Solo con hablar del mercadillo se abre el debate en Suerte de Saavedra. En la esquina entre las calles Vidal Lucas Cuadrado y Arcadio Guerra se encuentra Encarnación Reilaso con dos de sus vecinas. Todas están de compras y la primera comenta que el barrio está mucho más tranquilo y limpio desde que desapareció el mercadillo de los domingos, pero no le dan la razón. Sus compañeras de charla echan de menos salir los domingos a su calle y poder ver puestos para entretenerse. Han pasado dos meses desde que esta actividad se trasladó a El Nevero y sus antiguos vecinos lo viven entre el alivio y la nostalgia.
La Asociación de Vecinos de Suerte de Saavedra y la Plataforma para la Recuperación de este barrio lucharon durante años para que el mercadillo se los domingos se marcharse de la zona. Para estas agrupaciones el mercadillo provocaba suciedad y problemas de seguridad en sus calles. Su deseo se cumplió el pasado 2 de octubre cuando se inauguró su nueva ubicación en el polígono El Nevero.
Han pasado 10 domingos sin mercadillo en Suerte de Saavedra y HOY ha visitado a sus vecinos para conocer sus impresiones. Algunos están contentos, pero otros creen que su barrio ha perdido parte de su esencia. Encarnación Reilaso, sin embargo, es de las que ahora está más satisfecha. «Estamos muy tranquilos. Antes todo se llenaba de basura y si tenía que venir la Policía o una ambulancia no podía pasar porque se cortaban las calles».
Tal y como apunta esta pacense, la seguridad siempre ha sido uno de los mayores argumentos de los vecinos para rechazar el mercadillo. Este ocupaba por completo la avenida Antonio Hernández Gil y los habitantes de esta zona temían que en caso de incendio o emergencia médica los vehículos de auxilio no pudiesen llegar.
El otro gran problema eran los restos que dejaba esta actividad y aquí tiene mucho que decir Andrés Fernández que trabaja desde hace 9 meses como barrendero en estas calles. «Se ha notado el cambio. Hay menos bolsas y restos de fundas de camisas o de calcetines que era lo que más nos encontrábamos», asegura. También indica que ha mejorado la concienciación de los vecinos que cada vez tiran menos cosas al suelo y usan más las papeleras.
Mientras Andrés trabaja y Encarnación comenta su satisfacción por el traslado del mercadillo, la interrumpen Helena Fonseca Da Silva y sus familiares que además de vecinos de Suerte de Saavedra son comerciantes ambulantes. Ellos representan a la otra parte, la que no se alegra en absoluto del cambio.
«El mercadillo era la alegría del domingo, ahora es una ciudad fantasma», aseguran y niegan que la basura del barrio se debiese a esta actividad. Por otra parte Helena Fonseca vende ropa, pero carece de licencia por lo que no puede ir al nuevo mercadillo ya que es un recinto cerrado y muy vigilado por la Policía. «¿Y ahora donde vendo? Lo pongo aquí, viene la Policía y nos lo quita y tenemos niños en casa que tienen que comer», se lamenta.
Otros vecinos no tienen tal dependencia de esta actividad, pero simplemente echan de menos el ambiente. «Yo vivo en la calle Eduardo Naranjo, lo tenía al lado y era cómodo. Ahora uso las tiendas, no me voy a ir hasta El Nevero», explica Eulogia Manzano que bromea con que aún no sabe ni de qué color es el nuevo mercadillo.
También hay quien añora esta actividad los domingos, pero por motivos económicos. Es el caso de los bares, las tiendas de bocadillos y las panaderías que hay en la zona y que lograban su mayor volumen de ventas los domingos. «Se nota. Ha bajado la gente y daño siempre hace. El barrio está muerto los domingos», admite Manuel Rodríguez, del bar Manhattan II.
Más allá de estas posturas tan contrapuestas la mayor parte de los vecinos están entre dos aguas, es decir, echan de menos las ventajas de tener el mercadillo al lado de casa, pero se alegran de olvidarse de los inconvenientes. Este es el caso, por ejemplo, de Pilar Vigario. «Daba vida a la zona, pero claro, había suciedad y los coches no pasaban. La pena es que el barrio ha pegado un bajón».
En este punto coinciden dos jóvenes de Suerte de Saavedra, Sergio Valero y Juan Diego Martín. El primero explica que, cuando se celebraba el mercadillo, se despertaban a las seis de la mañana por el ruido de los preparativos. «Ahora se está tranquilo, pero el ambiente se echa de menos. Había gente, se tomaban cañas, estaba vivo».