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Los sucios hábitos del cura Barceló

SOCIEDAD

Los sucios hábitos del cura Barceló

Las víctimas de los abusos aplauden que la Iglesia expulse del sacerdocio al párroco de Mallorca acusado de pederastia, antes incluso de que se pronuncie la Justicia. Pero él sigue libre, arando sus campos con un tractor

14.04.13 - 00:34 -
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Mateu Ferrer era un inocente catequista que en 1997 estaba en la parroquia de Can Picafort, al norte de Mallorca, adonde acudía habitualmente con un grupo de chavales. Como monitor tenía llaves de algunas dependencias y un día abrió la puerta trasera de la casa del párroco para pedirle un cable para un radiocasette. Nunca olvidará aquel momento. Tras la puerta encontró al sacerdote Pere Barceló tocando a una niña de 10 años. Quedó en estado de 'shock'.

Nunca se había fijado. Nunca había caído en que la siesta tenía un significado espantoso para los chiquillos. Cuando Barceló, según las víctimas, se llevaba a una niña con él a descansar, el cura abusaba de ella. Mateu Ferrer tardó en denunciar los hechos. Y el párroco, al ver que no lo hacía, entendió que no se iba a atrever. Así que decidió excederse más aún. El catequista nunca lo supo. Hasta que hace unas semanas, 15 años después, abrió el periódico en el que trabaja, el 'Diario de Mallorca', y leyó la entrevista que publicaron con aquella niña, ahora adulta. La lectura le dejó horrorizado. «Al ver que ni el catequista ni yo contábamos nada, se sintió más seguro y empezó a violarme. Él tenía un mayor sentimiento de posesión. Esto duró hasta que el catequista presentó la denuncia. En este momento se paró todo, supongo que por miedo», acusó la joven.

Mateu Ferrer, en realidad, sí que denunció los hechos, pero no fue hasta 1998, un año después. Hay que entender el contexto de la época, cuando en España apenas se hablaba de abusos a menores. Y menos aún por parte de sacerdotes. Pero el instinto periodístico de Ferrer comenzaba a aflorar. Y con la ayuda del anterior párroco empieza a descubrir las diabólicas prácticas de aquel cura que él consideraba su amigo. Y tiró del hilo. Entonces vio que antes de Can Picafort, Barceló estuvo en Cala Rajada (1996). Y que allí también dejó su sucio rastro. Y mucho antes (1984-1986), como misionero, en la parroquia de Gitongo, en Burundi, donde una monja se marchó harta de que sus denuncias resbalaran a la Iglesia.

El Obispado de Mallorca también ignoró la denuncia del catequista. Peor aún, cuando Mateu Ferrer fue a pedir explicaciones, el vicario episcopal del obispo del momento, el valenciano Nicolau Pons, le espetó: «Tú haz lo que quieras; total, ganaremos nosotros». Y sí, la verdad es que 'ganó' él. La causa no prosperó y Mateu y las niñas intentaron olvidar.

No fue fácil, como explica Carlos Nadal, el abogado de la víctima de las presuntas violaciones de Barceló. «Hay que entender que vive en un pueblo muy pequeño y aún hoy se cruza casi a diario con el cura». Can Picafort es una zona turística de Santa Margarida con 5.000 vecinos, aunque cuenta con 35.000 plazas hoteleras. El sacerdote, después de la primera denuncia, acudió a casa de la niña para hablar con sus padres y convencerles de que era mentira: «Mis padres se enteraron de la denuncia del catequista porque se lo dijo Pere. Él vino a mi casa a contar que le habían puesto una demanda por abusar de mí, pero aseguró que todo era falso y que era una invención del catequista y del anterior párroco, porque los dos querían sacarlo de Can Picafort. Me preguntaron si era cierto, pero yo estaba amenazada por él, y evidentemente mentí a mi familia. Les dije que no pasó nada y que todo era falso».

El asunto quedó en el olvido. Salvo en las cabezas atormentadas de Mateu y las supuestas víctimas. Los años pasaron y cada uno intentó rehacer la vida a su manera. La memoria se reactivó en la mente del ahora periodista cuando le ofrecieron participar en un documental de TV3 sobre abusos a menores. Él accedió, pero sin dar grandes detalles. 'Els monstres de ca meva' (Los monstruos de mi casa) fue emitido en el canal autonómico catalán en noviembre de 2010. Y poco después en el balear, en IB3.

Esos doce años fueron mano de santo. El joven y las niñas maduraron. Y la iglesia cambió. El Papa, después de conocer los escándalos de Irlanda, Austria o Estados Unidos, exigió mano dura. La nueva doctrina de Benedicto XVI amplía el plazo de tiempo (de 10 a 20 años a partir de la mayoría de edad) para que prescriban los delitos, y obliga a los obispos a investigar y juzgar a los sacerdotes.

