Delfín Hernández (Cuacos de Yuste, Cáceres, 1932) pasa unos días de descanso en su pueblo natal. Concede esta entrevista por teléfono, después de asistir a la misa de domingo en el Monasterio de Yuste. No escatima detalles en sus respuestas. Su móvil, dice, no ha parado de sonar desde que el pasado viernes la Junta anunció que recibirá la
Medalla de Extremadura, la máxima distinción de la región. Será el próximo 7 de septiembre en el Teatro Romano de Mérida. Compartirá protagonismo con el escritor Víctor Chamorro, el reportero Miguel de la Quadra-Salcedo, el compositor Miguel del Barco y las hermanas del Cottolengo del Padre Alegre, que desarrollan su labor asistencial en Las Hurdes.
Casado y padre de cuatro hijos, Delfín se crió en el seno de una familia humilde de la Vera. Su máxima, asegura, siempre ha sido trabajar por los demás. «Uno se gana la vida con su trabajo, pero se construye la vida con lo que da. Y yo he procurado dar mucho». Inició su carrera en el ámbito rural hasta que en 1975 llegó al Hospital San Pedro de Alcántara para ocupar su plaza como especialista en medicina interna. Tras su jubilación, en 1997, se convirtió en el presidente de la Asociación Española contra el Cáncer en Cáceres, un cargo que dejó hace apenas unos meses. También ha sido cofundador de la Real Asociación de Caballeros de Yuste, alcalde de Cuacos, promotor de la asociación de vecinos La Madrila y de la asociación cultural Amigos de la Vera. Ha escrito una decena de libros, entre los que destaca un volumen dedicado a sus vivencias como médico rural. Confiesa sentir auténtica pasión por la música -toca el acordeón, la guitarra, el piano y el laúd- y la historia. «Todavía me quedan muchas cosas por hacer. Me encuentro con ganas de seguir trabajando y luchando por mi tierra», confiesa.
-¿Cómo se enteró de la concesión de la Medalla de Extremadura?
-El viernes estábamos en fiestas en el pueblo y yo estaba viendo la vaquilla por la mañana. De repente, miré el móvil y vi que tenía un montón de llamadas perdidas. Al ver que tenían el prefijo 924 pensé inmediatamente que me habían llamado de la Asociación Española Contra el Cáncer en Badajoz porque había pasado algo. Al devolver la llamada, me enteré de todo. Era el teléfono de un medio de comunicación que me llamaba para darme la noticia. Me eché a llorar como un niño porque pensé en lo que pude hacer y no hice, de las personas a las que no pude salvar. Me acordé de todos los enfermos que han pasado por mi consulta y que han tenido que apoyarse en mi hombro para recibir consuelo.
-Imagino que estará recibiendo muchas felicitaciones, ¿no?
-Me han llamado desde Zaragoza, Cuenca, desde San Sebastián... La noticia ha trascendido.
-De usted se ha destacado su compromiso con la tierra, además de su labor en el campo de la medicina, la cultura y la participación en obras de naturaleza social. ¿Cuál cree que ha sido su principal mérito para ser merecedor del máximo galardón de la región?
-Dedicarme a la sociedad en cuerpo y alma y defender la cultura de mi tierra, donde he luchado lo que no está escrito en los libros.
-¿Por qué estudió Medicina?
-Cuando tenía ocho años mi padre me llevó al Seminario de Salamanca para que hiciera allí Bachiller. En aquella época, era una manera de poder estudiar sin que te costara un duro. Pero cuando me preguntaron si, de verdad, quería ser sacerdote, respondí que yo lo que quería ser era médico. Mi padre se llevó un disgusto porque no me aceptaron.
-¿Por qué lo tenía tan claro a los ocho años?
-Porque poder curar a una persona me parecía lo más hermoso del mundo.
-¿Y qué pasó después?
-Primero estudié desde casa y luego me llevaron al colegio de San Antonio. Después, al aprobar la reválida, me marché a Salamanca a hacer la carrera. Y en tercer curso me marché a la Universidad de Sevilla, a Cádiz, porque todos mis compañeros se cambiaron huyendo de química orgánica, que era muy difícil. Yo, en cambio, saqué sobresaliente. Acabé la carrera en Cádiz.
-¿Cuál fue su primer destino?
-Primero tuve que hacer la mili en el campamento de El Goloso, en Madrid. Mi primer destino fue el hospital Gómez Ulla, donde hice dos especialidades: pediatría y medicina interna. Dos años y medio después regresé a Extremadura y comencé a ejercer la profesión en una finca de colonos, Vega Mesillas, perteneciente a Aldeanueva de la Vera pero situada en el término municipal de Collado.
Los comienzos
-Así empezó su carrera como médico rural, ¿no?
-Sí, después también comencé a atender a Collado de la Vera. En 1960 me casé y me establecí en Jaraíz, donde también tenía consulta. Luego me dieron el pueblo de Arroyomolinos. Así que llegó un momento en el que llevaba al mismo tiempo Mesillas, Collado, Jaraíz y Arroyomolinos. Fue la etapa más bonita y más hermosa que he tenido como médico rural. Tenía 26 años y me comía el mundo. Me prestaron una moto para moverme de un pueblo a otro porque yo no tenía dinero para comprarme una.
-En 1975 decide cambiar de destino y ejercer su especialidad en medicina interna en el Hospital San Pedro de Alcántara, donde se jubiló. ¿Qué recuerdos tiene de esta etapa?
-Recuerdo con mucho cariño desde el jardinero a las mujeres de la limpieza. Y, sobre todo, a mis compañeros: Antonio Silva, Juan Pérez, José Luis Rosado, Mari Asun Jiménez, Alberto Coto, Leandro Crespo... Éramos como hermanos. Adorábamos la profesión. Entonces no había tantos adelantos, pero resolvíamos los problemas con nuestro grado de inteligencia y preparación, una buena exploración física y una buena historia clínica.
-¿Qué opina de los recortes sanitarios que se están llevando a cabo?
-De este tema no me gusta opinar porque yo he hecho una medicina diferente a la que se hace ahora. He sido enemigo de los calmantes y los analgésicos. Socialmente los recortes están muy mal vistos, pero por encima de ellos está la esencia de la medicina: el diagnóstico precoz, la prevención y los hábitos saludables.
-En 2006 un grupo de personas se movilizó y solicitó que le concedieran esta medalla. ¿Para quién pediría usted esta distinción?
-Para algunos cabreros -su madre fue cabrera- y para algunas familias que han sacado a diez y doce hijos adelante sin tener un duro y trabajando como esclavos.