «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento...», no muy por detrás de «La ciudad heroica dormía la siesta...», pero a la altura de «Vine a Comala...». No sé si me explico. Quien conozca la novela, me entenderá.

Porque basta con leer las primeras frases de 'Rayuela' para volver a París, a finales de los cincuenta, Barrio Latino, y lo que es más importante, para volver a un particular estado de ánimo, entre la melancolía, la exaltación del descubrimiento y la juventud. Vamos allá: «¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua».

Existencialista austral

Quien habla es Horacio Oliveira, un exiliado argentino en París de temperamento tormentosamente meditativo. Oliveira es un viajero sin rumbo y un intelectual que desconfía del intelecto mientras no deja de encadenar citas cultas y paradojas dialécticas. Amante del jazz y de los juegos de palabras, sospecha que la realidad no es sino una especie de construcción artificial que oculta una realidad más profunda. Oliveira, en fin, es un existencialista austral salvado por un característico humor autoirónico.

Nos lo imaginamos siempre fumando, con los cuellos del abrigo subidos, paseando interminablemente por París, a punto de tener una de sus «crisis karamazóficas». Generalmente más ocupado en sufrir que en trabajar, Oliveira es un hombre complicado. «Aquí todo le duele», se dice de él al comienzo del libro. «Hasta las aspirinas le duelen».

Oliveira anda buscando por París a la Maga, algo así como su exnovia, una joven no tan lista como él a la que abandonó de un modo tirando a miserable. Digamos que la Maga es uruguaya y no sabe quién es Lautréamont lo que hace que en el círculo en el que ella y Oliveira se mueven, el llamado Club de la Serpiente, una fraternidad de resabiados bohemios de buhardilla, no tengan más remedio que suspirar y «beber más vodka». Si Oliveira es el intelecto, la Maga es la pasión y el enigma: puro telurismo femenino.

O digámoslo a la manera de Oliveira: «Hay ríos metafísicos, ella los nada como esa golondrina está nadando en el aire, girando alucinada en torno al campanario, dejándose caer para levantarse mejor con el impuso. Yo describo y defino y deseo esos ríos, ella los nada (...) No necesita saber como yo, puede vivir en el desorden sin que ninguna conciencia de orden la retenga».

Historia de París

'Rayuela' es la historia de Oliveira y la Maga, una búsqueda que se abre en múltiples direcciones, viaja de París a Buenos Aires y da saltos en el tiempo. También da múltiples volteretas formales, entre el 'Ulises' y una página de pasatiempos. Se trata de volteretas, muchas veces nunca vistas. La más evidente es que el libro cuenta con un «Tablero de dirección» y puede leerse de dos formas distintas. Una es la convencional, capítulo tras capítulo. La otra consiste en seguir una ruta de capítulos que Cortázar especifica al comienzo del texto y que comienza en el número 72.

De modo que 'Rayuela', la novela del comienzo archifamoso, también comienza de otro modo. Y este segundo comienzo también es muy conocido, y puede que sea incluso mejor: «Sí, pero quién nos curará del fuego sordo, del fuego sin color que corre al anochecer por la rue de la Huchette, saliendo de los portales carcomidos, de los parvos zaguanes, del fuego sin imagen que lame las piedras y acecha en los vanos de las puertas...»

Esto fue a grandes rasgos lo que se encontraron los lectores de 1963: una novela al tiempo arrebatada y poliédrica, filosófica y lírica que aspiraba a la totalidad y se presentaba hecha pedazos. En ella, incluso se inventaba un idioma: el glíglico. Es probable que nunca antes una novela de evidente peso literario se hubiese presentado abiertamente como un juego. Cortázar deseaba «lectores activos» que pudiesen elegir su camino dentro del texto.

Aquello le salió bien. El libro no tardó en tener un éxito popular masivo. «El efecto de 'Rayuela' cuando apareció en 1963, en el mundo de lengua española, fue sísmico», ha escrito Mario Vargas Llosa. «Removió hasta los cimientos las convicciones o prejuicios que escritores y lectores teníamos sobre los medios y los fines del arte de narrar y extendió las fronteras del género hasta límites impensables».