Trabaja en un hotel

Y eso hicieron en Mallorca tras ver el documental sobre abusos. Primero, en marzo de 2011, el obispo Jesús Murgui apartó cautelarmente a Barceló de sus oficios pastorales y, después, su sucesor, Xavier Salinas, se mostró inflexible con la sentencia del Tribunal Eclesiástico que imponía la pena máxima para el acusado: expulsión del estado clerical y prohibición para ejercer como sacerdote por «gravísimos delitos». Aunque desde el 'Bisbat' de Mallorca recuerdan que la sentencia tiene que ser ratificada en Roma.

Más dura es la puntualización de Carlos Nadal. «La sentencia canónica ha marcado un hito, pero el sacerdote sigue en libertad». El letrado viene a decir que aún está pendiente la causa penal y una condena que puede elevarse a «12 años de prisión». Mientras tanto, Pere Barceló -que ahora tiene 60 años- seguirá campando a sus anchas por sus dominios, arando su finca a lomos de un tractor verde o acudiendo cada noche a trabajar como conserje en un par de hoteles de Can Picafort.

Pero el simbolismo de la sentencia del tribunal eclesiástico ha caído como una bendición. Rana es una asociación balear sin ánimo de lucro que lucha por prevenir el maltrato y el abuso sexual infantil. Beatriz Benavente, psicóloga y coordinadora de esta fundación que acogió a las tres primeras víctimas que se atrevieron a denunciar al cura en esta segunda oleada, no se lo podía creer cuando vio la sentencia canónica. «Es inédito que se expulse a un cura por pederastia. La Iglesia nos está demostrando que ahora sí se lo toma en serio, y esta sentencia anima a la gente a denunciar y a romper el silencio».

Benavente conoce bien a los abusadores. «Son muy manipuladores y, por lo general, tienen acceso a muchos niños, por lo que suelen abusar de ellos». Ella, como ocurrió con la investigación del catequista, ha podido ahondar en los turbios asuntos del sacerdote Barceló. Ambos llegan a la misma conclusión. «Hay muchas más víctimas de las que han salido. Ahora esperamos que esta sentencia las anime a denunciar».

Los curas le defienden

La sentencia es firme, como firme ha sido la postura del obispo Salinas ante el corporativismo que brotó para proteger a Barceló. Pere Fiol, párroco de Muro, salió en su defensa en los micrófonos de UH Radio y deslizó críticas de mal gusto sobre la joven violada. «No creo que estuviera cohibida. Esta chica no parece que tenga un carácter precisamente cohibido. Dudo que estuviera coaccionada por el rector». La respuesta de la víctima, fulminante, fue presentar una querella. O Miguel Mulet, otro párroco que sugiere que pida perdón y siga como sacerdote. El obispo llamó al orden a todos ellos.

Aquella niña tardó en digerir lo que le pasó. No se lo contó a la familia hasta 2012. Primero, a su pareja; luego, a una de sus hermanas y a su padre. Vomitó toda la rabia que llevaba dentro desde hace años, enterró sus miedos, la vergüenza de ser señalada en Can Picafort, y acusó al presunto violador que había ensuciado su vida. Ese día su padre llamó a Pere Barceló y le dijo que no volviera a aparecer por casa. La vida sigue, pero ahora todos esperan el fallo del juzgado número 3 de Inca.

El panorama cambió radicalmente con la nueva doctrina de Benedicto XVI, quien pidió perdón y ordenó a los obispos investigar y juzgar a los curas pederastas. Su sucesor en la silla de Pedro, el Papa Francisco, alentó a continuar con la política de tolerancia cero y que se actuara «con determinación».

Uno de los casos más sonados fue el de los Legionarios de Cristo. Su fundador, el mexicano Marcial Maciel, fue pederasta y en 2009 se supo que era padre de una joven española. El Vaticano investigó 20 casos de abusos en nuestro país, casi todos en el seminario de Ontaneda, en Cantabria.

La Iglesia católica se ha visto obligada a desembolsar unos 1.500 millones de euros para indemnizar a las víctimas de abusos sexuales, principalmente en los países donde se han destapado grandes escándalos, como es el caso de Bélgica, Holanda, Austria, Estados Unidos o Irlanda, donde la iglesia llegó a la bancarrota por las reparaciones económicas.

La Justicia española prácticamente comenzó a juzgar y condenar a los curas por abusos de menores a partir de 1997. Algunas de las condenas más contundentes fueron para José Luis Untoria (1997) en Salamanca, inhabilitado para la docencia durante 30 años; Francisco Javier Liante (1998) en Cuenca, cuatro años y nueve meses de prisión menor; Amador Romero (2001) en Granada, 18 meses de prisión; José Domingo Rey (2004) en Córdoba, 11 años de cárcel; Edelmiro Rial (2004) en Pontevedra, 21 años de cárcel; Luis José Beltrán (2004) en Jaén, ocho años de prisión; José Martín de la Peña (2005) en Madrid, diez años de prisión y ocho de inhabilitación; o José A.A. (2010) en Navarra, 16 meses de prisión.

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