Las 23 horas. La noche cerrada y cálida, acompañada de la luna como espectadora privilegiada. El público, impaciente y deseoso de risas, aplaude para que no se demore mucho más el comienzo de 'La Odisea' de Homero, obra que marca el ecuador del Festival Internacional de Teatro Clásico de la capital autonómica, y que estará en cartel hasta el 12 de agosto, exceptuando lunes y martes.
Diez minutos después, bajando por uno de los accesos, 'El Brujo', director, escritor y único protagonista de la obra, rompe con naturalidad esa cuarta pared que separa al público del actor. Se muestra cercano y accesible. Saluda y pregunta a los presentes si conocen la historia del gran Ulises. Comienza su particular encantamiento, comienza su peculiar espectáculo.
Al son de la música, de la que se valían los aedos para transmitir los grandes poemas épicos, canturrea «dime musa, dime, cuenta, qué fue de aquel hombre», como el que llama a la inspiración, mientras se dirige con sus particulares andares hacia la orchestra, que se convierte en el epicentro de la obra. Los presentes, cerca de 1.300 personas, comienzan a esbozar las primeras sonrisas.
Con el público desde el comienzo en el bolsillo, las luces se apagan, la oscuridad inunda cada rincón del recinto, menos en la zona de la orchestra, donde se concentra un foco de luz azulina que ayuda a crear esa atmósfera marina y metafórica del viaje que realiza Ulises.
En su papel de aedo, cantor épico de la antigua Grecia, explica a los espectadores las más sonadas peripecias e infortunios que se relatan en 'La Odisea'. La llegada a la isla de la diosa Calipso, la huida de la cueva y el engaño a Polifemo. Eso sí, haciendo uso de gags y chascarrillos a los que 'El Brujo' acostumbra a recurrir en sus obras, además de aludir a personajes controvertidos y de primerísima actualidad.
Shakira, Piqué, Mario Vaquerizo, Punset, Rajoy, Obama e incluso Leire Pajín, tienen su momento en esta peculiar versión, que en algunos momentos peca de parecer una sátira de los últimos años, más que de transmitir la odisea del propio Ulises por llegar a casa. Quizás por ese afán de que el público entienda la epopeya, o como él mismo comenta en la representación, porque «el título lo pongo para despistar», en tono jocoso.
No falló la risa
Participar en el Festival de Teatro Clásico, y defender una comedia, en ocasiones resulta una responsabilidad. Pero 'El Brujo' de eso entiende, y pocas veces falla cuando busca hacer reír a su público.
Los aplausos y carcajadas resonaron en el graderío en esos instantes en los que, siempre desde el humor, menciona y critica a los políticos y las medidas tomadas en los últimos días.
Sin pelos en la lengua, y a escasos metros de José Antonio Monago, presidente de la Junta de Extremadura; Pedro Acedo, primer edil de la capital autonómica; y Trinidad Nogales, consejera de Educación y Cultura, entre otros, se alza como la voz del pueblo y critica la subida del IVA que afecta a los espectáculos culturales, y no al fútbol y las citas taurinas. Siempre, claro, desde el humor, y acompañado de los aplausos de los asistentes.
El descanso llega, aproximadamente, hora y media después, con alguna que otra equivocación en el monólogo, propia del estreno y, como suele decirse, del directo.
Los espectadores apenas parecen percatarse del paso de las agujas del reloj, ensimismados por la magia que transmite 'El Brujo', que incluso en solitario, consigue llenar el espacio, aunque limitado, en el que se mueve y donde no hay lugar para el aburrimiento.
Tras una primera parte estructurada e incluso brillante, por el ingenio a la hora de construir las descripciones, comienza la segunda por debajo del nivel impuesto al comienzo y descendiendo de nuevo entre el público. Anécdotas, 'feedback' con los espectadores y poco de Odisea.
Más de 'El Brujo' y menos del clásico, para un final que parecía improvisado, demasiado rápido, del que se recoge una moraleja. «Todo lo que hacemos, tenemos que contarlo», puntualiza mientras desaparece para volver y recoger los aplausos masivos del siempre agradecido público emeritense, que no dudó en ponerse en pie.
Escenario deslucido
Una plataforma cubierta, donde prima el blanco. Piedra orgánica que con la luz de los focos destella como las olas del mar. Unas conchas, que decoran el escenario, para simular un paisaje marino, y un altar desde donde se comunica Zeus. Todos los elementos situados en un espacio reducido y delimitado por las luces, que esconden y relegan a un segundo plano el Teatro Romano. Con este montaje, se desaprovecha la grandiosidad del escenario romano, que poco aporta a la escenografía de la obra.
Lo mismo sucede con el vestuario, muy parecido al que presentó hace tres años con 'El Evangelio de San Juan'. De negro con detalles en rojo, poco llamativo y sin saber bien de qué va vestido, a algunos les parecía recordar al gran Sandokan que surcaba los mares. A todo menos al viejo aedo y sagrado que interpreta en esta ocasión.
La música, de ritmo oriental, que acompaña al actor pertenece a Javier Alejano, que participa en la mayoría de las representaciones de Rafael Álvarez, junto a dos percusionistas, Daniel Suárez 'Sena' y Mauricio Loseto.
Las notas y el ritmo, enlazan perfectamente con el monólogo del actor, aportando sensaciones a las palabras, capaces de transmitir el mareo del mar y el remar de los marineros. Los efectos y el juego de luces, lo mismo transportan a los espectadores a una playa paradisíaca, que lo hacen temblar por los estruendos del dios Zeus.
Impresiones
Los estrenos siempre son complicados, los nervios traicionan hasta al más experimentado, aunque en esta ocasión todo fluyó con naturalidad. Rafael Álvarez, tras la representación, y de nuevo de blanco, explicó que ahora disfruta más de los espectáculos que antes, por el futuro incierto que tienen los festivales.
Ese disfrute y alegría contagió a los presentes en el catering de después, donde resaltó el entusiasmo que le produce el tener la oportunidad de volver a Mérida y poder participar por cuarta vez en este festival de teatro, al que regresaría cuatro veces más si el tiempo se lo permite.
También reconoció que comienza a notar la edad a la hora de presentar sus trabajos, más maduros y enlazados que anteriores ediciones. «Me he dado cuenta de que estaba todo hecho», puntualizó Álvarez, quien además añade que «con los años aprendes a estructurar y encajar mejor los elementos del espectáculo».
Cuando pisó por primera vez en esta edición la arena del Teatro Romano, ya tenía claro donde se iban a ubicar los elementos del decorado, así como el diseño, montaje y dirección de la iluminación, que delimita el escenario.
El actor cordobés prometió una representación de esas que alimentan el alma y nutren el espíritu. Prometió también no defraudar a los que venían buscando «cachondeo», como él mismo indicó en la entrevista ofrecida al diario HOY.
Lo primero quizás puede ser discutible. Lo segundo lo consiguió en el minuto dos.