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La madrastra rusa

SOCIEDAD

La madrastra rusa

El país de Putin es el más grande del mundo y uno de los más ricos, pero la corrupción y la pobreza hacen mella en la juventud, que huye a EE UU y Europa en busca de trabajo

11.03.12 - 00:21 -
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Rusia es tan grande que tiene nueve husos horarios. De manera que cuando en Kaliningrado, al norte de Polonia, son las 11 de la mañana, en Moscú es mediodía y en la península de Kamchatka, en el extremo oriente, las 8 de la tarde. El vuelo entre Moscú y Vladivostok, puerto ruso frente a las costas de Japón, dura 9 horas, mientras que a Madrid se tarda la mitad.
Con tanto territorio (17.075.400 kilómetros cuadrados) es lógico que las materias primas abunden. Es el primer productor mundial de petróleo, gas, aluminio y níquel, pero además posee importantes yacimientos de oro, diamantes y de muchos otros minerales. La masa boscosa de Rusia es la mayor del planeta y el lago Baikal, en Siberia, almacena el 20% de las reservas mundiales de agua dulce. Eso sin contar la que fluye por los numerosos y caudalosos ríos del país.
Para defender tan opulento patrimonio, el país que volverá a gobernar Putin necesita un poderoso dispositivo militar: es, después de Estados Unidos, la segunda potencia nuclear del globo con más de 4.000 ojivas atómicas y cerca de un millar de misiles balísticos. Heredó todo ese inmenso arsenal de la antigua Unión Soviética. Sin embargo, para tanta superficie, riqueza y fuerza bélica los rusos son relativamente pocos, no llegan a 141 millones. Se supone que tendrían que vivir como los suizos, pero no es así. Es verdad que la exportación de materias primas ha hecho que mejore la economía y aumenten los ingresos del conjunto de la población en los últimos años, pero las diferencias sociales continúan siendo abismales. El vicepresidente de la Comisión Revisora de Cuentas, Valeri Goregliad, asegura que «un 0,2% de las familias rusas controlan el 70% de la riqueza nacional». A su juicio, «esta desigualdad no ayuda a incentivar el desarrollo económico».
Los datos lo dicen todo. Frente al 1% -casi un millón y medio- que nada en la abundancia, el 20% de los rusos se encuentra en la más absoluta miseria y subsiste con menos de 90 euros mensuales. La mayoría, el 40%, se las ve y se las desea con sueldos que no superan los 300 euros, y otro 20%, la denominada clase media, gana entre 900 y 3.800 euros al mes.
Las pensiones han subido recientemente, pero la media no supera los 5.000 rublos (130 euros), lo que impide hacer frente a cualquier enfermedad grave: sobre el papel existe la seguridad social, pero ningún anciano recibe la atención necesaria si no cuenta con contactos o paga al médico bajo cuerda.
Los altos precios vigentes en Rusia, sobre todo en grandes ciudades como Moscú y San Petersburgo, complican aún más la vida cotidiana. Mijaíl Deliaguin, director del Instituto de la Globalización, lo explica: «El dinero se concentra en manos de unos pocos y, como la ley no limita la acción de los monopolios, los precios se ajustan al poder adquisitivo de solo el 5% de la ciudadanía».
Huérfanos y alcohólicos
Por ejemplo, un litro de leche cuesta en el supermercado 2 euros, lo mismo que una docena de huevos; una barra de pan casi un euro; un kilo de carne de vaca, 15; y uno de salmón, 25. La gasolina es más barata que en Europa, pero cara para un país que la produce en gran cantidad. La de 95 octanos sale a 0,90 euros el litro (algo más de 1,4 en España). Peor todavía es salir de copas o al cine. Si se trata de Moscú, por una cerveza te clavan unos cuatro euros y otro tanto por un café
Los que más sufren la pobreza, de todas formas, son los niños. Hay unos 700.000 menores vagabundos. La cifra de huérfanos, según la presidenta del Comité parlamentario de la Mujer y la Familia, Elena Mizúlina, casi quintuplica a la de Europa.
El alcoholismo, lacra típica de los países fríos, contribuye de forma decisiva al abandono infantil. El propio Ministerio de Sanidad ruso admite que el 40% de la población, más de 56 millones, consume una cantidad de alcohol superior al que considera tolerable la Organización Mundial de la Salud (OMS). Otro gran problema es el tabaquismo. El número de fumadores asciende a 44 millones, lo que convierte a Rusia en el país con más adictos del mundo.
