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LA MINA DE ESTAÑO MÁS GRANDE DE EUROPA

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LA MINA DE ESTAÑO MÁS GRANDE DE EUROPA

29.01.12 - 00:13 -
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J esús Sánchez Bernal (79 años), 'El Corruso' para casi todos en Cañaveral, hombre serio pero cordial, no puede evitar una mueca de alegría al mencionarle la posibilidad de que reabra la Santa María. El hombre ni siquiera se sienta a la mesa camilla -con eficacísimo brasero- de su salón para explicar con detalle qué se hacía en esa mina a la que él dedicó dos décadas de su vida laboral. Habla de pie y con la mano y la vista fijas en la foto de un álbum viejo, en el que casi todas esas hojas blanquecinas que protegen los recuerdos de papel están rotas. En esa imagen en blanco y negro, algo más pequeña de lo habitual, aparece con el mono de trabajo remangado y subido a «la máquina», como él llama todo el rato a la excavadora.
Fue una de las primeras de ese tipo que se vieron por la zona, asegura Jesús, memoria viva y privilegiada de la mina Santa María, la explotación de estaño que funcionó entre finales de los años cincuenta y 1981 en Pedroso de Acim, a mitad de camino entre Cáceres y Plasencia, frente al convento del Palancar, retiro espiritual de San Pedro de Alcántara.
Recuerdos de sobremesa al margen, de aquel yacimiento no se había acordado nadie en los últimos 35 años. O mejor, casi nadie. Sí lo hizo Quercus Explorations & Minings S.A., una empresa con sede en Santa Marta de los Barros (Badajoz) dedicada básicamente a buscar sitios en los que el mineral escondido bajo el suelo y entre las rocas pueda ser un negocio.
Quercus reparó en el monte de Pedroso de Acim, un pueblo de 111 habitantes en el que a las tres y media de la tarde de un jueves, en la calle hay tantos gatos como personas. Y donde uno puede encontrarse una oveja bien hermosa, con dos de sus cuatro patas atadas, mirando a la nada junto a un Audi A6.
Guiados por la historia, la investigación sobre el terreno y probablemente también por el Libro de la Minería de Extremadura, la biblia de los geólogos de la región, los expertos de Quercus concluyeron que allí había lana para cardar. Mucha. Y se lo contaron a Eurotin, la poderosa multinacional canadiense que cotiza en la Bolsa de Toronto. Desde el frío llegaron para comprobar sobre el terreno hasta qué punto era verdad lo que contaban aquellos españoles de una región pegada a Portugal. Y en ello están.
15 personas trabajando
De momento, trabajan allí 15 personas (dos grupos de seis 'sondistas' cada uno y tres operarios haciendo los movimientos de tierras), y la empresa ya ha gastado un millón de euros en medio año de prospecciones. Los canadienses, que tienen el apoyo de la Junta, anuncian que invertirán otros 90, que generarán de setecientos a mil empleos cuando la planta a cielo abierto esté a pleno rendimiento. Si las pruebas dan resultados tan positivos como hasta ahora, Eurotin construirá una planta piloto en la zona en menos de medio año. Algo han debido de ver en el sitio cuando tienen los derechos de explotación, aunque Quercus se mantiene en el proyecto como socio no capitalista.
Aclara el panorama Alberto Rivas, geólogo de Minas de Estaño de Extremadura, filial de Eurotin. «El potencial es enorme, no hay en Europa un yacimiento con tal concentración de estaño», afirma el experto. Acto seguido, matiza. «Hay muchísimo en algunos puntos concretos, y en otros hay menos, ahora se trata de seguir haciendo calicatas para ver si en conjunto merece la pena».
Ese conjunto al que alude son 7.000 hectáreas repartidas fundamentalmente entre los términos municipales de Portezuelo y Pedroso de Acim. Desde el entorno de ese último pueblo se ve el monte que está más allá de la carretera. Y en medio de ese paisaje, una brecha marrón que rompe la uniformidad verde. Es la mina Santa María, que ha recuperado la imagen de las máquinas y los hombres explorando el terreno.
Allí horadan la roca y perforan el suelo para extraer material que luego analizan en una nave en Coria. Entre las calicatas realizadas desde junio del año pasado hasta ahora algunas han ofrecido unos resultados que cualquier experto en la materia calificaría, siendo cauteloso, como una barbaridad. En puntos concretos del entorno de la vieja mina se ha encontrado estaño en una proporción de 3.100 gramos por tonelada, cuando el umbral de rentabilidad que suele manejarse para este tipo de yacimientos ronda los 400 O 500 gramos por tonelada. Más aún: las prospecciones en el subsuelo llegarán hasta los 250 metros de profundidad, y hay varios puntos concretos en los que el añorado mineral ha aparecido a cota cero. O sea, pegado a las suelas de los zapatos.
Aunque lo que se busca es estaño -que aleado con cobre da lugar al bronce-, lo propio es hablar de casiterita (dióxido de estaño), un material existente en la zona desde hace siglos, probablemente debido a terremotos ocurridos hace millones de años y asociados a la falla Alentejo-Plasencia. Entre finales de los cincuenta y 1981 se movieron allí 400.000 toneladas de tierra. Lo hicieron los americanos, también los gallegos de la empresa Madriñán, pero más que nadie, Estañífera Extremeña, que tenía entre sus socios a Honorio Riesgo. En aquellos años, el terreno era de Eladio Madruga. Hoy, su dueño es un empresario de Caminomorisco (en Las Hurdes) que entre otros negocios, regenta el hotel Atlántico, de cuatro estrellas y en plena Gran Vía madrileña. Si Eurotin quiere construir una planta, tendrá que comprarle las tierras.