Curiosamente, la crítica tardó más en ver la importancia de la novela. La reseña del crítico de 'La Nación', Juan Carlos Ghiano, hablaba de un texto mal resuelto y «falto de matices». Ghiano aseguraba que era «imposible» que «un lector de 1963» se sorprendiese por la ambición de Cortázar y sus «disquisiciones de tema diverso». El crítico reconocía el «sabor argentino» del libro, pero lo tomaba como una especie de enormidad sin fundamento. «Es posible que el lector se sienta harto de tanto alarde en el vacío», escribió.

Sin embargo, 'Rayuela' agotó su primera edición en pocos meses y propició algo que hasta entonces no había sucedido: la reedición de los libros anteriores de Cortázar. Fue su salto definitivo a la fama. De 'Bestiario', por ejemplo, tuvo que hacerse una reedición cada año entre 1964 y 1970. En 1966 'Todos los fuegos el fuego' salió con una tirada que casi multiplicaba por ocho la de 'Rayuela': 23.000 ejemplares.

Todo ese éxito -que llegaría a rozar la mitificación, incomodando a Cortázar- comenzó con Oliveira buscando a la Maga por París. El fenómeno fue veloz y generacional: fueron los jóvenes los que eligieron ese libro y a ese autor mientras los mandarines de los periódicos y las revistas especializadas hablaban de juegos formales ininteligibles y de páginas que no alcanzan «la novedad anunciada con insistencia».

Si Cortázar no acertó con la novedad, lo hizo con algo más esquivo e importante: la modernidad. 'Rayuela' consigue atrapar el clima emocional de una época y una generación. Eso explica el éxito popular del libro y su influencia posterior. Tras la publicación de la novela, los jóvenes hispanohablantes soñaban con viajar a París para vivir como «falsos estudiantes» y pasar las noches perorando sobre Nietzsche y Artaud, escuchando a Charlie Parker, siendo felices mientras se sentían profundamente desdichados.

Ellos querían ser Oliveira; ellas querían ser la Maga. Carlos Fuentes escribió que 'Rayuela' consiguió dar un sentido a la modernidad de su generación: «La hizo crítica e inclusiva, jamás satisfecha o exclusiva, permitiéndonos pervivir en la aventura de lo nuevo». Lo llamativo es que ese efecto pervivió a través de los años. Roberto Bolaño tenía diez años cuando se publicó la novela y debería haber visto al argentino como a uno de esos padres literarios a los que se impone la necesidad de matar. Pero eso no ocurrió: «Mi generación, de más está decirlo, se enamoró de 'Rayuela'», escribió Bolaño en un artículo de 2001, «porque eso era lo justo y lo necesario y lo que nos salvaba».

Los años

Sin embargo, esa virtud puede haberse tornado en una especie de defecto insalvable: 'Rayuela' es una novela que envejece mal. Ahora cumple medio siglo y aquellos jóvenes que querían fumar mucho en París tienen nietos y han sido todos comisarios, empresarios y ministros. La perspectiva complica sin duda la fascinación a la hora de la relectura. Hay en 'Rayuela' una complicada mezcla de candor, autocomplacencia y esnobismo, que probablemente no sea sino el espíritu intocado de la juventud.

Salvada esa distancia, la relectura del libro puede proporcionarnos otros placeres sosegados. Por ejemplo: la novela está maravillosamente escrita. Y también está atravesada de un constante humor que muchas veces se vuelve contra su propia solemnidad. Son cosas que quizá no se aprecian cuando se lee por primera vez, generalmente en busca de todo el prestigio y la identificación que aguarda en esta clase de libros de iniciación.

Lo cierto es que pocos libros tiene uno en su biblioteca tan subrayados y pintarrajeados como 'Rayuela'. Para manejarse por él no hacen falta solo notas, sino también croquis. Enfrentarse años después a esas anotaciones es un ejercicio melancólico y significativo ¿Qué querrán decir todos esos diagramas con referencias al «kibutz» y al «centro dominante»? Cortázar dijo que, si no hubiese escrito 'Rayuela' se habría tirado al Sena. La novela, por cierto, iba a llamarse 'Mandala' y cambió de título en el último momento. De todo eso hace ya cincuenta años. Un día del verano de 1963, Julio Cortázar recibía en París su ejemplar de 'Rayuela' y bromeaba con Francisco Porrúa sobre el telegrama que debía de haberle enviado de vuelta: «ACUSO RECIBO LADRILLO STOP ¿YO ESCRIBÍ ESO? STOP MUY ABRUMADO POR PESO DEL ARTEFACTO».

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