Si las previsiones se cumplen, el 22 de marzo volverá a despegar un avión de línea regular del aeropuerto de Badajoz. El destino que llevará aún no se sabe porque las negociaciones de la Junta con las aerolíneas candidatas, Ryanair principalmente, todavía no han concluido.
Pero hasta entonces, en la terminal cercana a Talavera los únicos motores que se escuchan a diario proceden de los F5 de la base militar. Aunque nunca fue precisamente Barajas o el Prat, el aeródromo tenía su propia vida, sobre todo a primera hora cuando salían los enlaces con Madrid y Barcelona. Ahora en cambio presenta un aspecto fantasmagórico. De las cuatro puertas de acceso - dos para las llegadas y dos para las salidas- solo una permanece abierta. Al recinto interior se puede acceder porque se trata de una dependencia pública. No se puede decir que el aeropuerto haya cerrado. La entrada sigue siendo libre, pero una vez que se pasa la puerta y se entra en el vestíbulo, sobrecoge encontrarse todo el pasillo vacío y en silencio.
La cafetería tiene las persianas cerradas, los monitores de pasillo permanecen apagados y en los nueve mostradores de embarque solo se ven las persianas echadas. La presencia humana en el recinto se limita a cuatro personas. En un despacho que tiene el logotipo de Iberia y tras una puerta entreabierta se ve a un hombre sentado frente a un ordenador portátil. Dice que no puede hablar para la prensa y después cierra la puerta por completo. En la cabina de seguridad, a pocos metros del despacho de Iberia, se intuye una conversación entre dos mujeres. Una de ellas es la vigilante, que tampoco da muchos detalles. Se limita a decir que está prohibido hacer reportajes e informaciones sin consentimiento previo.
En el solitario pasillo se escuchan los eco de los pasos de alguien que se acerca. Se trata de un agente de la Guardia Civil con una identificación de Aena colgada al cuello que sale de un despacho y se mete en otro. Tampoco habla y se suma a la advertencia de no hacer reportajes. En el exterior, el aspecto es aún más desolador. En las pistas no hay actividad alguna y en los hangares dormitan aparcados dos pequeñas avionetas de recreo.
Hace ahora dos años, esas mismas pistas se ampliaron para que el aeropuerto ganara en operatividad. Desde Fomento se justificó la inversión de diez millones de euros para darle más capacidad al aeropuerto. Aunque en realidad nunca la necesitó.
Ahora pueden aparcar hasta 15 aeronaves, seis comerciales y 9 de aviación general y cuenta con capacidad para recibir 700.000 usuarios, según la información que concretó Fomento cuando terminó la obra en el año 2010. Desgraciadamente, la utilidad real queda muy lejos de esta capacidad máxima. Según la página web de Aena, el año pasado pasaron por el aeropuerto 56.119 pasajeros, uno de los registros más bajos de la década, que tuvo su pico máximo en el año 2007 con más de 91.000 viajeros. Llama la atención que la inversión y los esfuerzos para convertirlo en una instalación aeronáutica competitiva hayan ido paralelos a un desplome de actividad. Hoy por las modernas pistas y por el flamante edificio no se ve un alma.
Desierta se encuentra también la parada de taxis de la puerta, ocupada habitualmente por ocho o diez coches. Los taxistas de la ciudad han perdido una de las paradas más jugosas. La carrera media que hacen oscila entre los tres y los cinco euros, mientras que un servicio desde la ciudad hasta la terminal supone, dependiendo del barrio de Badajoz de partida, entre los 19 y los 20 euros. A algunos les compensaba esperar durante horas por la tarde para coger a los viajeros que regresaban de Barcelona a Badajoz. Además de perder la parada, el cambio también ha desplazado a la ciudad a los taxis que operaban en el aeropuerto. Más a repartir para menos trabajo. Por fortuna, el panorama cambiará a finales de marzo.