Lo cierto es que el descenso en la esperanza de vida -la de los varones no sobrepasa los 67 años-, el escaso índice de natalidad, junto con la desbandada de jóvenes a Europa y Estados Unidos, pueden dejar Rusia todavía más vacía. Estadísticas oficiales revelan que más de la mitad de los matrimonios acaban en divorcio. Además, la mayoría no tienen hijos, lo que contribuye a agravar la crisis demográfica.
En un informe aparecido el año pasado, la agencia de calificación financiera Standard & Poors (S&P) estima que en 2050 la población de Rusia habrá descendido hasta los 116 millones de habitantes, 24 millones menos que en la actualidad. Desde 2002, ya ha perdido 3,5 millones de personas.
Un declive tan brusco, a juicio de S&P, generará un auténtico atolladero al erario público a la hora de hacer frente al pago de pensiones y servicios sociales. Si ahora la población activa alcanza el 72,1%, en 2050 será del 60,4%. El porcentaje de personas por encima de los 65 años, que en 2010 era del 13%, pasará al 25%.
En la misma proporción, de acuerdo con este informe, aumentará la carga presupuestaria (13% y 25% del PIB), lo que disparará también el endeudamiento y ralentizará el crecimiento económico hasta situarlo como mucho en el 1,5%. En 2011 la subida del PIB fue del 4,3% y para este año se vaticina que no suba del 3,7%. Antes de la crisis, el ritmo anual de crecimiento de Rusia superaba el 7%.
El Gobierno ha admitido que desde 2008, cuando comenzó la crisis, 1.250.000 rusos han emigrado a otros países en busca de trabajo. Se trata, sobre todo, de jóvenes especialistas (ingenieros, programadores y médicos). Konstantín Romodanovski, director del Servicio Federal de Migración, calcula que unos 350.000 ciudadanos dejan cada año el país.
Los expertos advierten, incluso, que la densidad de población de Siberia es tan baja que será imposible, a medio plazo, conservar bajo soberanía rusa tanto territorio. El cierre de fábricas tras la desintegración de la URSS hizo desaparecer casi trescientas ciudades y 11.000 pequeñas poblaciones. Entre las soluciones que la ONU propone a Rusia, figura la de eliminar los obstáculos para la llegada de inmigrantes, que no son bienvenidos.
Sobornos
Borís Kagarlitski, director del Instituto de la Globalización y los Movimientos Sociales, considera que el racismo y la xenofobia de una parte nada despreciable de la sociedad rusa se debe a la precariedad laboral de los jóvenes. Y eso teniendo en cuenta que el índice de paro no es excesivamente elevado. No llega al 7% de la población activa, establecida en unos cien millones de personas. A juicio de Kagarlitski, «la confusión entre los jóvenes les lleva a creer que los inmigrantes son el origen de sus dificultades y no el Gobierno». El centro de Defensa de los Derechos Humanos Sová contabilizó el año pasado una veintena de muertes por ataques racistas. La cuestión es que en Rusia conviven más de 150 nacionalidades y el racismo se ha convertido en un elemento altamente desestabilizador.
Pero la madre de todas las lacras en Rusia es la corrupción. Lo reconocen hasta sus propios dirigentes. Es la principal causa de que el crimen organizado ejerza una influencia fuera de lo común en la vida política y económica del país. Está al nivel de México y la República del Congo. El responsable del departamento de seguridad económica del Ministerio de Interior ruso, Denís Sugróbov, calcula que el soborno medio entre los altos funcionarios asciende a 9 millones de rublos (casi 231.000 euros).
El déficit democrático es otro cantar, como lo demuestran las últimas elecciones ganadas por Vladimir Putin. También sus deficientes infraestructuras. El escritor Nikolái Gógol ya dijo en el siglo XIX que «Rusia tiene dos desgracias: los tontos y las (malas) carreteras».
No obstante, y a pesar de que actualmente la educación pública ya no es lo que era y pierde terreno frente la privada, el ruso medio es instruido, lee mucho y aprecia la música y el deporte. Su principal afición, en los últimos tiempos, siempre y cuando se trate de gente pudiente, es comprar casas en Europa, España incluida.
En suma, hablamos de una nación de extremos, contradictoria, pero apasionante. Winston Churchill decía que Rusia «es una adivinanza envuelta en un misterio dentro de un enigma». Tal vez no sea para tanto, pero no andaba descaminado. Es como uno de sus símbolos, la 'matrioshka': hay que ir descubriéndola abriendo sucesivamente las muñecas para encontrar otra en su interior.
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