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Un pueblo en su día más triste

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Un pueblo en su día más triste

26.05.12 - 00:08 -
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A las doce menos diez minutos del mediodía del jueves, la mayoría de las máquinas tragaperras de Moraleja se apagaron. Y en la radio de Bruno Garrido, 75 años, se hizo el silencio. «Fue un momento de nada, luego le di al botón y ya se oía otra vez», recuerda el hombre mientras mira las tres esquelas que hay colocadas junto a la puerta de la iglesia.
Una de ellas es la de Alberto Lozano Zango, el marido de Ausencia, el padre de Blanca y Alberto. «Al hijo no le conozco, pero al padre sí, claro que sí», cuenta Bruno Garrido. Hasta que el dueño se jubiló y lo cerró, iban al mismo bar, a un paso de la plaza del Ayuntamiento. A Bruno le gusta la tertulia. Alberto era más de echar la partida. «Era un buen hombre, claro que sí -dice el vecino-. Yo no tengo queja de él, y no creo que en este pueblo nadie tenga queja de él».
No es excepcional que Bruno Garrido sepa quién era Alberto Lozano. No hace falta hacer muchas preguntas en Moraleja para que los paisanos hablen de ese hombre de 88 años que falleció el miércoles tras saltar por los aires buena parte de las instalaciones de Oleícola Sierra de Gata. «Entró con trece años y es como si se hubiera criado allí, en la fábrica, si hasta vivía al lado», cuenta Bruno.
Alberto Lozano padre era muy conocido en su pueblo. Asombra conocer algunas de las rutinas que mantenía a su edad. Cada mañana, iba a la fábrica, situada a las afueras del municipio. Allí veía a su hijo -que ejercía de encargado y que resultó ileso en el accidente-, y cuando tocaba, recogía los boletos de lotería de los empleados, los guardaba, se montaba en su bici y llegaba hasta una administración en el pueblo. «Su hijo me decía esta mañana 'Mira cómo ha ido a morir mi padre, en la empresa en la que ha trabajado toda la vida'», contaba ayer el concejal Carlos Lomo a unos pocos metros de esa fábrica, protagonista de la historia más triste que se recuerda en el pueblo.
A doscientos metros de esa nave, ayer había casi tantos periodistas como Guardia Civil. Los agentes, con mascarillas para protegerse del desagradable olor que el viento amplificaba. Una mezcla de tierra quemada y químicos que levantaba dolor de cabeza. Quizás parecida a la que sentía poco antes del estallido José Miguel Santos, el único de los fallecidos del que a la hora de cerrar esta edición no se tenían noticias. Momentos antes de la explosión, José Miguel dijo que se encontraba algo mareado. Poco después, un depósito de hexano voló.
En ese momento, Jose Miguel estaba subido a cierta altura, Valentín Parra estaba en una escalera y el padre de José Miguel, abajo. Este último advirtió lo que iba a suceder y tuvo un instante para avisar a sus compañeros. Herido, él pudo salir de la fábrica y llegar a la calle. Y en ese momento, sólo tenía una obsesión: que nadie le moviera de allí porque él sabía el punto exacto de las instalaciones en el que estaba su hijo al producirse el estallido. Los sanitarios le llevaron al hospital de Coria, donde fue atendido de alguna herida sin mayor importancia y una crisis de ansiedad. Ayer tarde, Miguel Santos pasó por el velatorio Virgen de la Vega, en el centro de Moraleja, en el que estaba la familia de Alberto Lozano. Por fuera, Miguel tiene heridas en los brazos y un collarín. Por dentro, un dolor tremendo. «Está desencajado», contaban ayer algunos que también pasaron por el tanatorio.
Ese punto de encuentro fúnebre sustituyó ayer a la casa de cultura como lugar de duelo. Allí se trasladaron familiares y amigos. Y los integrantes del equipo psicosocial de Cruz Roja, que trata de proporcionar un soporte emocional en estos casos. Entre ellos y quienes trabajan desde el mediodía del jueves en esa nave descuartizada, la industria es la 'zona cero'. Es la terminología común ante sucesos de este tipo. El escenario principal, el punto en el que empezó todo, es la 'zona cero'. En Nueva York o en Moraleja.
Y allí, en esas instalaciones avejentadas donde se fabrica aceite de orujo, todo pudo ser peor. Por ejemplo, si la mujer que decidió ir al supermercado unos pocos minutos antes de la hora fatal no lo hubiera hecho. Salió para ir al súper de la cadena El Árbol que hay en la localidad, y al llegar a la gasolinera, oyó la explosión.
Ese ruido tremendo que apagó tragaperras y aparatos de radio. Y que se llevó por delante la vida de Valentín Parra Carrero, el marido de Isabel, el padre de Anabel y María José, de 29 y 32 años. El hombre, muy relacionado con la empresa desde hace años, nació en Arroyo de la Luz y vivió en Vegaviana antes de establecerse en Moraleja. Ayer, a las puertas del otro tanatorio del pueblo, el que está junto al río, había corros de gente en los que dominaba el silencio.
Igual que en el velatorio Virgen de la Vega. Allí estaba el cuerpo de Alberto Lozano, al que algunos de entre sus más cercanas llamaban 'Yayo'. Hubo que hacer pruebas de ADN para asegurarse de que era él. Allí estaba Alberto Lozano hijo. Y el padre de José Miguel Santos. A cinco minutos en coche de allí, entre los escombros, quizás entre una nube de hierros retorcidos, o puede que en el río, está su hijo.
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