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El Campillo antes de que todo cambie

BADAJOZ

El Campillo antes de que todo cambie

12.12.11 - 00:06 -
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Pepe tiene 47 años y es adicto a las drogas desde los 14. Vive, compra y consume en el mismo lugar, su barrio de toda la vida, El Campillo. «Soy placeño», dice con orgullo sentado en las escaleras de una casa en ruinas cuyo suelo está lleno de papel de plata usado para fumar mezcla, una sustancia que incluye cocaína y heroína. La expresión que usa Pepe es muy común en esta zona del Casco Antiguo, se refiere a los pacenses que se han criado en los alrededores de la Plaza Alta. En su caso dice que es la cuarta generación de su familia que permanece en la zona, pero no le importaría marcharse lejos. «Nos hemos estropeado la salud y la vida aquí. Este barrio tiene que cambiar de la noche a la mañana», reconoce.
El cambio puede llegar pronto. El Campillo, la única zona del Casco Antiguo que se mantiene completamente deteriorada, recibirá 4,25 millones de euros del Ministerio de Fomento para tirar y reconstruir 103 viviendas. En estas calles hay quien recibe la noticia con recelo porque no quiere que nada cambie, pero también hay muchos vecinos que esperan la ayuda desde hace años. HOY ha recorrido esta zona para recoger su opinión y ver cómo se vive en El Campillo antes de que todo cambie.
El recorrido por este pequeño barrio dentro del Casco Antiguo comienza en la calle Brocense. Tres drogodependientes descansan en lo alto de esta cuesta, entre ellos Pepe, al que no le importa hablar de sus problemas. Lleva 33 años en el mundo de la droga, pero quiere que esta lacra desaparezca de su barrio. «Para arreglarlo no solo hace falta dinero, sino que cambie la gente», dice sin tapujos.
Mientras esto ocurra cree que la única forma de salir de su adicción es alejarse del que ha sido su barrio desde que nació. Tiene una casa, que pertenecía a su familia, en la calle Moreno Zancudo y el Ayuntamiento le ha ofrecido dinero para comprársela y rehabilitarla. «Pero muy poco. Necesito un lugar al que irme y algo de dinero para tirar para adelante».
No muy lejos de allí, en la calle Costanilla, Juan Antonio Fernández descansa junto a su mujer en la puerta de su casa. Viven en El Campillo desde hace 18 años y a diferencia de Pepe no quieren marcharse. «Nos quieren robar por tres pesetas. Tengo una vivienda de 147 metros cuadrados y me ofrecen 5 millones de pesetas (30.000 euros) y una casa de alquiler para que nos vayamos», se lamenta este vecino.
Entre ruinas, solares abandonados y casas tapiadas, su vivienda está cuidada y aunque está deseando que desaparezcan los problemas que les rodean, no quiere irse. «Que lo arreglen. Está todo caído y salen culebras y ratas por todas partes. No hay más que verlo», dice. A su lado, su mujer añade que, si el Ayuntamiento ha comprado las casas dañadas, que las derribe ya para limpiar la zona. «Porque nos comen los bichos».
La conversación de este matrimonio hace que sus vecinos de enfrente, Francisco y Matilde, salgan a la puerta. «Aquí hay dos o tres vecinos y los demás no valen nada», se lamenta el hombre que, eso sí, deja claro que ellos viven tranquilos. «Nadie se mete con nosotros y nosotros no nos metemos con nadie. En realidad hay muchos barrios conflictivos, en todas partes hay problemas», indica. Matilde, su mujer, lleva residiendo en la misma calle desde hace 33 años y tiene clara la clave para vivir sin problemas con «los otros vecinos». «Cada uno a lo suyo. Eso es lo mejor».
«Droga, droga y droga»
La convivencia que defienden estos cuatro 'placeños' no es un sentimiento generalizado en estas calles. No muy lejos de estas casas otro vecino, que no quiere dar su nombre por temor a tener problemas, sentencia que nada puede cambiar en El Campillo hasta que desaparezcan los puntos de venta de estupefacientes. «Aquí hay droga, droga y droga», susurra mientras señala con cuidado las casas donde asegura que se distribuyen sustancias ilegales.
«Esta zona es la grandeza más grande de Badajoz. Al lado de la muralla, divino y nos lo está quitando esta gente», continúa explicando entre susurros, pero se emociona y levanta la voz: «¡Qué se vayan cuanto antes! ¡Qué tiren las casas y se vayan ya!».
Subiendo por la calle San Lorenzo, en la zona señalada por el vecino, la situación se vuelve tensa. Los vecinos sentados en las puertas de sus casas no quieren hablar, se esconden, y solo reacciona una mujer mayor al escuchar que el Ayuntamiento derribará un centenar de viviendas para arreglar la zona. «Que se metan en lo suyo».
A los lados de esta calle, en las vías Peralillo, Jarilla y Campillo, es donde más se nota el deterioro del barrio. Desde todas las casas se ve la figura de la Torre de Espantaperros, pero al bajar la vista las viviendas están semiderruidas o tapiadas con ladrillos para evitar que se conviertan en refugios para consumir droga.
Orgullo gitano
De vuelta a la zona baja de San Lorenzo se pasa por la casa de Mari Moreno, que lleva 5 años en El Campillo. Dice que vive sola en un estudio de unos 30 metros cuadrados porque su hijo está en la cárcel y no necesita más, aunque le gustaría tener un piso más grande para cuando van a verla sus nietas. «Estoy en gestiones para venderlo, pero solo me dan 3.000 euros porque tiene muy pocos metros y lo que necesito es una casa donde ir», añade.
Por fuera la vivienda de esta pacense está algo dañada, pero al entrar sorprende. En el pequeño espacio todo está decorado y cuidado con una cocina y electrodomésticos de último modelo. De repente, Mari revela un secreto sobre la casa. «Aquí es donde vivía la hermana del Porrina. Coqui», y sonríe con orgullo. «En esta zona ha habido cosas muy grandes para los gitanos de Badajoz».
Tras rememorar los tiempos flamencos de El Campillo toca hablar del futuro. En la calle Concepción Arenal, José Luna Navarro y su mujer pintan la fachada de su casa. Este pacense lleva toda la vida en la zona y está orgulloso de vivir «en el mejor sitio de la ciudad». Solo pide que la rehabilitación llegue cuanto antes. «He escuchado que van a tirar las casas. Es lo mejor que podrían hacer, que desaparezcan de arriba hasta abajo y construir nuevas viviendas y parques».
El recorrido termina donde empezó, en la calle Brocense, con Manuel Carvallo, uno de los vecinos más peculiares de El Campillo y con una biografía sorprendente. Nació en Portugal, emigró a Bilbao, se casó con una mujer de Aceuchal, se mudó a Badajoz y de nuevo emigró a Cataluña para buscarse la vida. Hace cuatro años se jubiló en La Coruña, donde residía en esos momentos, y su pensión no le daba para tener casa allí, así que volvió 30 años después a la capital pacense.
Reconoce que el Casco Antiguo ha cambiado mucho desde entonces y no para bien. «Era una cosa y ahora es otra, pero yo estoy tranquilo aquí, apenas salgo y los problemas están fuera», explica. Eso sí, le gusta quedarse con las cosas positivas y así, mientras ve pasar lo bueno y lo malo por su puerta, pinta escenas y en sus cuadros se ven las estampas más bonitas de la zona. Así es El Campillo. Por ahora.
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