Es una de las ermitas menos conocidas de Cáceres. El templo, levantado en el siglo XVI y dedicado a la advocación de Santa Ana, se encuentra en el interior del Cefot, el centro de formación del Ejército de Tierra, situado en la carretera de Mérida. Mucho se ha hablado durante los últimos meses sobre la continuidad de los soldados en la ciudad, hasta que el Ministerio de Defensa anunció el 25 de mayo que mantendría abiertas las instalaciones, creadas en 1964.
Más discreta ha sido siempre la presencia de esta ermita, a la que el historiador local Alonso Corrales Gaitán ha dedicado años de investigación. «Es un edificio histórico vinculado a la ciudad, aunque se encuentre a unos kilómetros de distancia. Y si ha sobrevivido hasta estos días ha sido gracias a los militares. Ha pasado por épocas muy difíciles. Me consta que se ha estado utilizando de polvorín y hasta de almacén. Lo que los cacereños no conocen es que en el rinconcito que ocupa esta ermita hay restos y hallazgos mucho más antiguos. Deberíamos cuidarlo y conservarlo. Por eso, el ciudadano se tiene que concienciar de que este patrimonio también es de todos», resume.
La ermita de Santa Ana pertenece al Obispado, aunque está situada en unos terrenos que son propiedad del Gobierno. El Ministerio de Defensa compró la finca en el año 1950 a dos hermanos de nacionalidad portuguesa, Ángela y Manuel Carvajal y Pinto Leite, por 1.200.000 pesetas, según recoge Corrales Gaitán en su libro dedicado a las ermitas cacerenses. A partir de este momento, aclara el historiador, «se inicia una época de esplendor para la construcción». Pero antes y después, la ermita de Santa Ana ha vivido situaciones adversas. El templo se levantó en 1556 y fue sufragado por el mecenas Juan Velázquez de Ávila. «El terreno donde se levantó la ermita es un lugar estratégicamente pensado para este tipo de construcciones aisladas. En aquella zona se encontraron a principios del siglo XX numerosos restos arqueológicos de la época romana o árabe, lo que ratifica la existencia de determinados asentamientos humanos», aclara Corrales Gaitán.
La primera obra de restauración llegó a Santa Ana en 1611, apenas medio siglo después de su construcción. Más tarde, en 1765, se volvió a intervenir. «Como dato digno de mención hay que apuntar que, según consta en un documento fechado en 1790, enterraban los párvulos de la ciudad en los alrededores de esta ermita», detalla el autor de 'Ermitas cacerenses'. En el siglo XIX el templo de Santa Ana vivió una de sus peores épocas. Y el edificio estuvo casi en ruinas. Su mal estado disuadió, cuenta Gaitán, a los fieles que acudían desde la ciudad a la romería que se celebraba en sus inmediaciones. En su lugar, la zona se convirtió en refugio de los bandoleros de la época.
Hubo que esperar hasta mediados del siglo XX para asistir a la recuperación de la construcción. Entre los años treinta y los cuarenta se realizaron una serie de mejoras promovidas por un grupo de devotos, que impidieron el desmoronamiento total de la construcción. «En esta época se descubre la irreparable desaparición de importantes fragmentos de pintura al fresco en su interior, así como la primitiva campana, donada en el siglo XVI y otros elementos de notoria antigüedad», describe Corrales Gaitán.
Capilla castrense
En 1964, con la puesta en marcha del Centro de Instrucción de Reclutas (CIR) en los terrenos de Santa Ana, la ermita se convierte en una capilla castrense, aunque sigue dependiendo de la Concatedral de Santa María. La primera obra promovida por los militares en el templo comenzó en 1960. Se restauraron los pórticos de entrada y la sacristía. La segunda reforma de la etapa militar se acometió entre 1974 y 1977. Se construyó entonces la torre de la campana y una habitación anexa. «A partir de este momento el edificio religioso cae en un profundo olvido como tal, siendo utilizado como almacén, polvorín auxiliar... peligrando seriamente su existencia», detalla el investigador.
La suerte de Santa Ana cambió a partir de 1994. Este año se constituyó una plataforma para la restauración del templo, promovida por el propio Corrales Gaitán y el estamento militar. Caja Extremadura y la Consejería de Cultura de la Junta de Extremadura respaldaron una intervención integral, que devolvió a esta construcción el esplendor que había perdido con el paso del tiempo. Aunque el acceso al recinto está restringido, el Cefot sí permite la entrada a la ermita, siempre y cuando se avise con tiempo y la visita se realice en grupos.
«Santa Ana es un exponente del modelo de ermita cacereña: encalada, pequeñita y acogedora. Es importante que no nos olvidemos del patrimonio que está diseminado por los alrededores de Cáceres», alerta Corrales Gaitán.