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ANTONIO ROMÁN

UN MUNDO RARO

ANTONIO ROMÁN

El pasado lunes falleció en Monesterio el maestro y poeta autor de 'Clave de ausencia', cuyo último poema es una hermosa defensa de la belleza de vivir

14.01.12 - 00:10 -
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Va a darme mucha lástima/irme del todo, de cualquier manera/irme». Así empezaba el poema 'Vivir' que Antonio Román Díez García situó en último lugar de su último libro 'Clave de ausencia', publicado el pasado año. «Nunca he visto tanto silencio en los medios» se quejó cariñosamente Antonio Román sobre la falta de interés no sólo por su libro sino por la poesía en general que detectaba en los medios de comunicación actuales.
Para Antonio Román, 'Clave de ausencia' era una estación más de esa especie de «búsqueda del tiempo perdido» en que su poesía se desenvolvía en los últimos tiempos, un tiempo recordado de su infancia en Fuente de Cantos, que volvía a su mente en el retiro familiar de Monesterio donde ha muerto y donde ha sido enterrado.
Corrales, huertos, pozos, cercas encaladas le devolvían a los años de felicidad infantil, a la nostalgia de su pueblo y de los seres queridos ya perdidos. El recuerdo de su padre muerto es una de las claves de este libro en el que ahora produce escalofrío deducir que Antonio Román anticipaba su propia marcha con esa intuición extraña que muestran a veces los poetas. «Pero el caso es que amo/sobre todas las cosas,/la vida y mis sentidos/en ella, la costumbre/de gozar lo prohibido».
Antonio Román era un hombre de apariencia pacífica que revelaba pronto unas convicciones vitales firmes como rocas y expresadas con dulzura y un humor algo triste. Enviaba sus libros acompañados de notas manuscritas que incluían siempre al final el ofrecimiento de su casa, de su tiempo disponible para un rato de conversación, de su manera de hacer poesía.
Tenía costumbre de hacer un poema navideño a modo de villancico que enviaba por correo ordinario como felicitación. El poema tenía siempre como protagonista a un niño (era maestro, ante todo) y aludía a algún acontecimiento de los ocurridos a lo largo del año que estaba terminando. La dureza de la vida de los saharauis le llevó a cantar a un niño del Aaiún, se acordaba siempre de los niños africanos y para la Navidad de 2010 eligió escribir un villancico «para dormir a un niño vasco».
La última vez que le entrevisté fue a finales del pasado mes de septiembre, cuando volvió a Badajoz de sus vacaciones en la playa y en Monesterio y posó para José Vicente Arnelas con la gorra de visera que le liberaba del calor aún veraniego en la mano.
Hablamos de 'Clave de ausencia' para la información que publicó este periódico. El poeta daba la sensación de estar en paz y carecer de reproches para nadie. Tenía otro libro en preparación en Beturia Ediciones y no echaba de menos haber sido tratado de mejor forma por las editoriales públicas o privadas o por los lectores. Tenía a gala que le habían publicado instituciones gobernadas por izquierdas y derechas y agradecía a la poesía haberle abierto camino tanto en el Magisterio, profesión que tanto amó, como en la vida. «Amo encontrarme/ de frente con el día/entrar en él como si fuera/un nuevo hallazgo,/desordenar su luz, saciarme/de su valiente claridad, de su sonoro/caudal, de todo cuanto/ me envuelve, tentador, y me parece/tan grandioso y tan bello».
Bello y luminoso resultó ser el día en que se marchó tras haber salido de casa a podar unos frutales. Su amigo Juan Antonio Rodríguez Méndez ha enviado por correo electrónico una grabación sonora hecha en la inauguración del museo municipal de Badajoz, en la que Antonio Román recita algunas de sus poesías.
Cuando el público le aplaudía tras el primer recitado, utilizó su voz de matices de graves para repetir las palabras del alcalde de su pueblo y pedir que no le aplaudieran mientras estaba haciendo las cosas, sino después, al final del todo.
Este parece ser el momento para ese aplauso aunque seguro que Antonio Román agradecería más bien la lectura de sus libros donde están sus dolores y alegrías y la imagen de ese pueblo idealizado de su época de niño que «tiene en sus calles y en su gente un tiempo/ que fue mío./Por él se accede a mi vida».
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