El cuerpo humano tiende a mantener una temperatura constante de entre 35 grados y medio, y 36 grados y medio. Si este nivel cambia a causa de factores ambientales como la ola de calor que estos días castiga Extremadura, se pueden sufrir alteraciones que activen los mecanismos naturales de defensa de nuestro cuerpo.
«Nuestro 'termostato' corporal puede llegar a aguantar una variación de entre 32 a 42 grados. Si superamos o estamos por debajo de estas temperaturas, los órganos se agotan y empiezan a fallar», apunta el doctor Leandro Fernández, vocal de la Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria (Semergen).
Explica el doctor Fernández, que nuestra biología nos permite ser resistentes a temperaturas ambientes extremas de hasta 60 grados, pero en un periodo limitado de tiempo. Una exposición prolongada a temperaturas superiores a 40 grados, como las de hoy en casi toda la región, irá produciendo un deterioro paulatino del organismo.
Alvierte el doctor Francisco Carramiñana, facultativo del Centro de Salud del Barrio de San Roque en Badajoz, que si el cuerpo está expuesto a temperaturas mayores de 42 grados se pueden producir lesiones a partir de los 45 minutos y asegura que si la situación se extiende a las 8 horas, se podría hasta morir.
Los expertos explican, sin embargo, que nuestro organismo reacciona ante este tipo de situaciones. «Cuando percibe una variación térmica brusca, comienza a acelerar nuestro ritmo cardiaco, segregando hormonas destinadas a refrigerar la zona externa de nuestro cuerpo, la piel, a través del sudor», argumenta el doctor Fernández.
Una primera reacción en la que entra en acción un elemento vital para las personas, el agua. Señala Fernández que cuando sudamos por altas temperaturas, el proceso es similar al de una fiebre leve, porque «el organismo reacciona al calor igual que cuando tiene fiebre».
Afirma también que la exposición a un foco de calor intenso mayor de 40 grados puede provocar cefaleas, quemaduras solares, o incluso un golpe de calor intenso.
Los golpes de calor, muy habituales en estas fechas, son indicativos de que nuestro cuerpo no puede más. «El organismo se queda sin mecanismos de compensación, llegándose a provocar una deshidratación severa. Si el afectado es atendido rápidamente pueden evitarse secuelas, pero si no es detectado a tiempo las consecuencias cerebrales pueden ser irreversibles», asevera el doctor Carramiñana.
Este tipo de reacción está asociada a esfuerzos físicos o trabajos bajo altas temperaturas, donde no se presta atención a protegerse lo suficiente. Los síntomas más comunes a la hora de detectarlo pueden ser: sensación de malestar, confusión y desorientación, hipertensión, pérdida de agudeza visual o enrojecimiento de la piel.
Existen también cuadros más leves, tal como nos explica Carramiñana, este es el caso de los calambres musculares o el agotamiento por calor. La fatiga o agotamiento que se manifiesta con falta de apetito, insomnio o debilidad corporal.
Pero no sólo la altas temperaturas pueden causar estos cuadros, una larga exposición a menos grados, pero por un periodo de tiempo continuado, también puede afectar a la salud, especialmente en los grupos de riesgo como niños, ancianos, personas con discapacidades físicas o psíquicas, en los que la respuesta corporal no es tan eficiente, siendo necesario extremar las precauciones y la vigilancia.