Ese paraje lo conoce bien Emiliano Grande (68 años), que recuerda la época como si sólo hiciera dos días que las máquinas abandonaron el lugar. Él se dejó convencer por un amigo y cambió la agricultura y el trabajo con las vacas por «el pico y la pala, la marra y el barreno», evoca. «Entré en la Santa María con veinte años, antes de hacer la mili, y estuve allí diez años», recuerda. «Aquello era duro, sí señor, llegabas todos los días a casa de barro hasta las orejas».
El hombre aguantó una década yendo a diario desde Pedroso de Acim hasta la mina. Los primeros años en bici, hasta que el sueldo de 30 pesetas diarias más los kilos de material que sacaba -«había días que conseguíamos cien o más», asegura- le dio para comprarse una moto. «Una Puig», precisa Emiliano, que habla mientras pasa la mula mecánica por el huerto de un vecino que suele reclamarle para estas faenas. Con el ruido del motor como fondo, él relata la historia de su vida sin rodeos. «Me aburrí y me fui a Bilbao, que estaban allí los hermanos, y cuando volví la mina ya había cerrado».
La vida y el perfil de Emiliano tienen poco que ver con el de Rafael García-Plata, director de la empresa publicitaria García-Plata y asociados, especializada en el sector farmacéutico, y un nombre conocido en la cultura extremeña. Vive a caballo entre Madrid y Cañaveral, donde conoció a su mujer y donde tiene un buen ramillete de amigos y una de las mejores bibliotecas de autores extremeños que hay en la región, con más de nueve mil volúmenes.
Hijo y nieto de mineros, y con un hermano ingeniero de minas, Rafael llegó a la Santa María con 19 años, ya con la mili cumplida. «Estuve allí del 60 al 63 -detalla-. Vivía en la mina. Vivíamos allí cuatro personas: mi amigo Francisco Frigolet (ya fallecido), Faustino, que era el encargado, su mujer, que se llamaba Oliva, y yo. Además, había barracones para los trabajadores que venían de fuera. Había bastantes de León y de Asturias».
Los contrabadistas de Gata
De los años en la mina, recuerda a los hermanos cacereños Antonio y Federico Mosquete, a Maxi, Emilio, Antonio el carpintero, y entre sus fotografías mentales está la de Pedro Mallo, de Pedroso de Acim, llegando en burro hasta la Santa María para repartir comida entre los empleados. «Era un tiempo en el que por allí pasaban los contrabandistas que venían de la sierra de Gata -cuenta Rafael-, y en el que el convento del Palancar estaba casi siempre vacío y entrábamos y salíamos de él como Pedro por su casa».
García-Plata tira de memoria y menciona una retahíla de parajes de la zona: Entrecabezas, Cerro Pelado, la finca Tragacuartos o la llamada La Golosilla, propiedad de Emigdio Plasencia, escritor y un personaje adelantado a su época. «En 1905 -cuenta Rafael- apareció radio en la zona, y Emigdio escribió una carta a Madame Curie».
Con el bagaje del recuerdo y el del conocimiento del lugar y su historia, el antiguo administrativo de la Santa María que se fue a Madrid y triunfó como publicista tiene claros sus deseos. «Ojalá metan ahí maquinaria importante y salga adelante el proyecto; en el cerro Entrecabezas tienen trabajo para 15 O 20 años».
Igual piensa su amigo 'El Corruso'. Se conocieron en esos años, y aún hoy comparten tertulia cuando se ven en Cañaveral. Desde el pueblo hasta la mina fue Jesús Sánchez Bernal a diario desde 1959 hasta 1981. Su cometido principal, que no el único, era encargarse de los motores de cada una de las diez o doce mesas en las que se procesaba, en varias fases, el material que obtenían los peones a base de pico y pala. «Después de todo el proceso -rememora Jesús-, se guardaba en sacos de cincuenta kilos que se montaban en los camiones de Muñiz, que también trabajaba en la mina de Aldea Moret (Cáceres), y se llevaban a Madrid, a la fundición».
Cobraba 32 pesetas diarias «por hacer de todo: las luces, los motores, las mesas... Venía a ser lo que hoy llaman un técnico de mantenimiento», cuenta 'El Corruso', que recuerda bien «que vinieron unos americanos y se decía que estaban dispuestos a pagar cien millones de pesetas por la mina». Entre sus compañeros de aquellos años había vecinos de media provincia de Cáceres. «Allí había gente de Gata, de Hernán Pérez, de Torrecilla de los Ángeles, de Acebo, de Cañaveral...», detalla Jesús, que reconoce que «el trabajo era muy duro, sobre todo para los mineros». «El mayor problema que había era el arranque. Es una tierra arcillosa con unos bolos tremendos. Es como hormigón armado. Esa mina tiene un hueso muy duro de roer». Lo dice Jesús 'El Corruso' y suena como una prevención. Como el consejo que regala con gusto quien tiene memoria y al tirar de ella, siente que sin quererlo, la nostalgia le hace cosquillas en la cara.
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