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El primer imperio de América

SOCIEDAD

El primer imperio de América

01.04.12 - 00:09 -
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Cuando en 1987 Walter Alva dio con la fastuosa tumba del Señor de Sipán, en Perú, debió sentirse como Howard Carter al descubrir la de Tutankamon o Schliemann ante Troya. Es el mismo Walter Alva quien nos guía a través de la exposición abierta el martes en Cádiz por la Reina doña Sofía y que presenta por primera vez en España los últimos hallazgos de una civilización, la moche o mochica, que se considera tan relevante como la maya, pero que aún resulta una gran desconocida.
Se trata también la presentación en Europa de una cultura que quiere ser entendida en toda su riqueza artística, pero también en sus avances tecnológicos, como una sociedad adelantada en su tiempo, que se remonta en sus orígenes a cinco mil años de antigüedad y que sitúa a Perú como el centro cultural más antiguo de América.
Más allá y antes de los incas, a los que muchos de estos investigadores rechazan como «los invasores» que destruyeron las primitivas civilizaciones, en toda la costa pacífica americana se desarrolló un mundo, hasta ahora ignoto, con una cosmogonía propia y una extensión mayor de lo pensada. La presencia de conchas de Ecuador, lapislázuli de Chile, cinabrio andino, turquesas de la sierra central, habla de un imperio importante también en sus límites.
A través de casi doscientas piezas, la exposición muestra a los mochica como grandes artesanos y orfebres, como arquitectos complejos, ceramistas finos e ingenieros hidráulicos y mecánicos depurados. La ausencia, hasta ahora, de una escritura propia complica la interpretación de los signos que aportan los hallazgos, singularmente complejos.
Sin embargo, la tumba del Señor de Sipán y el propio yacimiento, una especie de Valle de los Reyes peruano, habla de una organización a través de ciudades-estado o señoríos, que se encomendaban al dios de la montaña, Aiapaec el Decapitador, con forma de hombre, rasgos felinos y una triple serpiente bicéfala, que enarbola un cuchillo y una cabeza humana.
Otras deidades tienen forma de araña, de cangrejo o de búho, pero entre el inframundo y el supramundo, los señores tenían aún poder después de muertos. El de Sipán, en concreto, fue enterrado con todo lo necesario para vivir en el más allá pero también con un amplio séquito: tres mujeres jóvenes, sus esposas, su jefe militar, un sacerdote, un jefe de protocolo, un niño de diez años y varios guerreros o guardianes, a los que se les cortaban los pies para que nunca se movieran del lugar. Todos ellos morían después de su señor, según Alva, de su propia mano, inmolados, porque se consideraba un privilegio acompañarle en su viaje.
Riqueza inaudita
El ajuar fúnebre es de una riqueza inaudita: enormes piezas de oro y plata, cada material a un lado del cuerpo, en una dualidad esencial en su religión, que buscaba como ying y yang, el sol y la luna. Pervive un dicho: «el oro es el sudor del sol, la plata lágrimas de la luna». Hay también cobre, piedras preciosas, figuras talladas milimétricamente, tanto para adornar el cuerpo (narigueras, orejeras, pectorales, coronas, brazaletes, collares) como símbolos de poder (cetros, báculos, sonajeros), restos de tejidos finísimos y una enorme cantidad de vasijas, 'ceramios', con formas inauditas.
Pero la exposición aún muestra más. Como un tres-en-uno, al Señor de Sipán siguen los hallazgos de la Huaca de la Luna y aún más, podremos ver una extraordinaria Señora de Cao, que demuestra que en esa sociedad alguna mujer también llegó a tener poder.
Ricardo Morales, de la Universidad de Trujillo, excava desde 1990 las huacas (en quechua, lugares de culto) del Sol y de la Luna y considera que se trata del centro urbano ceremonial, el gran oráculo de la sociedad mochica, más en concreto del pueblo chimú, que sucedió al moche. Todo el programa arquitectónico e iconográfico de la montaña tiene un sentido ritual y espiritual. Hay cinco templos superpuestos, de los sucesivos pobladores durante seis siglos de ocupación, y en la cumbre, el lugar de los sacrificios. Allí se espera encontrar otro Machu-Picchu, aún más relevante.
Se trataba de sacrificios humanos, en general de hombres. Impresiona la copa del sacerdote, destinada a recoger la sangre de la víctima. Los prisioneros, como describe un relieve, eran asimismo ajusticiados en un cruento ritual, descarnados. Hay datos de canibalismo dentro de las ceremonias. La muestra habla también de la presencia de la sexualidad en la civilización mochica: explícitas vasijas, grabados, relieves que el arqueólogo interpreta con cautela como ceremonias, «no pornografía», aclara, relacionadas con la fertilidad de la tierra.
Por último, la Dama de Cao tuvo que ser una mujer de mucho poder, que murió de parto, con 25 años, y que muestra atributos de su cargo, cetro, corona, collares, restos textiles, y que como singularidad presenta tatuajes en su cuerpo.
El conjunto de la exposición ofrece una mirada nueva y asombrosa sobre el mundo precolombino que aporta tantos conocimientos como plantea nuevas preguntas. Entre la historia y la leyenda, la cultura mochica habla de los orígenes de la humanidad, más allá del mítico oro del Perú, y aún ha de deparar muchas sorpresas.
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