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ANÁLISIS

¡¡¡YA!!!

España está perdiendo un tiempo precioso en discusiones bizantinas, pueriles, inútiles y absurdas. Hay que acelerar las reformas. Europa tiene que saber, indubitadamente, que esta vez, vamos en serio

29.08.12 - 00:18 -
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Que estamos en una situación crítica, es algo que no se le escapa a nadie. Los españoles -Estado, particulares y empresas- debemos casi tres billones de euros, 500 billones de pesetas, con «b» de barbaridad y aunque en estas últimas semanas, tanto los mercados bursátiles como los de deuda nos han dado un ligero respiro, lo cierto es que el momento es extremadamente complicado.
Cada día son más los que -alarmados por un cuadro económico muy deteriorado, especialmente sangrante en el caso del desempleo- se preguntan si la política que está aplicando el gobierno es la indicada o, si por el contrario, no hace más que agudizar la crisis.
Lógica esa zozobra cuando el paro supera la tasa del 25% (50% entre los jóvenes), cuando nuestro PIB sigue contrayéndose trimestre a trimestre, cuando los recortes salariales nos empobrecen a los que tenemos aun la suerte de seguir trabajando, cuando los autónomos cierran masivamente sus negocios, cuando la precariedad laboral tiene a todos con el corazón en un puño, cuando la emigración vuelve a ser una primera alternativa para muchos compatriotas, cuando el crédito se cierra a los empresarios que no han sucumbido aun al tsunami de concursos que inundan los juzgados. Normal, que ante tal galopante quebranto, todos nos preguntemos si se está aplicando la receta adecuada para la coyuntura más compleja de los últimos 75 años o si habría que virar drásticamente la política económica.
En este sentido, y coincidiendo prácticamente en el tiempo, publicaban días atrás los dos diarios económicos más influyentes del mundo (el Wall Street Journal y el Financial Times) sendos artículos muy críticos con la política de Rajoy. En el primero la editorialista del WSJ, Mary O'Grady, aventuraba para nuestro país un inminente rescate a la «griega», es decir, duro; mientras en el FT, dos prestigiosos catedráticos españoles, Fernández Villaverde y Luis Garicano, profesores de la universidad de Pennsylvania el primero y de la London School of Economics, el segundo, alertaban sobre los resultados catastróficos a corto plazo de las medidas aplicadas por el ejecutivo español.
Cuando personalidades tan cualificadas, y con tanto peso, coinciden en sus diagnósticos, parece razonable, al menos, no dejar caer en saco roto su argumentario.
Buena parte de las reformas que nos han marcado tanto el FMI como la UE para ayudarnos a financiar tan descomunal deuda, se han hecho ya, y se han hecho por imperativo de la lógica: no podemos pagar lo que debemos si no es con el apoyo de Europa, y Europa no nos apoya si no cumplimos los deberes que nos impone. Punto. Nadie recorta caprichosamente. Se trata, sencillamente de evitar nuestro default, nuestra quiebra. No hay alternativa, o, para ser más rigurosos, la única alternativa a estos severos recortes es la salida del euro. Si no entendemos eso, no hemos entendido la crisis.
Lo demás, lo diga quien lo diga, no es verdad. Tenemos que equilibrar nuestras cuentas si o si, y además, hacerlo a muy corto plazo (más de 5 puntos de PIB en menos de dos años) y eso solo se puede conseguir, recortando drásticamente el gasto y tratando de mantener ingresos, algo que en periodos recesivos, obliga a subir impuestos y a crear nuevas tasas. ¿Tiene alguien otra receta, medidas demagógicas al margen?
Volviendo a los deberes hechos -muchos- y a los por hacer -muchos más aun-, hay que recordar que el gobierno arrancó la legislatura anunciando medidas para lograr la estabilidad presupuestaria y endureciendo la fiscalidad; después, amén de otros cambios de menor calado, acometió dos grandes reformas históricamente pendientes en nuestro país: la laboral y la bancaria. La primera para tratar de evitar que cada crisis triplique nuestra tasa de desempleo y la segunda para despolitizar la catastrófica gestión que hicieron en las cajas de ahorros la llegada a sus consejos de las cuotas políticas.
Arrancadas esas dos, solo falta ya la reforma de la administración. Sin duda la más difícil de afrontar y seguramente, la más necesaria. No podemos tener duplicado, cuando no triplicado, parte del gasto público; no necesitamos el Senado, ni tampoco tantísimo diputado regional, ni tantísimo concejal, ni tantísimo consejo económico y social, ni tantísima televisión ni radio autonómica, ni tantísimo consejo consultivo, ni tantísima empresa pública, ni tantísimo gasto superfluo, ni, por supuesto, tantísimo asesor como tenemos, ni tantísimo dinero para subvencionar partidos, sindicatos, organizaciones empresariales y demás entes afines a la casta política; tendremos también que reducir a lo absolutamente imprescindible, el número de eventuales e interinos en una administración manifiestamente sobredimensionada, que en un ejercicio descarado de despotismo ha incrementado abusivamente el número de empleados públicos en los últimos veinte años, duplicando la cifra de los mismos. Tendremos, además, que racionalizar proyectos faraónicos solo asumibles en la megalomanía de épocas en la que primaba -a veces incluso obscenamente- lo deseable sobre lo razonable. Habrá, en definitiva, que aplicar en la gestión local, autonómica y nacional, criterios de austeridad, lógica y viabilidad que nos puedan devolver cuanto antes a la senda del crecimiento y además, hacer todo ello antes de que la recesión actual acabe definitivamente por asfixiarnos. No podemos seguir poniendo parches, maquillando, retocando un Estado que lo que necesita a todas luces, son reformas de gran envergadura, tan grandes como grandes han sido los abusos que han cometido unos y otros, en la generación del problema.
Sabemos que un pacto PSOE-PP de calado suficiente para afrontar reformas en esta dirección, es una ilusión, una quimera, un imposible y aunque lo queramos el 99% de los españoles -que lo queremos- nunca se hará. El PSOE no apoyará pactos en esta línea...como tampoco el PP apoyó en su día medidas mucho más timoratas, que hubieran conseguido -cuanto menos- reducir los efectos diabólicos de esta crisis.
No es momento de que unos insistan en hablar machaconamente de la herencia recibida, y los otros contraataquen cansinamente diciendo que las mayores deudas las generaron autonomías populares. Hay que unir esfuerzos y alcanzar un pacto de Estado ya. Un pacto, que de conseguirse, tendría unos efectos exponenciales sobre sus resultados al recibirse -sin duda- con euforia por los mercados.
España está perdiendo un tiempo precioso en discusiones bizantinas, pueriles, inútiles y absurdas. Nos enrocamos en planteamientos insustanciales de forma permanente, mientras cada día el cuadro macroeconómico es más preocupante. Negamos sistemáticamente lo evidente y retrasamos decisiones, que inexorablemente, tendremos que acabar tomando. Los políticos están fuera de la realidad, enfrascados en batallitas, en ataques cruzados, en «guerritas» en Twitter. Mañana puede ser tarde. Hay que acelerar las reformas. Europa tiene que saber, indubitadamente, que esta vez, vamos en serio. Y lo tiene que saber, porque le estamos pidiendo ayuda.
Nosotros, solos, no lo conseguiremos, pero con su apoyo, superaremos esta crisis y además saldremos reforzados. Sin duda. Pero hagamos todo lo que tengamos que hacer. y hagámoslo ¡¡ya!!
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